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Invitada Violeta Gorodischer: "Al narrar puedo mostrar las grietas"

Crédito: Paula Salischiker
Daniela Chueke
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10 de septiembre de 2015  • 09:11

Sueños a 90 centavos, su tercer libro y el primero de cuentos, premiado por el Fondo Nacional de las Artes, acaba de ser publicado por Seix Barral. En 2011 escribió su primera novela, Los años que vive un gato (Ed. Tamarisco) y, en 2012, Buscadores de Fe, un libro de crónicas noveladas, en donde narra experiencias espirituales en primera persona.

Violeta Gorodischer es considerada una exponente de la narrativa joven argentina y, si bien trabaja como periodista -actualmente es editora del suplemento Sábado de La Nación-, ser escritora fue su sueño desde siempre. Precisamente, todo lo que supone la persecución los sueños, de cómo se cumplen o cómo no se cumplen es el eje narrativo de su última obra. Son los sueños o, enciertos casos, tan sólo las aspiraciones, los rasgos de identidad de sus personajes.

Con equilibrio milimétrico entre la crítica y la piedad, la mirada de esta autora se enfoca en la clase media argentina, expuesta en toda su indefensión. Dos pintores que anhelan brillar en las galerías, un periodista de trinchera y su becaria, parejas treintañeras de la posmodernidad - ¿qué es lo que los mantendrá unidos por siempre una vez caducado el mandato de la familia nuclear?-, un hombre que empieza a enfrentar la irreversibilidad de la vejez.

- Todos los cuentos me dejaron la misma sensación: la de que en cualquier momento en cualquier lugar podría cruzarme con uno de tus personajes, como si ya los conociera. Me sorprendía identificar a varios conocidos míos entre ellos. Me intriga cómo los encontraste.

Violeta Gorodischer: Son historias muy cotidianas pero que también son muy profundas. En oposición a lo que fue mi primera novela, que es una única voz narrativa, la de una nena que va creciendo y contando la historia familiar, en este libro uso distintas voces. El hilo que tienen en común es que siempre son personajes de clase media.

- También en Los años que vive un gato desnudás a una familia de clase media.

VG: Sí, porque es el lugar más cómodo en el que puedo narrar donde puedo criticar sin culpas, o mostrar todas las grietas, porque es la clase en la que yo crecí.

- ¿Y no te da culpa que tus amigos se puedan ver reconocidos en tus personajes?

VG: No porque, si bien la inspiración está en las personas que a uno lo rodean o que uno conoce, esas pequeñas miserias o los dobles discursos son también los míos propios. Yo también estoy desdoblada en cada uno de esos personajes. La clase o el lugar desde donde yo cuento por ejemplo la historia de la ambición de un escritor o la del reloj biológico que corre a una chica que está por cumplir 38 años y su desesperación para cumplir con el mandato, o la de dos pintores y la lucha de egos y la histeria que corre en las ferias de arte, son todas cosas que también me pasaron a mí. No es que yo ametrallo a la gente desde afuera. Siempre trato de contar desde el lugar más honesto posible y cualquier crítica es una crítica a mí misma.

- Ni siquiera juzgás a tus personajes, no están condenados pero tampoco absueltos...

VG: No me lo propuse. Lo que busqué fue ponerlos en situaciones extremas. Como en el cuento del periodista del Washington Post que está en Irak y no puede salir del hotel pero tiene que entregar su nota. ¿Qué hace un periodista de profesión en una situación así? El punto más extremo que se me ocurrió, tal vez por historias que vengo escuchando de periodistas que cubren ese tipo de noticias, es qué haría ante la imposibilidad de narrar en un territorio que es imposible narrar.

- ¿Como periodista no te sentiste un poco mal al exponer que finalmente inventa la crónica?

VG: En este caso fue una mirada piadosa. Es una persona que se ve acorralada. Tiene miedo de que todo lo que él es, que es su carrera, se venga abajo. Y frente a eso resuelve inventar, es su punto límite, es hasta dónde él puede llegar. Pero no se basa en un hecho real. Fue al revés: lo escribí y después me enteré que había algunos casos denunciados.

- No es cualquier tema, ¿no? El de la veracidad y la verosimilitud en el periodismo. Todo un debate: cuánto de ficción y cuánto de realidad refleja el periodismo actual.

VG: Sí, y que también viene de la mano de lo que es el periodismo narrativo y de la rigurosidad por el chequeo de datos. El periodismo que yo hago, más literario, más de lifestyle, no tiene nada que ver con ese periodismo que es muy riguroso, hasta en los detalles de ambientación que son una obsesión para el periodismo norteamericano. Por eso hay una mirada un poquito irónica al respecto pero no busco juzgar, busco exponer.

- Es cierto, todos los finales quedan sin resolución, sin mensaje moralizante.

VG: Sí, la idea era explorar en historias bien concretas qué es lo que pasa con esos grandes temas que hoy están en el aire, cuando se pone en juego una carrera, una vida, un prestigio, una ambición. Todos los personajes tratan de responder a un mandato, externo o propio, están retorcidos en poder dar cuenta de que ellos son lo que se espera de ellos o lo que ellos piensan que se espera de ellos. ¿Qué pasa cuando la vida te pone frente a una situación límite y como reaccionás? Ahí es donde algunos hacen agua.

- Me pareció reconocer un guiño en esa chica que leía a John Cheever ¿Hay algo de eso?

VG: Yo soy muy lectora de Cheever. Él tiene un trabajo muy profundo con el agua, casi místico, en sus cuentos es un elemento que está siempre muy presente. Por eso hice un contrapunto de los recuerdos que tienen la narradora, una chica que está a punto de separarse, de cuando ellos pasaban en la playa y el mar, la energía, el agua que todo lo limpia. El cuento Pelopincho es una fotografía del momento en que una relación se rompe, si bien no hay un desenlace, se cuelan los recuerdos de mejores momentos de la pareja, en la playa, mientras que ahora están en la terraza, con el agua casi estancada, como una metáfora de ellos mismos. Lo de Cheever fue un guiño a su cuento La visión del mundo, donde al final se larga una tormenta.

