Con el encanto de la improvisación

Pablo Kohan
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12 de septiembre de 2015  

Folías antiguas y criollas del antiguo al nuevo mundo, concierto de hespèrion XXI / Dirección: Jordi Savall, viola da gamba / Repertorio: obras anónimas y de Diego Ortiz, Gaspar Sanz, Pedro Guerrero, Antonio de Cabezón, Santiago de Murcia, Antonio Martín y Coll, Juan García de Zéspedes y Francisco Correa de Arauxo mozarteum argentino / Sala: Teatro Colón.

Nuestra Opinión: Excelente

Hace siete años, en su última presentación en Buenos Aires, en el Coliseo, Jordi Savall armó un concierto centrado en una muestra concreta de los mestizajes culturales, lingüísticos y musicales que las migraciones transoceánicas de ida y vuelta produjeron en la música española luego del "descubrimiento" de América. Pero entre aquel programa y éste hay una diferencia sustancial. En esta ocasión, como si de un recital de jazz se tratara, el centro no estuvo únicamente en la presentación de canciones, danzas y obras escritas entre los siglos XVI y XVIII, sino en la ampliación del repertorio con la práctica de la "improvisación". Y si bien el primer encomillado, el del descubrimiento, es del mismo Savall, que así afirma su desavenencia con ese sustantivo tan equívoco que mal definió durante muchas centurias lo que fue la llegada europea a América, el segundo, el de la improvisación, es nuestro. En realidad, salvo su participación en los Canarios del final, Jordi Savall no improvisó, sino que se atuvo a larguísimas variaciones prolijamente escritas. Quienes sí improvisaron, sin partituras y con una libertad y una seguridad llamativas, fueron sus seis compañeros de aventura, tres de un Hespèrion XXI muy reducido, y tres del Tembembe Ensamble Continuo, notable conjunto mexicano centrado en la música barroca hispanoamericana y en el son tradicional de México y América latina.

En aquel concierto de Savall en el Coliseo, la formación clásica del Hespèrion XXI era imprescindible porque la idea era la presentación de un repertorio escrito. Violas da gamba, violones, guitarras, laúdes, tiorbas y voces más que refinadas para las canciones. Ahora, la elección fue la de un ensamble corto, apto para sostener la improvisación. El sector español estuvo a cargo de los fantásticos Andrew Lawrence-King y Xavier Díaz-Latorre, en arpa y guitarra, y un percusionista multiuso como David Mayoral, que se paseó por distintos membranófonos e idiófonos con una soltura y un finísimo sentido del color y del ritmo. Cada vez que tomó su bombo afloraron invictas las antiguas raíces hispanas del malambo o de la chacarera. El aporte mexicano, definitivamente el toque diferente y necesario para que este concierto tuviera un sabor popular y americano, fue provisto por Ulises Martínez en canto y violín, el polifacético Enrique Barona, cantante, percusionista, guitarrista y bailarín, y Leopoldo Novoa, que, además de cantar y tocar su guitarra sonera, sentado sobre su marimbol, impertérrito y supereficiente, aportó los bajos imprescindibles.

El recital se construyó sobre la sucesión de pequeños cuadros o escenas de diferentes perfiles y prolijamente engarzados para evitar reiteraciones y ofrecer una variedad que hizo que el interés no decayera en ningún instante. Sobre danzas anónimas y músicas escritas por compositores del renacimiento y del barroco español y americano, Savall arregló, en la más jazzística de las acepciones de este término, la apertura y el cierre de cada obra. Entre una y otro hubo espacio para la recreación de los temas a partir de la improvisación o de las variaciones escritas, siempre ateniéndose a los recursos idiomáticos y expresivos propios de las piezas originales. Es real que, a diferencia de las sofisticadísimas elaboraciones armónicas del jazz, los patrones de las folías, passamezzi, pavanas, fandangos y canarios son absolutamente simples. Pero fue increíble la soltura con la cual se manejaron los seis cómplices de aventuras de Savall, sin aferrarse a ninguna partitura, lo que permitió disfrutar de algo novedoso que, por lo demás, no se alejó en ningún momento de los componentes idiomáticos, estéticos y discursivos de las obras de base. Las relativamente sencillas piezas originales fueron ampliadas hacia otras dimensiones, respetando todos sus códigos.

El canto de los mexicanos, desprovisto de cualquier sofisticación vocal, permitió disfrutar tanto de esa aspereza y encanto propios de la canción popular así como de la comprensión del texto, algo que, muchísimas veces, la impostación torna inescrutable. En su última "improvisación", Enrique Barona, mientras percutía sobre su quijada de caballo, ironizó sobre el invierno y las toses del Colón para después reafirmar la idea central de este concierto cuando habló/cantó sobre las magias de esta música forjada a ambos lados de un ancho y profundo mar azul.

Hubo muchísimos aplausos y la fiesta concluyó con una recreación de la Danza de la iguana, de los esclavos negros del Caribe y de México, bailada por Barona mientras Novoa le cantaba consignas sobre gestos y movimientos, algo tal vez nunca visto en el Colón. Como fuere, Jordi Savall logró que el público se retirara del teatro tan sonriente como satisfecho.

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