La fama no lo es todo

Mariano Grondona
Mariano Grondona LA NACION
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1 de octubre de 2015  

No todo famoso tiene poder por el hecho de serlo ni todo poderoso arrastra la fama como una secuela inevitable. La fama y el poder son vecinos, pero no se confunden. Hay casos de independencia recíproca entre ellos, y hay casos de forzosa relación. El analista debe aprender a distinguirlos o a conectarlos según se lo aconsejen las circunstancias. Debe actuar, en cada caso, con prudencia. La prudencia es, como se sabe, la máxima virtud política, pero su signo es la ambivalencia.

Cuando alguien llega al umbral de la fama, adquiere cierto poder. Es famoso, pero no es necesariamente poderoso. Tiene sin duda más poder que el que tendría si fuera un completo desconocido, pero esta afirmación no permite definir de antemano cuál es su efectivo poder. ¿Mucho? ¿Poco? Saber con cuánto poder se cuenta en cada caso y con cuánto poder cuentan los rivales es parte esencial del arte político. Por eso se dice con razón que la política es tanto una ciencia como un arte, un saber no sólo teórico sino también práctico en el que la experiencia acumulada cumple un rol decisivo.

No hay victoria en la que las ganas de vencer no hayan cumplido un papel sobresaliente. Pero también ha habido derrotas en las que la ansiedad por vencer ha nublado el juicio de los contendientes. Hay que desear vencer, pero si se ansía vencer con exceso, un error suele ser la consecuencia.

¿Cuál es el papel que en materia de probabilidades cumple la fama? Un famoso, ¿está más cerca del éxito que un desconocido? Al ser famoso, reúne más condiciones para derrotar a sus rivales, pero también debe contrarrestar más tentaciones. Está más expuesto, tanto para la victoria como para la derrota.

Tomemos como un ejemplo ilustrativo el caso de Marcelo Tinelli. Ser famoso, ¿no le ha ayudado en su proyecto de hacerse un lugar en la AFA? He aquí un caso ejemplar en la lucha por el prestigio y el poder en el cual es más probable que el que triunfa en un sector también progrese en otro. De esta manera, el ganador aquí es más probable que se convierta en ganador allá, sin que cuenten tanto sus virtudes específicas para el nuevo cargo al que ahora aspira.

Cuando un hombre o una mujer de éxito se ha elevado a las alturas de la fama, ¿lo impulsa en su ambición la fuerza de lo que ya ha obtenido? ¿Cuál es la incidencia del pasado en los logros del futuro? Si alguien ha ganado varias veces, ¿lo convierte este hábito en un probable ganador, o en dueño, en cierta forma, del futuro?

Los escolásticos han subrayado en esta materia el papel de los hábitos. ¿Ganamos más veces cuando nos hemos acostumbrado a ganar que si nos hemos acostumbrado a perder? ¿Qué papel juega aquí la experiencia? Las derrotas también acaso nos enseñen. Lo que nos hace pensar en qué preferiríamos, si a un joven brillante salido de la academia o a un oficial maduro, curtido por una sucesión de victorias y derrotas. Decía Napoleón que sus oficiales llevaban en sus mochilas el premio de la victoria. Pero la cuestión central es saber quién fue al fin más efectivo, si el que ganó una batalla o el qué ganó una guerra.

Pero hoy ya no se trata tanto de evitar la muerte en guerras, sino de ganar otras guerras incruentas, las que se libran bajo el signo del deporte. Quien quisiera anotar esta evolución como otra señal del progreso de nuestro tiempo, no tendría más que anotarla.

¿Es posible comparar aquí las cruentas guerras del pasado con el deporte como incruenta guerra del presente? Antes, los hombres batallaban y morían, con gloria y honor, por sus banderas. Hoy, hombres y mujeres luchan en todo el mundo, con gloria y honor, por sus trofeos. Antes, los jóvenes morían por sus banderas y muchos de ellos quedaban tendidos dejando a su paso viudas y heridos. ¿Quién podía quedar indiferente frente a esta masacre?

Hoy, por lo pronto, las batallas de ayer son gigantescas simulaciones por televisión cuyas principales víctimas no caen en los campos de batalla, sino en el recatado silencio del orgullo herido. Las banderas y las bayonetas han sido reemplazadas por las insignias y los muertos han dejado su lugar a la euforia deportiva de las multitudes en choques donde las proezas que hay que celebrar sólo se traducen, las más de las veces, en incómodas lesiones. Después de todo, hemos progresado.

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