- Se nota que hay como un trabajo muy pulido de buscar esos puntos. También un lenguaje muy nítido, poco adjetivado. Vas directo al grano y, como lectora, me pasaba que lo agradecía. ¿Tuviste muchos lectores antes de decidir que estaba terminado el libro?

VG: Este libro lo trabajé con una escritora y poeta que se llama Marina Mariasch, pero el estilo propio lo forjé en el taller de Guillermo Saccomano, con quien me formé y escribí la primera novela. Siempre apunto a la transparencia del lenguaje, si bien hay un laburo muy fuerte con las palabras, trabajo para que lleve a conseguir algo fácil de leer. Me gusta eso mucho el estilo norteamericano e incluso el de Coetzee que tiene una escritura seca, directa.

- ¿Cuando te dicen que formás parte de la narrativa joven, qué representa para vos?

VG: Supongo que se refiere a que tenemos una edad que se considera joven, no sé ponele que sea hasta los 38, que estamos sacando nuestros primeros libros. Por el momento es una categoría que acepto. Pero me parece que la joven soy yo, no lo que yo escribo. Y me parece que tiene que ver con ese recorte de la edad. Puede ser que haya algunos sesgos generacionales que dentro de diez años van a quedar como marcas de una época. Que en las ficciones ingresen datos de la coyuntura social o política, o las redes sociales, puede llevar a inferir que es una literatura joven.

- Pero lo atribuís a la contemporaneidad y no a un cambio en el estilo literario.

VG: Lo atribuyo a la contemporaneidad y espero que el cambio en el estilo sea perdurable en el tiempo, como pasó en otras épocas, donde cada generación de escritores renovó o cambió el estilo de sus antecesores. Tampoco sé si somos todos iguales. Sí, reconozco ciertas marcas de época: el lenguaje más coloquial, la autorreferencialidad. Quizá mi novela juega más con el registro documental, me parece que la diferencia entre autor y narrador ya está superada, que yo me haya inspirado en hechos de mi vida, no implica que mi novela sea autobiográfica

- Pensé que sí, que Los años... era autobiográfica.

VG: Es que muchos lo creyeron. Tal vez porque al estar narrada en primera persona lleva a que el lector lo piense así. Por eso en este libro quise apelar a una pluralidad de voces, y usar la primera persona en personajes muy diferentes entre sí, hablar como un hombre, como un viejo, como una adolescente, trabajar mucho el lenguaje los personajes para mostrar como el yo puede fluctuar. Y obviamente que hay algo mío, de Violeta, en cada uno de esos personajes porque la vida el escritor se inmiscuye en la literatura.

- Como ex editora de Ohlalá! y actual editora de Sábado, también al tener la sección Un libro en un minuto donde recomendás libros ¿qué te inspira estar ahora en este lugar tan anhelado, el de ya estar, podemos decir, consagrada como escritora?

VG: Me gusta me da mucha alegría yo estoy muy contenta de mi trabajo como periodista y de haber pasado por Ohlalá!. Mucha gente piensa que es muy contradictorio el hecho de haber estudiado letras y querer ser parte del campo intelectual, y al mismo tiempo haber trabajado muchos años en una revista femenina y para mí es todo lo contrario. Yo estoy muy agradecida y fue muy enriquecedor.

- La cuestión de los prejuicios ...

VG: Porque hay un preconcepto, entiendo que también es una sociedad muy machista y todo lo que sea ciento por ciento femenino se asimila cierta frivolidad o cierta tontera. Pero no es así, hacer Ohlalá! fue todo un desafío, un espacio para aprender mucho el oficio y donde hice notas, entrevistas a escritores, por ejemplo, que me gustaron mucho.

- Bueno, aclarame por enésima vez cómo es tu relación con Angélica Gorodischer.

VG: Es mi tía política y si bien le tengo mucha admiración y respeto, no tenemos una relación muy cercana porque vive en Rosario y no tenemos un vinculo literario. En cambio con mi hermano Julián (que también es escritor y periodista) llevo una relación más cercana y aunque hacemos cosas distintas somos compañeros y nos damos consejos.

- Para terminar: ¿Qué autores elegís para leer?

VG: Últimamente tengo lecturas muy utilitarias, de libros que me sirvan para escribir, por eso tengo un margen de tolerancia muy bajo, hay tanta oferta tanto acumulado que no quiero perder tiempo, un libro no me gusta lo dejo. Hace poco leí un libro de cuentos de Margarita García Robayo, me gusta muchísimo Emanuel Carrere y me encantaria poder hacer algún día algo así, oscuro. Me gusta Coetzee, Salinger, Johnantan Franzen, autor de las Correcciones.

Próxima lectura juntos: un cuento de Cheever

La charla con Violeta me inspiró para proponerles leer a Cheever, elegí El nadador para la próxima, y directamente el próximo artículo lo dedicamos por entero a este autor. Les propongo que vayan googleando, leyendo e investigando y dentro de dos jueves, el 24 de septiembre nos encontramos de nuevo por acá para comentarlo.

Los espero y recuerden que pueden escribir a clubdelecturaohlala@gmail.com

PARA AGENDAR: PRESENTACION DE SUEÑOS A 90 CENTAVOS EL 29/09

Violeta nos invitó a todos los cluberos a la presentación oficial de su libro el martes 29 de septiembre a las 19.30 en Dain Usina Cultural, Thames 1905.

Pueden disfrutar del book trailer en Vimeo

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