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España vive un explosivo cóctel de política y deporte

Fuente: AFP
El encendido debate sobre la reivindicación independentista de Cataluña también se metió de lleno en la vida de muchas figuras de la península; se habla de campañas y manipulación
Sebastián Fest
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24 de septiembre de 2015  • 23:15

Lionel Messi lleva más de una década dándole felicidad a los hinchas de Barcelona , aunque hay algo en lo que probablemente frustre a muchos de ellos por siempre: las cada vez más fuertes reivindicaciones independentistas en Cataluña. El "10" no dijo públicamente nunca una palabra sobre el asunto, y no precisamente porque a los dirigentes del Barcelona y a la élite política gobernante en Cataluña les disgustase que lo hiciera... Con los años, incluso, se resignaron a que el astro no tuviese siquiera el gesto de mechar alguna que otra palabra en catalán. Inmerso en una burbuja que Josep María Minguella, uno de los hombres clave de su desembarco en España, definió como "Little Rosario", Messi, residente en Barcelona desde 2002, vivió por años ajeno a todo el encendido debate político español en torno al tema catalán. Hasta que el 16 de mayo de 2010 sorprendió en el Camp Nou durante el festejo por la conquista de la Liga española, uno de los múltiples títulos ganados de la mano de Josep Guardiola . "¡Visca el Barça, visca Cataluña y aguante Argentina la c... de su madre!".

Pobres independentistas. "Visca" es "viva" en catalán, toda una novedad para el jugador, pero el manifiesto messiánico –impulsado por no despreciables dosis de alcohol– sirvió para que en Barcelona y en el gobierno regional catalán se convencieran de que al delantero hay que disfrutarlo desde el fútbol y no pedirle lo que no quiere dar. Otra leve esperanza se diluyó hace poco: al enterarse de que el segundo hijo de Messi nacía el 11 de septiembre -fecha emblemática en Cataluña-, unos cuantos se ilusionaron en Barcelona con que el argentino y su esposa tuvieran el gesto de bautizarlo "Jordi", el nombre catalán por antonomasia. Nada de eso: Mateo Messi.

España, país de grandes progresos en las últimas décadas en lo social y lo económico, se torna a veces muy difícil de explicar. Sucedió a principios de este mes: su selección de fútbol venía de ganar un partido clave en el intento de clasificarse para la Eurocopa del año próximo, pero para Jordi Alba, autor de uno de los dos goles en aquel 2-0 sobre Eslovaquia, España no existía.

El veloz lateral de Barcelona, orgulloso catalán, se valía de una extraña aunque extendida habilidad: la de hablar de España sin decir "España". "La selección", "el equipo", "el grupo"? Todo valía para evitar mencionar un país con fuertes identidades y tensiones regionales, una España que este fin de semana está en máxima ebullición política. El gobierno de Cataluña convirtió unas elecciones regionales en algo mucho más fuerte: un referendum por la independencia. Camuflado, porque no habrá preguntas por el "sí" o el "no" a la secesión. Eso ya se hizo meses atrás en una votación con aspecto de referendum, pero sin validez legal. Esta vez, dependiendo del grupo político que se vote, los números enviarán un mensaje claro al gobierno central de Madrid.

Lo que intenta y logra Alba -jugar para España evitando pronunciar "España"- se repite en muchos otros deportistas. Se da por ejemplo con Gerard Piqué, uno de los símbolos de Barcelona y objeto de la furia de los hinchas de Real Madrid y de muchos de la selección, que no le perdonan su actitud prescindente respecto de España. Con gruesísimo trazo se puede decir que Barcelona es el estandarte de aquellos que quieren separarse de España y Real Madrid encarna a los que no quieren una España desmembrada. Hasta ahí, porque hay mucho más que eso: madrileños que son furiosos hinchas de Barcelona, catalanes que aman a Real Madrid? Y un club, Espanyol de Barcelona, que hasta hace unos años era "Español" y terminó adoptando una "y" en su nombre que implícitamente catalaniza su ser.

Apoyaron y no tanto

El deporte no es un asunto menor en la esgrima política entre Madrid y Barcelona, aunque a veces se convierta en arma de doble filo. Días atrás, una plataforma favorable a la independencia de Cataluña difundió una impactante producción en la que aparecían decenas de deportistas reconocidos mostrando el pulgar alzado ante la cámara y apoyando sonrientes el adiós a España. El problema llegó cuando muchos de ellos dijeron que habían sido utilizados, que ésa no es su postura. Fue el caso del ex tenista Alex Corretja: "Sólo quería apoyar al deporte catalán, se le ha dado a la foto un uso malintencionado. Mi padre es catalán y mi madre es andaluza, no me gusta que se me posicione en un saco (bolsa) en el que yo no he dicho nada". Similar fue la experiencia de Raúl Tamudo, ex figura de Espanyol: "Me pidieron una foto por el deporte, la propuesta no tenía nada que ver con la independencia". O la del ex gimnasta Gervasio Deferr, hijo de un argentino que se exilió en España durante la última dictadura militar: "No me explicaron los detalles, lo hice rápido".

Muy diferente es el caso de Josep Guardiola, la figura deportiva catalana más conocida a nivel mundial. El entrenador de Bayern Múnich es un activo promotor de la independencia catalana y figura incluso en un simbólico último puesto como candidato a diputado regional de "Juntos por el sí", la lista que impulsa la secesión. Oro olímpico con España en los Juegos de Barcelona 92, a Guardiola le llueven críticas de aquellos que lo ven como un "traidor" a la camiseta roja. La última de ellas, del máximo responsable del deporte español. "El caso de Guardiola explica muchas cosas de lo que está pasando en Cataluña. Es el caso de una grandísima manipulación", dijo esta semana Miguel Cardenal, secretario de Deportes, a la agencia DPA.

Aunque quizá las distancias no sean irrecuperables: días atrás un blog en el diario francés "Le Monde" dio a entender que el basquetbolista Pau Gasol apeló al doping. Ahí se acabaron las diferencias: cuando de Francia llega una provocación, ya no hay catalanes, castellanos o vascos, sólo españoles unidos en la respuesta al poderoso vecino.

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