Sensibilidad y emoción

Pablo Gorlero
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29 de agosto de 2015  

Buena química / Dramaturgia y dirección: Joaquín Bonet / Intérpretes: Leonardo Saggese, Beatriz Dellacasa, María Zambelli y Julio Marticorena / Escenografía e iluminación: Magalí Acha Vestuario: Pepe Uría / Música: Julián Vat / Producción ejecutiva: Claudio Hernández / Funciones: sábados, a las 20.30 / Sala: El Extranjero, Valentín Gómez 3378 / Duración: 60 minutos / Nuestra opinión: muy buena.

Pocas son esas propuestas teatrales que logran conmover sin efectismos, con palabras, con actores tan vivos, carnales, capaces de abrazar al espectador con un sonido, con una palabra o un gesto. Eso ocurre con Buena química, una propuesta intimista escrita y dirigida por Joaquín Bonet, un artista tan minucioso como sensible. Fórmula adecuada para esta obra que logra hacer cómplice al espectador. Es tan amigable la propuesta que uno se sentirá un voyeur que espía por el ojo de la cerradura a estos seres que de tan esquemáticos podrían resultar pasionales. Se denota mucho amor puesto en este trabajo dramatúrgico y de dirección y uno se pregunta por qué no se recurre más seguido a Joaquín Bonet.

A través de una serie de viñetas que cruzan las vidas de cuatro químicos, se transita por aquellos recuerdos que pueden invadir la realidad y caminarla con desparpajo, por esos encuentros fortuitos en los que las miradas, las palabras son gotas tímidas que pueden acumularse hasta inundar personalidades, relaciones. El amor siempre podrá aparecer incluso ante la dificultad. Estos químicos saben de combinaciones, buscan fórmulas, pero la buena química aparece cuando todos los elementos confluyen en el momento, dosis y tiempo adecuado. Bonet le pone poesía a una dialéctica exacta, pero logra el cruce también exacto entre el pensamiento científico y las evidencias empíricas de la conducta emocional, o la mismísima providencia que dicta sus normas. La ancianidad, el tiempo, el respeto, las soledades, los encuentros... todo eso danza en esta partitura de sensibilidad extrema.

Esto no podría llevarse a cabo si los actores no se dejasen envolver por las personalidades de sus criaturas. Leonardo Saggese vuelve a mostrarse como uno de esos intérpretes que no apelan a la actuación sino que encarnan, viven, sienten, hacen sentir. Del mismo modo, Beatriz Dellacasa logra que el espectador no dude en agradecer y compartir su rostro enjugado de lágrimas, de sentimientos encontrados, de aceptación. Una actriz inmensa, exquisita. Del mismo modo, Julio Marticorena y María Zambelli trabajan en la misma sintonía interpretativa: sutil, comprometida y emotiva.

Es de destacar, a su vez, el gran trabajo de escenografía e iluminación de Magalí Acha y una ambientación musical compuesta por Julián Vat que acompaña a la dramaturgia y al "aquí y ahora" en forma contundente.

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