Gonçalo Tavares. "No creo en la literatura como simple pasatiempo"

El escritor portugués habla sobre la inspiración de sus novelas y relatos, al tiempo que reniega de un viejo lugar común: "Leer es para mí un placer -dice-, pero un placer con obstáculos"
José María Brindisi
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4 de octubre de 2015  

La impresionante cantidad de títulos que el portugués Gonçalo M. Tavares ha publicado en menos de quince años sugiere una manera de relacionarse con la escritura que dista en todo de la realidad. Tavares se ha negado, de algún modo, a crecer en público; ha convertido la típica voracidad del joven escritor, que se siente más allá de cualquier limitación, en un extenso trayecto de aprendizaje, el período en el que concibió y desarrolló en bruto gran parte de su obra, antes de sentirse listo y sí, presentarse en sociedad allá por el 2001, cuando acababa de cruzar la emblemática barrera de los treinta.

Lo que sucedió de ahí en más era difícil de imaginar, incluso de atreverse a desear: una treintena de obras dentro de los más diversos géneros, circulación en más de cuarenta países, inmensos elogios de próceres como José Saramago, Antonio Lobo Antunes, Enrique Vila-Matas.

Sin embargo, Tavares en persona no da la impresión de alguien a quien se le abren todas las puertas. No parece estar en esa sintonía, más bien. Es alguien que, lejos de hacer la representación del escritor, y aun con toda su generosa predisposición a ser entrevistado (algo bastante notable, por cierto, en el contexto de un fatigoso vuelo reciente y de la catarata de actividades que lo sumergían en ese momento en el Filba), parece dialogar más bien consigo mismo, con sus obsesiones, con todo aquello que la literatura le sigue despertando. Alguien para quien la literatura funciona como un nudo, o tal vez, una invitación a la lucha. Un campo de batalla.

El haber nacido en Angola, ¿ha marcado de algún modo su literatura?

Es difícil saber lo que a uno lo marca o influye más. Mi cultura no es angoleña, porque mis padres y mi formación son portugueses. Y tampoco tengo recuerdos conscientes, dado que sólo viví allí tres años. El tema de la guerra en Angola lo he tratado en algunos libros, como Aprender a rezar en la Era de la Técnica, pero no parte de ningún recuerdo particular. Y nunca he regresado.

¿Y por qué no ha regresado?

No sé. Es interesante, porque no tengo recuerdos racionales sobre mi estancia en Angola, pero siento que podría ser algo afectivamente fuerte. Estoy esperando el momento adecuado.

¿De qué manera ha influido en usted el oficio de su padre, que es ingeniero?

Me ha marcado mucho. Me quedó la idea de que para construir algo sólido, en un sentido vertical, tienes que abrir un pozo, algo que es paradójico. La idea de que son necesarios los cimientos. Yo acostumbro decir que mi período entre los veinte y los treinta años, en el que he escrito mucho pero no he publicado, en cierto modo lo veo como la etapa durante la cual construí esos cimientos. Para después, más tarde, tener una casa -espero- sólida.

Alguna vez señaló que le resultaba atractiva la idea de construir algo que después se vuelve independiente. ¿Pero hasta dónde llega esa independencia?

Bueno, algunas interpretaciones a veces son muy personales. Pero a mí me seduce que haya muchísimas interpretaciones del mismo libro. Que yo pueda estar en Lisboa y una persona en Buenos Aires pueda leer un libro mío, sin mi presencia, es algo muy fuerte. Que con el libro no sea necesaria tu presencia corporal para algo que pueda transformar, perturbar o provocar algún otro efecto en los demás.

Se trata de sacudir al lector, conmoverlo...

Sí. Yo no creo en eso de la literatura como simple pasatiempo. Es algo que abomino. Muchas veces las personas hablan del "placer de la lectura"; pero no es un placer como otros, pasivo. No es como un masaje, o como ver televisión cuando estás muy cansado. Leer para mí es un placer, sí: pero un placer con obstáculos. Yo leo todo el tiempo subrayando, por ejemplo.

¿Y a veces esas marcas no le resultan extrañas, no lo decepcionan?

