Jordi Savall: "Los pueblos que han sufrido mucho tienen músicas muy bellas"

Entrevista con el prestigioso violagambista e investigador catalán, antes de los conciertos que ofrecerá hoy y mañana en Buenos Aires
Mauro Apicella
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7 de septiembre de 2015  

Jordi Savall vive a media hora de Barcelona y del aeropuerto, en una casa llena de libros, partituras e instrumentos -construida en la década de 1930, como residencia de vacaciones de una familia francesa de buen pasar que, a principios del siglo XX tenía un comercio en la capital de Cataluña-. Lleva allí una vida tranquila, pero hasta por ahí nomás. Porque también pasa gran parte del año entre París, Basilea y Utrecht, por distintos motivos. Como la vida es una sucesión de ciclos, también viaja por el mundo, dando conciertos; las visitas a nuestro país se dan cada siete años. Hoy y mañana volverá a tocar en Buenos Aires con su grupo Hespérion XXI y su viola da gamba, ese instrumento que es cada vez menos raro, si se piensa en la expansión de público que tuvieron en las últimas décadas las obras del Renacimiento y del Barroco.

En Bellaterra, Cataluña, es donde tiene su casa, su estudio, su oficina de contacto y la Fundació Centre Internacional de Música Antiga. En Basilea es donde actualmente vive su hija y donde él se instaló en 1968 para estudiar música antigua en el único lugar especializado que, por esos años, existía para ese vasto período musical. "No había hasta entonces un lugar de estas características y allí fuimos con Monse [Monserrat Figueras, su esposa hasta 2011 cuando falleció por una enfermedad]. Actualmente hay muchas más posibilidades", rememora este instrumentista, compositor y musicólogo.

¿Se debe al interés del público o a la investigación y el trabajo de músicos como usted?

Al hecho de que en los últimos cincuenta años aparecieron muy buenos intérpretes que demostraron que la música antigua valía la pena. Las obras interpretadas con criterio tenían una atracción. Así, el público fue aumentando. Yo contribuí de una manera muy particular. Con [la banda de sonido de] la película Todas las mañanas del mundo. Eso dio un empujón. Hasta ese momento -1991- había un público minoritario. A esos conciertos que iban doscientas personas hubo que encontrarles salas para quinientas. Desde mediados de los 90 ya no tenía tiempo para dar clases. Me tuve que dedicar sólo a conciertos y grabaciones. Ahora, igualmente, estoy conectado con la pedagogía y los jóvenes a través de algunas actividades.

Sus visitas a la Argentina son cada siete años. ¿Casualidad?

Sí, depende más de los organizadores y programadores que de mí. Me encanta viajar. Voy a Estados Unidos todos los años. Voy a China, Japón. Los escenarios son variados. Desde tocar al aire libre o en auditorios hasta grandes iglesias. Cada sitio tiene sus posibilidades. Voy a menudo a auditorios como el Concertgebauw. Pero si hay una buena iglesia también me resulta agradable.

¿Cree que la expresión antigua ganó el lugar que merecía luego de ser considerada una música "menos culta" que la clásica?

Al principio se la menospreciaba cuando era interpretada con instrumentos antiguos. Los músicos eran pioneros y no los dominaban del todo. Hablo de 1920 o 1930. Luego se demostró que los instrumentos barrocos, con el suficiente trabajo y la calidad de interpretación, daban tanto de sí como los instrumentos modernos. Creo que al principio era una utopía imposible. Siempre estaba el argumento de que si Bach hubiese conocido el piano lo habría preferido al clavicémbalo. O el violonchelo a la viola da gamba.

Quién sabe cómo habrían sido sus cuadernos como el del "Clave bien temperado".

De haber existido el piano Bach habría escrito otro tipo de música para ese instrumento.

¿Qué tanto influye la edad de los instrumentos?

Hoy se construyen violas da gamba que suenan muy bien. Obviamente el sonido es diferente del de una que tiene 500 años. El sonido de la antigua es menos perfecto, pero su timbre es inimitable. Es como un buen vino que envejece bien, con un sabor distinto de un vino del año pasado, por más bueno que sea.

Algunos perciben una especie de migración del público de la música clásica y romántica tanto hacia las propuestas antiguas como hacia las contemporáneas. ¿Qué opina?

Creo que depende de cada país. En Austria hay público para todo. Pero evidentemente el público joven en general tiene más interés por la música antigua que por la clásica o romántica. El nuestro es mayoritariamente joven.

¿Influirán los programas? ¿Cómo es el repertorio de los conciertos de esta noche y mañana?

Son dos. Muy bonitos. Folías, antiguas y criollas. "De le Antiche Hesperie al Nuovo mondo". Traza el diálogo entre el antiguo mundo y el nuevo. Empezamos con folías antiguas, improvisaciones, fandangos, fandanguillos. Se interpretan primero las obras barrocas o renacentistas y después sus equivalentes sudamericanos. El segundo programa surge por unos amigos que en Estambul editaron la obras de Dimitrie Cantemir. Así pude estudiar la música otomana de los siglos XVI y XVII. Luego de un par de años la comprendí. Esto estará combinado con músicas armenias, griegas y judías. La gente va a descubrir un patrimonio muy interesante.

Y muy ecuménico. Porque, en general, la música antigua más difundida en Occidente es la de tradición cristiana.

Sí, esto está más cerca de las músicas del mundo que de las músicas clásicas. Últimamente trabajé con eso. Hice programas en torno a los Balcanes con músicos búlgaros, serbios, rumanos, bosnios y gitanos. Esa gente es sensacional, hace música como si tuviese que sobrevivir con ella. Se agarra como si fuese su salvavidas. Es maravilloso. La música es fuente de paz colectiva, de conexión, de esperanza. Es una constante. ¿Por qué son tan bellas las músicas armenias? Porque es un pueblo que ha sufrido mucho. Lo mismo se puede decir de las músicas de los irlandeses que se morían de hambre y emigraron a los Estados Unidos. Las músicas populares son aquellas que el pueblo ha imaginado para salir adelante. Por eso tiene esta fuerza tan inmensa.

Hoy no parece ser así.

No lo es. Pero la gente sigue necesitando la música para sobrevivir.

El año pasado usted rechazó el Premio Nacional de Música por estimar que procede de un gobierno responsable del "desinterés y la incompetencia" en la defensa del arte.

Absolutamente. No podía hacer otra cosa. Llevaba muchos años viajando a Madrid para pedir que se hiciera algo por la música antigua y la respuesta siempre fue no. Fui dos veces a la misma legislatura que luego me dio el premio. Pero no lo acepté, aunque mira que es doloroso para un catalán rechazar 30.000 euros.

Jordi Savall

con el grupo Hespérion XXI

Teatro Colón, Libertad 621.

Hoy y mañana, a las 20.

Produce, Mozarteum Argentino

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