Todos contentos: el arte emergente tiene su Bienal

Abrió con El Descueve y seguirá hasta el domingo, con una variada oferta
Alejandro Cruz
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11 de septiembre de 2015  

El martes comenzó esta nueva edición de la Bienal de Arte Joven de Buenos Aires. Esa noche, el Centro Cultural Konex tuvo clima de fiesta. De hecho, ya entrada la noche y mientras Juana Molina daba su concierto al aire libre (la noche acompañaba, no como la friolera de las dos últimas jornadas) una cola de una cuadra y media esperaba ingresar al viejo galpón del Abasto. Según el cálculo oficial, durante esa jornada circularon unas 9000 personas. A las 19 de ese día, en una de las desangeladas salas de teatro que tiene el Konex la apertura tuvo uno de sus picos de mayor atención con el estreno (o reposición o revisita o como se quiera) de Todos contentos, magnífico espectáculo del grupo de danza independiente El Descueve. En dicho colectivo la Bienal está haciendo foco a 25 años de su nacimiento y a 8 de su separación (aunque, en verdad, la primera semana de octubre el grupete conformado por Mayra Bonard, Ana Frenkel, María Ucedo, Gabriela Barberio y Carlos Casella probará suerte con una nueva experiencia escénica que pone en duda la separación del grupo como un hecho consumado).

Que la Bienal haga eje en un grupo fundamental de la escena alternativa de las últimas décadas ya de por sí da cuenta de una idea curatorial interesante que invita a reconocer las marcas que dejó ese colectivo. Hace tres años lo había hecho el Cultural San Martín con el grupo Krapp y, ahora, es el turno de la Bienal como si hubiera ahí una idea que merece ser profundizada. La puesta de Todos contentos con nuevo elenco estuvo en manos de Bonard, la misma que había codirigido este trabajo en el momento del estreno. El compromiso de ponerle el cuerpo a esa sucesión de escenas desbocadas recayó en Micaela Ghioldi, Martina Bakst, Romina Alaniz, Milva Leonardi y Pablo Lugones. Elección más que adecuada porque se apoderan del material como si fuera propio. Los cinco, a su manera, conforman otro quinteto de enorme fuerza expresiva. En varias escenas demuestran tener esa pulsión cegadora que requieren esas escenas impactantes y de una enorme exigencia física. En el todo de Todos contentos conviven momentos catárticos de furia colectiva con las cuatro bailarinas estrellando 130 platos contras las paredes, con efímeros instantes de intimidad en los que dos personajes son iluminados solamente por un fósforo que se apaga en segundos.

Aquellas imágenes, su cuidado estético, la música de Diego Vainer se convirtieron en la marca del grupo, su gesto, su legado. Y parece ser, aunque eso lo tendría que afirmar una mirada más joven sin las típicas cargas generacionales, su actualidad. Seguramente, con el correr de las funciones y cuando desde el 11 del mes próximo la obra pase al escenario de Espacio Callejón, esta nueva puesta logrará desplegar todavía más todo su poderío.

En el mapa de las artes escénicas de la Bienal, hasta el domingo se están presentando diversas experiencias. Los que se ofrecen en el Konex son trabajos ya terminados que fueron seleccionados para la ocasión. Hay varios de inobjetable calidad y riesgo. Por ejemplo: El becerro de oro, de Amparo González y Pablo Lugones. O Recordar 30 años para vivir 65 minutos, de Marina Otero. O Body Art, de Miguel Israilevich. O D/H, de Lucía Disalvo. Mientras tanto, en diversas salas que hacen al mapa de la escena alternativa, se están presentado las 7 producciones de esta plataforma de artistas emergentes. De este grupo forman parte, por ejemplo, Rat (farsa trágica), de Juan Mako, que va en Hasta Trilce. En contraposición a la sólida base que lograron en cada uno de los montajes estrenados hace dos años en los que se percibía un acabado final de enorme potencia (de hecho, tres de esas obras siguen en cartel en Buenos Aires o en festivales internacionales), en esta propuesta se perciben problemas dramatúrgicos notables. Sólo algunos logrados climas hacen que la atención se concentre en medio de una propuesta que carece de síntesis.

En Espacio Callejón se estrenó Paraje Das Unheimlich, de Josefina Gorostiza y Jimena Pérez Salerno. Esa propuesta es, en contraposición, una obra sumamente lograda. Las dos bailarinas y creadoras desarrollan una situación espejada atravesada por cierto aire a vieja película en blanco y negro de inquietante y perturbadora belleza. Son ellas dos en escena que son una (y sus sombras, y sus complementos, y sus dobles, y algo del orden de lo siniestro siempre por ahí, y algo de una condena de ser en el otro, y algo del orden de lo inexorable) en un trabajo de una sincronización, una depuración a nivel de imagen y una variedad de climas atrapante.

La Bienal termina pasado mañana con un recital de Emanero, indiscutible referente del hip hop. Hay propuestas para los amantes de las artes visuales, de la música, de las artes escénicas y para la tribu de los lenguajes combinados y para los que les gusta combinar distintas y armar su propio combo. O sea, todos contentos.

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