Violín y piano, en plena vigencia

Pola Suárez Urtubey
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24 de septiembre de 2015  

La combinación de violín con piano sigue siendo favorita en el curso de los siglos. Es lo que demuestra el programa que la violinista Viktoria Mullova y la pianista Katia Labèque ofrecerán para el ciclo Nuova Harmonia en el Colón el próximo lunes. Desde Mozart, Schumann y Ravel hasta los más recientes Arvo Pärt y Toru Takemitsu, no hay fronteras de tiempo ni de culturas para convertir el encuentro de ambos instrumentos en su medio tan amado para expresarse. Veamos a estos dos últimos.

El compositor estonio Arvo Pärt está representado por una obra de 1977, Fratres ( Hermanos), que, como es habitual en las obras de este autor, tiene una inspiración religiosa y una espiritualidad a flor de piel, si bien no está pensada para el uso litúrgico. Tres años más tarde, el autor estrenaba la primera de las muchas adaptaciones que él mismo y otros músicos han realizado de la obra con diferentes instrumentaciones. Se trataba en este caso de la adaptación para violín y piano dedicada a Gidon y Elena Kremer, quienes la estrenaron en el Festival de Salzburgo.

Los biógrafos de Pärt aseguran que rechazó la "verdad oficial que se intentaba inculcar en las escuelas de Estonia soviética cuando él era niño. Frente al poder del ateísmo y a la condena a las manifestaciones religiosas tradicionales, Pärt experimentaba un interés cada vez mayor por cuestiones espirituales y cristianas. Su música comenzó a orientarse hacia el gregoriano y otras expresiones religiosas de la antigüedad. Como otros compatriotas, buscó el exilio, en su caso en Viena, para instalarse luego en Berlín, donde vivió a lo largo de tres décadas y en donde conoció el éxito. Sus inquietudes hablan de su espíritu de búsquedas, pues proclive al serialismo y a la música aleatoria, también se lo advierte sensible a la polifonía renacentista, sólo que adaptándola a un lenguaje minimalista, depurado, predispuesto a la espiritualidad.

Por su parte, Distance de Fée nos acerca en este recital a Toru Takemitsu (1930-1996), que buscó en algunas de sus obras reunir la música clásica occidental y la tradición musical japonesa. Se asegura que se interesó por la clásica de Occidente en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Los biógrafos de Takemitsu aseguran que el jazz de la amplia colección fonográfica de su padre lo atrajo en principio, y luego la audición de música occidental, durante una larga enfermedad, a través de una emisora militar norteamericana. Básicamente autodidacta, se sintió muy influido por la música francesa, en particular Debussy y Olivier Messiaen. En 1951, Takemitsu fundó un grupo que introdujo la obra de numerosos europeos a la audiencia japonesa. Su quiem para orquesta de cuerdas (1957) fue accidentalmente escuchado y elogiado por Stravinsky en 1959. También compuso música electroacústica y cerca de 100 bandas sonoras para películas del cine japonés. En cierta ocasión, Takemitsu aceptó: "Por supuesto, no puedo ser indiferente como compositor a la cultura tradicional de nuestro país, pero me reconozco como un ciudadano de la escena musical mundial más que como compositor japonés. Trato de pensar sobre problemas del hoy a través de la música como forma de representación". Y continúa: "Mi música está muy influida por la tradición japonesa, pero tal vez más por Messiaen, Debussy, Schoenberg".

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