Daniel Cerezo: "A las empresas les falta conocimientos para entender la diversidad y la integración"

El fundador de Creer y Hacer, experto en temas de felicidad en el ámbito de las organizaciones, dice que hay que construir vínculos individuales con las personas
Marilina Esquivel
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20 de septiembre de 2015  

Daniel Cerezo casi olvida la entrevista con LA NACION. Es que el día pactado para el encuentro fue justo el mismo en que dejó Páez, la fábrica de alpargatas donde no sólo se desempeñó como gerente de Recursos Humanos y de Cultura y Felicidad durante cinco años sino donde logró derribar los prejuicios que tenía sobre el mundo empresarial y proyectar el aporte que quiere hacer a la comunidad en el futuro desde su empresa Creer Hacer.

Cerezo nació hace 32 años en San Juan. Cuando era bebe su familia se mudó a Buenos Aires con falsas promesas de trabajo. El hambre, el frío y la necesidad de trabajar de chico para subsistir no le fueron desconocidos, como tampoco la solidaridad de su barrio y la guía de la concertista Liliana Alpern. Con ella, que enseñaba piano en un centro comunitario, aprendió a tocar desde música tropical hasta Beethoven. A los 14 años Cerezo decidió que debía devolver a su comunidad lo aprendido y empezó a actuar socialmente en su entorno. Estudio psicología social, lideró proyectos comunitarios y enseñó a presos del penal de San Martín.

También participó del Programa Líderes de Consorcios Regionales de Experimentación Agrícola (CREA), donde lo contactó Tomás Pando, uno de los creadores de Páez, para que fuese gerente de Recursos Humanos de la organización. Cerezo le advirtió que no tenía educación formal en el tema, pero el objetivo de la empresa era fortalecerse como comunidad. "Yo no entendía cómo hablar de empleados y empleadores porque veía entre ellos una brecha muy grande. Venía de trabajar en comunidades barriales para mejorar la calidad de vida y pensé que podía llevar eso a la empresa", explica.

Fuente: LA NACION - Crédito: Daniel Jayo

Tras el éxito de una charla TED que dio en Tecnópolis, decidió que podía replicar la experiencia de Páez en otras organizaciones y, a la vez, crear un puente para que los barrios y las empresas se nutriesen mutuamente. Creer Hacer ofrece varias formas para hacerlo. Mediante el programa Barrio abierto organiza charlas en los barrios con testimonios de referentes y líderes barriales sobre sus historias particulares. El objetivo es inspirar a la audiencia y posibilitar transformaciones. Otra propuesta es un curso de liderazgo llamado Transformadores sociales que dura un año y se enfoca en dirigentes y coordinadores barriales, docentes y jóvenes que tienen proyectos pero no cuentan con herramientas para llevarlos adelante. "En la CAVA -dice Cerezo en referencia a la villa ubicada en San Isidro- participan docentes de la escuela de negocios de PricewaterhouseCoopers." Para las empresas brinda el programa Vuelta de tuerca. Son talleres basados en los testimonios reales de oradores barriales a partir de los que se trabajan diversos temas en la empresa.

-¿Qué se pueden aportar mutuamente los barrios y las empresas?

-En el sector privado vi esta cosa espantosa de "vamos a medir tu competencia", la ambición por hacer carrera... me di cuenta de que el saber no se comparte, porque si tal persona quiere un puesto no va a compartir con otro que también lo puede querer. No existe la solidaridad. Yo venía de otro palo y pensaba que si todos compartíamos lo que sabíamos podíamos crecer como comunidad. Y lo que las empresas pueden aportar al barrio es la formación profesional, organizarse y armar procesos. Planes estratégicos.

-Cada vez hay más gerentes de felicidad en el mundo. Hay quienes critican que las empresas se preocupan por la felicidad porque cuanto más feliz es la gente, es también más productiva.

-Estoy de acuerdo con las críticas en muchas cosas. Se puede ver desde esa perspectiva, de que a la empresa le conviene, pero es cierto que al empleado también porque hay alguien preocupándose por su bienestar profesional y personal. La empresa gana pero la gente también. De todos modos, cualquier empresa que sólo tenga esa visión es muy cortoplacista. Pasa lo mismo con la RSE; se dice que las empresas buscan tener la conciencia más limpia. Tarde o temprano las personas se dan cuenta de si se hace por convencimiento o por conveniencia.

-Solés decir que el dinero no es todo lo que buscan las personas para su felicidad.

-Es mucho más sencillo de lo que uno cree. Si vos trabajás conmigo y sé que te gusta tomar mate, entonces en mi empresa siempre habrá yerba. Pero si sé que te gusta la yerba de una marca y compro esa, hay una diferencia. No te tengo que llevar al Colón, que está buenísimo claramente, para hacerte feliz. La felicidad se construye generando un vínculo y éste generando confianza y ésta con respeto.

-Muchas empresas al hablar de diversidad se enfocan en el género y en las edades de los empleados y menos en los sectores sociales de los que provienen.

-Estoy en contra de hablar de inclusión. Quiero decir, ¿cuando yo vivía en la villa no estaba incluido? Yo hablo de transformación. No es cuestión de incluir sino de respetar, aceptar la diversidad, y aprender a construir un nuevo código. Hay que trabajar para la integración más que inclusión.

-¿Pero en la práctica qué pasa? Si en una terna de candidatos para un puesto en una fábrica uno de ellos vive en una villa, ¿lo eligen?

-No. Al principio pensé que eran unos hijos de su madre, pero es el miedo a lo desconocido, que es fuerte y paraliza. Las empresas tienen mucho que aprender. Les falta conocimientos para entender la diversidad y la integración en serio. No lo digo desde el rencor. Yo tenía muchos prejuicios sobre los empresarios, pero cuando entré al sector privado me di cuenta de que no era así. Imaginate los conceptos que deben tener ellos. Lo que más nos cuesta es el aprendizaje colectivo, no sólo aceptar sino aprender. Y eso se logra generando oportunidades.

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