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Mágica instalación performática

Entre una tonelada y media de basura, Celia Argüello Rena y Juan Pablo Gómez dan vida a Diógenes al Sol, uno de los proyectos más jugados de la escena
Alejandro Cruz
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30 de septiembre de 2015  

El jardín de la casa tomada por esta señora que, con empeño, es capaz de tapar el sol
El jardín de la casa tomada por esta señora que, con empeño, es capaz de tapar el sol Crédito: Jade Sivori / FIBA

Casa tomada (y no es metáfora alguna, ni ahí). Vieja y bella casona de Villa Ortúzar de dos generosas ventanas de postigos cerrados. En la puerta hay cartones, bolsas y diarios viejos amontonados. Algo que cualquiera diría que es basura.

A la hora indicada, la puerta se abre y los intrusos -ésa es la sensación permanente que siente el público durante el recorrido- entramos a su casa. Oscuridad total. Se ingresa por el zaguán a los tientos, tropezando con más bolsas acumuladas. La señora de la casa tomada está tomada, a su vez, por la pulsión del acopio, de apilar, de darles a las cosas un orden. Un especialista de la salud mental diría que padece el síndrome de Dionisio, que la lleva a acumular en su casa una enorme cantidad de basura. En este caso, una tonelada y media. La casa es el museo de sus propios recuerdos o de los recuerdos de la misma sociedad de consumo. En verdad, lo que ella repite a los intrusos al borde mismo del reto es: "No toquen nada".

En un cuarto primero, un pasillo después, otro cuarto, otro pasillo y en el jardín hay cartones, botellas, bolsas de plástico, muebles viejos, residuos tecnológicos y una infinidad de etcéteras como si fueran, cada una de la partes y el todo, la exacta radiografía de su pulsión por el acopio y el orden. También, por acá y por allá, anda un perro. Ella dice: "Una cosa armónica es la mezcla de dos principios opuestos. Por un lado, el orden, y, por el otro lado, el caos y la desorganización. Toda esa concepción que ve al cuerpo humano como una máquina, al universo como si fuera algo mecánico? Todo ese sistema de ideas ya no da para más. Hay cosas que son «sí, pero no» al mismo tiempo".

Ella, la señora de la casa tomada por ella misma, habla de una "cosa armónica". La "cosa", tal vez, sea esta casa, su archivo del tiempo de lo individual y de lo social, de las voces propias y de las ajenas. En la casa se escucha su voz, pero también hay otras ánimas que se hacen ver, que se hacen escuchar. Cinco en total. Está el de las bolsas de plástico, el de las botellas de plástico, el que parece ser un bicho mitológico y otro de tres patas o tres brazos o tres algo. Hay otro más: el de los trapos. Ése es sensible, caprichoso, irrita fácil (es actor). Ella lo cuida. Lo reta. Lo protege.

En la casa tomada resuenan sonidos que parecen, como todo, proyecciones de su mente. Hay algo sórdido en todo. También hay luz en la oscuridad. Y hay, todo el tiempo, un registro de lo alucinado al borde del paraíso de lo pop, de lo opresivo, de un quiebre ligado al humor.

Ahora se está en el jardín de árboles enormes rodeados de plantas y más objetos, de una selva de plástico en movimiento. "En este jardín planté todo lo que pude. A lo que podría crecer le puse semilla y la que prendió, prendió. Lo que no creció es porque estaba escrito. Acá no hay lugar para el vacío. Hasta el sol se puede tapar si uno se empeña", dice. El jardín es todo un mundo de su mundo, un jardín expandido, desbocado con especies de altares e infinitos detalles del detalle casi por debajo del umbral de la percepción.

De golpe, los intrusos somos expulsados por la señora de la casa tomada. Ella dice: "Ya está" y no hay manera de retrucarle nada. Uno es un intruso pateando bolsas ajenas por el living, por el hall, por el zaguán hasta volver a la vereda. Cuando se va el último, ella da un portazo. Los 30 o 40 entrometidos nos quedamos en la vereda a plena luz de la avenida Álvarez Thomas. Sin señal alguna, se produce uno de los tantos momentos mágicos: terminamos aplaudiendo la fachada de una bella casa tomada de generosas ventanas cerradas. Nadie sale. Adentro está ella, la bella señora que, con empeño, desde el jardín puede tapar el sol en medio de una noche en la que a la luna se le ocurrió teñirse de rojo.

La magnífica instalación performática se llama Diógenes al Sol. Cruza el diseño de indumentaria, las artes escénicas, el sonido y las artes visuales. Fue uno de los dos montajes coproducidos por el FIBA. Los obsesivos acopiadores de tantas capas de lo poético son Celia Argüello Rena y Juan Pablo Gómez, gente de talento demostrado. La señora de la casa tomada es la bella actriz Maitina de Marco. Su personaje parece estar zurcido en los múltiples pliegues de la piel que habita. La verdadera señora de la casa es Nayla Pose, la dueña y gestora de El Brío Teatro, la sala que apostó a este desbocado y modélico proyecto jugado al máximo, tanto desde el punto de vista de producción como por el riesgo artístico. Los seres animados son los bailarines y actores Pablo Castronovo, Teli Ortiz, Macarena Orueta, Roberta Blázquez Caló, Andrés Molina, Rakhal Herrero, Ollantay Rojas, Diego Rosental, Jimena Pérez Salerno y Javier Marra. La escenografía es de Sofía Echeverría, la iluminación de Pigu Gómez, el diseño sonoro de Pablo Chimenti, el vestuario es de Eugenia Foguel y el diseño espacial de Norberto Laino. Todos hacen y deshacen este inquietante tránsito. Son los responsables de, con empeño y cuidado, tapar al sol.

Claro que, como los eclipses, Diógenes al Sol lamentablemente dura poco. Por fuera del FIBA, su último viaje por la mente de esta bella dama será el domingo.

La comunidad, de Nicolás Roses

La obra fue una de las dos ganadoras del concurso organizado por el festival

La otra propuesta surgida del Concurso de Proyectos de Coproducción que organizó el FIBA se llama La comunidad. La dirige Nicolás Roses, coreógrafo argentino formado en el exterior. En la información de prensa él ha dicho que su propuesta es "como un concierto que oscila entre una práctica espiritual, artística y política". En verdad, oscila entre un trabajo en proceso y una muestra de cierre de un ciclo.

Tiene lugar en el mágico salón del primer piso de la Confitería Ideal, pero podría tomar cuerpo en cualquier otro espacio. Es puro aquí y ahora, pero un aquí y un ahora sin peso, sin densidad aun en su misma liviandad, en su intención de una dramaturgia que se va construyendo a la vista de todos. La función de la semana pasada terminó cuando Roses dijo: "Hasta acá llegamos". Luego, los bailarines le cantaron el "Cumpleaños feliz" a uno de los intérpretes.

En perspectiva, si un programador extranjero asistiera a ver la obra coproducida por el FIBA -la otra es Diógenes al Sol-, seguramente se llevaría una idea muy equivocada del nivel de la danza contemporánea independiente de la ciudad.

Mañana, La comunidad realiza su última función. Se advierte que las entradas no se pueden adquirir en el lugar.

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