Intensidad, intriga y una inquietud poco habitual

La versión de Don Carlo que se verá es la última modificación, pedida por Verdi al novelista Antonio Ghislanzoni
Jorge Aráoz Badí
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20 de septiembre de 2015  

Doscientos años después de que la conocida leyenda negra española recorriera Europa, el alemán Friedrich Schiller escribió una obra de teatro con los personajes del drama real, encabezados por Carlos, príncipe de Asturias, hijo de Felipe II y nieto del emperador Carlos V. Ochenta años más tarde, Giuseppe Verdi respondía a un encargo de la Opera de París con su creación lírica número 25, basada en aquella pieza de Schiller.

Don Carlo, que hoy regresa al escenario del Colón, es una ópera de mutación y enmienda, asumida por Verdi con la seguridad de un artista que sabe, punto por punto, qué quiere hacer. No es el resultado de un autocuestionamiento como Otello o Falstaff, que son obras de llegada. Pero tiene la solidez de su próxima Aída y las señales de que ya no hay vuelta atrás, ni a Un ballo in maschera ni a La forza, ni a Rigoletto y, mucho menos aún, a Traviata, con todo lo que estas óperas tienen de entrañable.

La versión que se verá esta tarde es resultado de la última modificación del libreto, pedida por Verdi a su amigo, el poeta y novelista Antonio Ghislanzoni, para cortar un acto, dejar la obra en cuatro y eliminar algunas fórmulas trilladas. El sentido autocrítico de Verdi hizo que se lograra una ópera expresivamente limpia, un poco más ajustada a una historia que no terminaba de conformar al compositor por su falta de claridad.

Porque en los casi cuatro siglos de transiciones desde la España de 1568, la historia del choque permanente de Felipe II con su hijo, el infante Don Carlos, sufrió modificaciones, retoques y correcciones, según quien hiciera el relato. La imagen del infante heroico que luchaba por la libertad, enfrentado al represor Felipe II, como se lo aclamaba en Flandes, viró en España hacia un retrato del joven como un desequilibrado, enfermizo y arbitrario, con malformaciones físicas, airado y agresivo con la población entera de la corte.

Su acción intrigante lo lleva hacia el parricidio, trastornado a partir de que su prometida, Isabel de Valois, se casa con su padre por la exigencia política de lograr la pacificación entre España y Francia y el rey termina perdidamente enamorado de esta hija de Catalina de Médici convertida en su tercera esposa, aunque Verdi pone en su boca una de las arias más hermosas:"Ella jamás me amó".

Los celos, el odio, la injuria, las confabulaciones y hasta el asesinato se deslizan con obscenidad por pasillos, salas y alcobas del Escorial, cada vez con mayor intensidad, bajo los ojos de un hechizado monarca, una Inquisición en permanente acecho y tan sólo un espíritu moderador, el único que se animaba a objetar al rey: Rodrigo, Marqués de Pousa, uno de los personajes verdaderamente interesantes de la obra.

Cuando la ópera termina queda una profunda sensación de tristeza, la tristeza que deja la historia, la verdadera o la operística. Porque ya se sabe que, en una ópera, la cuestión no es ponerse exigente con los hechos. Pero, frente a Don Carlo, es inevitable que el espectador sienta una inquietud poco habitual, ya que esta ópera, excavada de un drama romántico, no se parece a casi nada de lo que había en circulación en su tiempo, ni siquiera en el actual.

Incluso el miedo al agobio, por la extensión casi wagneriana, es rápidamente absorbido gracias a una acción sin reposo. Y cuando en Don Carlo se habla de acción queda absolutamente claro que se trata de una operación esencialmente motorizada por la música de Verdi.

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