Por qué las obras no deben mudarse

Sonia Berjman
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13 de septiembre de 2015  

Monumentos, esculturas, murales y otras piezas de arte conforman el patrimonio de una sociedad, que es disfrutado por todos: sin horarios, sin pagar entradas, sin condicionamientos salvo el respeto que les debemos. Buenos Aires es una de las urbes más privilegiadas del mundo por su acervo artístico integrado por obras de jerarquía estilística, de hechuras y de firmas de primer nivel mundial.

Así como no existen dos seres humanos iguales, tampoco hay dos monumentos iguales. Cada uno tiene su significado, su materialidad, su importancia, su mensaje, estableciendo un diálogo con su entorno, que crea su "ambiente", del que ya no puede divorciarse. Por ello, las obras no se deben mudar de domicilio, deben quedar allí donde una generación las colocó por alguna razón, y esta razón forma parte indisoluble de su propia historia.

Las réplicas de ejemplos de enorme valor son bienvenidas cuando su vida corre peligro de muerte, igual que una persona. Y así como a cada paciente el médico lo estudia, lo mismo debe hacerse con cada monumento, cuando se trata de ejemplos icónicos. Estos casos son contadísimos en el mundo para no caer en el falso histórico.

¿Vamos a permitir el triunfo del vandalismo anónimo y el de funcionarios sin conciencia patrimonial? ¿Cuándo y cómo vamos a contar con una política coherente y continua de cuidado de nuestro patrimonio público? Mientras seguimos esperando respuestas, los gobiernos dejan enfermar y languidecer decenas de esculturas o las "arreglan" continuamente, volviéndolas réplicas virtuales sin autenticidad.

Nos atiborran con personajes efímeros de plexiglás. Talan tótems. Asesinan, descuartizan y abandonan los restos insepultos de Colón... Y la gesta científica de quien nos legó la dicha de vivir en nuestra querida América es sustituida por el gesto furioso de la guerra.

Doctora en Historia del Arte

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