Mussorgsky y una obra genial

Pola Suárez Urtubey
(0)
1 de octubre de 2015  

"Mussorgsky es único y será inmortal por su arte sin lugares comunes, sin formulismos, sin clisés; jamás una sensibilidad tan refinada fue capaz de expresarse por medios tan simples." Así definió Debussy a Modesto Mussorgsky, con lo cual echaba de un solo golpe por tierra los prejuicios sobre el compositor ruso en el sentido de su carencia de formación técnica, de su condición de "iletrado de la música". Pero es que su colega francés vio en ese aparente desaliño, síntomas irrecusables de genialidad.

A su vez no es extraña la conmovedora admiración que sintió el autor de Boris Godunov por Franz Liszt. No por el virtuoso de los salones franceses o el pianista deslumbrante. No. El Liszt venerado es el de Weimar; el apóstol de una nueva filosofía musical; aquél que encauzará el arte sonoro por un camino que culmina en Wagner y Strauss.

El origen de Cuadros de una exposición (una obra con la que el pianista Alessio Bax cerrará su concierto en el Colón, para el Mozarteum Argentino, el lunes y martes próximos) es bien conocido. La muerte inesperada del arquitecto y pintor Victor Hartmann, tan vinculado a Mussorgsky como a los restantes del grupo, dejó profundamente dolorido al compositor. Poco después de la desaparición del amigo, se organizó en la Academia de las Artes una exposición de dibujos y acuarelas de aquél. Mussorgsky quiso adherirse activamente al homenaje, y nada mejor que hacerlo con una serie de trozos para piano que evocan la temática de las obras pictóricas. Así nació Cuadros de una exposición el 22 de junio de 1874.

El ciclo consiste en una serie de diez fragmentos, cada uno de los cuales trata de evocar musicalmente las escenas reales representadas en los cuadros de Hartmann. Cada una de esas diez piezas está ligada por un intermedio, Promenade (paseo, caminata), que también sirve de introducción a la obra. Como es fácil de entender, representa los pasos del visitante de la exposición, entre un cuadro y otro. Los cambios de armonías y de tonalidades que sufre ese pasaje, típicamente ruso, representan, según el propio compositor, sus diferentes estados de ánimo. Aparece desde el comienzo y estará presente y nos comunicará sin la menor reserva su emoción. El paseo después del cuadro de los Gnomus tendrá un sabor diferente, así como será melancólico después de El viejo castillo, o recogido y concentrado después de las Catacumbas. Se lo descubre sucesivamente perdido en el ensueño y la fantasía que le sugiere el pasado ( El viejo castillo), exaltado ante el espectáculo del trabajo y de la miseria de Bydlo o electrizado por el sortilegio del Baile de los polluelos en sus cascarones. Una variación en grandes acordes litúrgicos confiere extraña emoción al cuadro de las Catacumbas, en tanto que una variación "doble" es suscitada por la irónica escena de Goldenberg y Schmuyle ( El judío rico y el judío pobre).

El encanto de la viva tradición popular se refleja en La cabaña de Baba Yaga, una bruja surgida del folklore ruso que habría construido su vivienda sobre patas de gallinas. Por último, Mussorgsky finaliza su obra con un fragmento grandioso, a la manera de Liszt, el de La gran puerta de triunfo de Kiev. Que es también el coronamiento de una obra capaz de dar, ella sola, la medida de uno de los genios más libres y auténticamente originales que tuvo la música rusa.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.