Don Carlo, muy cerca del ideal

Jorge Aráoz Badí
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22 de septiembre de 2015  

Giuseppe Verdi: Don Carlo, ópera en 4 actos / Director musical: Ira Levin / Director de escena, escenografía y vestuario: Eugenio Zanetti / Escenógrafo: Sebastián Sabas / Iluminación: Eli Sirlin / Orquesta estable del Teatro Colón / Director del coro estable: Miguel Martínez / Cantantes: José Bros, Alexander Vinogradov, Fabián Veloz, Tamar Iveri, Béatrice Uria Monzon, Alexander Tanovitski / Nuestra opinión: muy buena.

Anteayer, un rumor de sorpresa y encanto recorrió la sala repleta del Colón, cuando se levantó el telón sobre el comienzo de Don Carlo y quedó al descubierto un escenario totalmente cubierto, con una visión realista de la abrumadora arquitectura palaciega interior, posterior al imperio de Carlos V.

Para su montaje de la ópera de Verdi, el argentino Eugenio Zanetti, cuya capacidad creativa está ratificada desde hace años en muy interesantes realizaciones teatrales y cinematográficas, eligió una escena bien figurativa, sobre la que dominan enormes columnatas de presencia permanente. Por momentos, esos elementos aparecen un tanto recargados, pero actúan como una supuesta metáfora barroca para un ámbito afiebrado y violento como era el de la corte de Fernando II.

La impresión inicial que deja tan potente imagen escénica es que, a lo largo de los cuatro actos, la acumulación de materiales visuales puede superar la tolerancia multisensorial de una ópera. Pero, a pesar de este problema, tal imagen se vio notoriamente enriquecida por movimientos de conjuntos nada convencionales y una marcación de personajes muy ajustada a sus roles. Además, con un vestuario espléndido, de innegable buen gusto y un manejo de la iluminación de gran profesionalismo.

Este Don Carlo podría haber sido lo mejor logrado de la temporada, sobre todo si se agrega la actuación de la Orquesta Estable, conducida con auténtica autoridad por el norteamericano Ira Levin. Su versión dio siempre con el tono expresivo especial de cada momento, algunos refinados, otros ásperos y austeros. Su sentido rítmico siempre colocó a la orquesta donde debía estar, como sostén del material vocal. Y como en tantas ocasiones el Coro cumplió una labor digna del más decidido elogio, con alardes de precisión y trascendente musicalidad.

¿Qué impidió que la nueva versión de Don Carlo se colocara entre lo más memorable de la temporada? Este crítico tiene la convicción de que el elenco de cantantes elegido no es el ideal para esta ópera. Es cierto que en los dos últimos actos todo funcionó mucho mejor que en los primeros, lo que demuestra que no se trata de cantantes de baja, ni siquiera de mediana calidad. De ningún modo. Sólo que Don Carlo necesita de otro tipo de cantantes, tal como los cantantes que pide Wagner no son los mismos que pide el bel canto. Vocalmente, con sus buenos agudos, el catalán José Bros, como el protagonista, no comunicó el perfil delirante. Faltaron impiedad, ensañamiento, inclemencia y celosa ceguera en el canto del Felipe II del ruso Alexander Vinogradov. La georgiana Tmar Iveri tiene una línea de canto muy apreciable y excelentes medios, pero no fue la sensual Isabel de Valois, como tampoco lo fue la francesa Béatrice Uria Monzon, tan apreciada por los argentinos. Y ya se sabe que el Gran Inquisidor (el ruso Alexei Tanovitski) no fue, precisamente, un anciano bueno y comprensivo.

Habría que exceptuar de este decoroso elenco, aunque no ubicado acertadamente, al barítono argentino Fabián Veloz (en el rol de Rodrigo, Marqués de Posa), una vez más muy convincente desde el punto de vista vocal y con real capacidad expresiva.

Pero la clave de Don Carlo está en el carácter. Y eso es lo que faltó a esta versión para lograr el tono de grandeza, a pesar de la calidad de la puesta y la interpretación orquestal. Lo que le faltó fue carácter dramático. Es esa pequeña cosa que hace salir a la gente de la sala con un cierto estremecimiento.

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