Sin duda. Por ejemplo, un libro que me ha marcado mucho en la juventud es Cartas a Lucilio, de Séneca: muchas veces regreso a él y me resulta extraño, porque cosas que yo consideraba maravillosas ahora me dicen poco, y hay otras que no había subrayado y que ahora me parecen esenciales. La lectura se transforma en una biografía, una fotografía del momento. Si estás enamorado, lo que vas a subrayar tendrá que ver con eso; si estás sin trabajo, lo mismo.

¿Qué importancia tiene la experimentación para usted?

Yo siento que soy un conservador, en el sentido de amar a los clásicos, la forma clásica, que es lo opuesto del experimentalismo. A mí no me gusta la experimentación porque sí; me gusta la idea de que escribir es la levedad absoluta. Yo no escribo a partir de géneros literarios, sino con el alfabeto. Ése es mi material de trabajo. Cuando lo hago, la forma no me interesa. No pienso en que voy a ponerme a hacer una novela o un ensayo; sólo estoy escribiendo. Barthes hablaba de que escribir es un verbo intransitivo. Yo puedo decir "tirar"; ¿pero tirar qué? El verbo escribir, en cambio, no necesita de nada más. Para mí la creación tiene que ver con crear nuevas formas, naturalmente; pero lo veo más como lo nuevo que se afianza en lo viejo.

Y sin embargo, usted ha experimentado bastante con lo formal, aun regresando a esquemas antiguos.

Sí, en U n viaje a la India, por ejemplo. Ese libro partió de que no me gustaba pensar en la epopeya como un género obsoleto, algo que pertenecía a los antiguos y que nosotros, mucho más inteligentes, habíamos desestimado. Por lo tanto, volví a esa vieja forma, intentando introducir un tratamiento distinto. Pero es eso: ¿cómo utilizar una forma antigua y ponerla en movimiento en el siglo XXI? Muchas veces ni he pensado en la forma. Muchas veces escribo y después veo que se trata de una forma rara, una mixtura. Pero no busco esa mixtura, sale naturalmente.

¿Primero sale y después establece su propia lógica?

Sí. Hay un libro que se ha publicado aquí que se llama Agua, perro, caballo, cabeza, que forma un conjunto con otros dos: Canciones mexicanas y Animalescos. Y a éstos los llamo canciones. Para mí no son cuentos, claramente; la palabra canciones corresponde al género literario que mejor describe esos textos. Muchas veces siento que lo que he escrito necesita de una palabra para definirse. Tengo otros libros que llamo investigaciones. Y hay libros como El barrio, que no sé qué son, y eso me agrada. Pero por otro lado, es lo opuesto del experimentalismo: a mí no me gustan los trucos en la escritura, los malabarismos. Mis frases son tranquilas, no retuercen la sintaxis; y eso sin duda es muy conservador, clásico.

Dada la rigurosidad estructural de algunos de sus libros, ¿cómo toma cuerpo lo conceptual, cómo surge ese "todo" que parece tan organizado, tan consciente?

Hay dos momentos muy distintos en mi escritura. Un primer momento en el que escribo, en general, de modo alucinado. Pero después lo que hago es olvidar eso que llamo "materia bruta". Dejo los textos tres, cuatro, a veces incluso ocho años, y vuelvo a ese material. Entonces, muchas veces, de una forma consciente, lúcida, cambio cosas, altero la estructura, corrijo.

¿Cuál es en general el punto de partida de sus libros?

Es algo que varía mucho. En Aprender a rezar, por ejemplo, tenía una imagen: alguien rezando, al lado de una máquina enorme. Y el sonido de la oración compitiendo con el sonido de la máquina en funcionamiento. En Los señores es distinto: empecé pensando en un personaje que tiene un carácter lúdico, que tiene características que de algún modo provienen de una forma perfectamente privada, pero que yo relaciono con la obra de un escritor, no con la biografía. En Una niña está perdida en su siglo en busca de su padre tenía la idea de una chica perdida, con síndrome de Down, a la que un hombre podía tomar de la mano y guiar. No sabía más nada. Para mí, escribir es investigar, descubrir algo. Yo tengo una hipótesis y voy a escribir intentando desarrollar esa imagen inicial.

Usted ha dicho que la literatura era "uno de los pocos dioses de la lentitud". ¿Qué le interesa particularmente de la lentitud y a qué otras experiencias se traslada?

El viaje, por ejemplo. Ir a una ciudad y conocer los puntos más importantes, como tachando ítems en una lista, no es mi tipo de viaje. Si yo encuentro una plaza o una calle como Florida, a veces encuentro mi centro. Entonces, si estoy diez días en Buenos Aires, yo estaría diez días recorriendo Florida a pie, observando a las personas. Muchas veces no tiene que ver con la velocidad sino con la atención. Si tu mirada se prolonga sobre las cosas, sobre la misma cosa, va a descubrir aspectos muy distintos. Claro que también me gusta la mirada fragmentaria. Son dos miradas diferentes. Pero la lentitud, la repetición permiten la profundidad.

Y esa misma lentitud nos lleva de nuevo a la literatura, al ejercicio de la lectura.

El lenguaje de la literatura cambia de acuerdo a la velocidad con que leamos. Si ves un noticiero, es como leer una mancha. Pero con un libro, cada palabra tiene su peso. Muchas veces, cuando leo, me gusta detenerme, volver atrás, leer dos o tres veces la misma frase. Las frases de un libro no son secuencias de una marcha. Y eso tiene que ver también con la concentración de la frase: cuando las frases son intensas, el lector tiene que disminuir la velocidad. Es un estímulo que tiene que ser digerido.

A propósito de Una niña..., su último libro: ¿coincide con la vieja idea de que la búsqueda del padre es el conflicto central de la literatura?

En ese libro es un padre muy concreto; a mí no me gustan nada los símbolos. Pero quizá yo pensaría más en la familia: cuando uno nace, los padres son las personas que no nos dejan morir. Y eso es una carga enorme, para ambas partes. La familia es una concentración de todo. Para los chinos está muy claro que la ciudad es una prolongación de la familia. Aquello de que si una familia no está armonizada, el Estado tampoco puede estarlo. La familia es determinante. A veces gente de ochenta años dice, cuando se le pregunta qué fue lo que marcó su vida: "El divorcio de mis padres". Algo que sucedió cincuenta años atrás. Lo que sucede en la familia tiene una intensidad extrema. Por supuesto, tenemos que tener cuidado de no irnos a los extremos freudianos.

Usted ha recibido inmensos elogios de grandes escritores, como José Saramago. ¿Hasta dónde esos elogios se convirtieron en un peso?

Han sido muy generosos conmigo y lo tomo con la proximidad afectiva del agradecimiento. Pero también con mucha serenidad. Por otro lado, los siguientes libros yo ya los tenía escritos. Eso fue instintivo: no publicar antes de los treinta años, cuando tuviera cierta madurez para lidiar con todo lo que ocurre en esos momentos .

¿Cómo construiría su familia literaria?

Es difícil, porque me interesan cosas muy distintas. Es como gustar de Montescos y Capuletos. Recuerdo que hace unos años, cuando estuve en Italia, el libro de moda era Italo Calvino o Pier Paolo Pasolini; es decir, fantasía versus realidad. Es absurdo. A mí me gustaría escribir un libro que se llamara Pasolini y Calvino. Mis gustos son siempre "y".

¿Se ha hablado mucho de la sordidez de algunos de sus libros, como Jerusalén o Aprender a rezar? ¿Usted coincide con esa apreciación?

Es que ésos eran libros sobre el funcionamiento del mal. El mal como una máquina; yo intentaba ver las roldanas, el funcionamiento de esa máquina. Es una parte de mi literatura, que se contrapone a la otra, más lúdica. Y tiene que ver con una búsqueda para mí fundamental, que es trabajar con lo que no se ve, lo que no está en la superficie. En el comportamiento humano, lo que está en la superficie es lo más claro, lo más simpático. Pero también están los pequeños gestos perversos, malignos, que pertenecen a la parte oscura. La literatura intenta iluminar esa parte oscura. No sé si eso es sordidez. Sucede que lo que está escondido pone siempre en problemas al lector.

Biografía

Gonçalo Tavares nació en Luanda, la capital de Angola, en 1970. Es autor de una treintena de libros de narrativa, teatro y poesía. Entre ellos se cuentan Historias falsas, El barrio, Jerusalén, Biblioteca y Agua, perro, caballo, cabeza. Ha recibido numerosos premios en su país. También se dedica a la enseñanza universitaria.

Por qué lo entrevistamos

Porque es uno de los autores europeos recientes que han logrado dar forma a una obra amplia y plena de matices.

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