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La ropa no se negocia

Las nuevas generaciones impusieron el look casual para ir a trabajar, pero hay empresas que hoy quieren volver a la formalidad: ¿cuál es el punto de equilibrio?
Laura Reina
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3 de octubre de 2015  

La abogada Eliana Kielmanovich elige un look bien casual para ir a una audiencia en Tribunales
La abogada Eliana Kielmanovich elige un look bien casual para ir a una audiencia en Tribunales Crédito: Paula Salischiker

Cuando Eliana Kielmanovich empezó a ejercer de abogada, pensó que iba a tener que resignar su estilo. Amante de la ropa y cultora de la moda, le decían que debía rendirse al uniforme tradicional: pantalón negro y camisa blanca. "Pero por suerte ya no es así. Con el tiempo esas cosas se fueron flexibilizando. Me gusta mucho la moda, así que intento elegir prendas cancheras. Estar muy clásica me aburre. Un casual glam, pero no tan casual. Me animo mucho al jean, siempre con unos buenos tacos", describe.

Que el código de vestimenta laboral cambió en los últimos diez años no es novedad. Silenciosamente, las empresas fueron poblándose de remeras, camisas abiertas, pantalones de colores, jeans y zapatillas. La última trinchera de la vestimenta tradicional tal vez sea el Poder Judicial, donde todavía la corbata resiste los embates de la tendencia informal, aunque claro, a juzgar por Eliana, los vientos de cambio también están llegando a esos ámbitos. Ocurre que la ropa es la última frontera que los empleados sub 40 no están dispuestos a negociar. Vestirse como uno "es" en la vida cotidiana es casi un derecho. Lo que hace 25 años comenzó como un permiso de los viernes (el importado casual friday) terminó imponiéndose toda la semana. Y el cambio de los valores simbólicos, tanto sociales como tecnológicos, tuvo mucho que ver con la evolución de los códigos de vestimenta: la creatividad, la innovación y la personalidad comenzaron a considerarse más relevantes que una imagen asociada a la seriedad, la adultez, el aseo y la prolijidad. "Autenticidad" sería la palabra clave de hoy.

El punto es que a esta altura, la informalidad corre los mismos riesgos que la extrema formalidad; es decir, convertirse en una suerte de "cliché de la imagen". Los argumentos utilizados por las nuevas generaciones para criticar la formalidad (la falsedad personal detrás de un traje) podrían aplicarse ahora al estilo casual: ¿acaso usar una remera o un jean vuelve más creativa a una persona?

En algunas empresas de los Estados Unidos, la informalidad alcanzó niveles tan extremos que las compañías iniciaron un proceso de "adecuación positiva" sugiriendo marcas o looks informales más sociales y menos "disruptivos". Y aquí, en la Argentina, varias compañías empezaron a manifestar su preocupación por cómo van vestidos sus empleados. Clara Doblas, directora de una consultora que asesora a empresas en etiqueta e imagen, dice: "Percibo preocupación de los gerentes y una posición intransigente de los jóvenes en cuanto a no querer resignar su libertad a la hora de vestirse para el trabajo. El problema es que las empresas quieren retener estos perfiles, los necesitan".

Por su parte, Andrea Saltzman, directora de la carrera de Diseño de Indumentaria y Textil FADU-UBA, sostiene que en la actualidad, "el individuo vive una multiplicidad de situaciones y es necesario que pueda usar prendas versátiles, livianas, que se adapten a distintas contextos".

Que los cambios de conducta introducen nuevas maneras de vestir parece obvio, aunque no lo es. "Naturalizamos la manera en que nos vestimos. Debemos repensar y cambiar lo que usamos y cómo lo usamos -propone Saltzman-. Por ejemplo, ya nadie plancha, entonces habrá que repensar las prendas que necesitan planchado. Y en las casas no hay grandes espacios de guardado, lo que hace difícil tener ropa para distintas ocasiones. También somos más nómades, estamos en constante movimiento. Está la gente que va a trabajar en bicicleta y que necesita prendas que puedan adaptarse a esa situación. Esto no quiere decir que no podamos estar lindos, pero estar cómodos también es importante."

Martín Salías trabaja como consultor de Kleer para grandes empresas. Ayuda a las compañías a implementar metodologías ágiles para lograr mejores resultados. Lo hace para altos ejecutivos en jeans, remera y subido a sus Converse negras. "Para mí es antinatural aparentar algo que no sos. Si yo me pusiera una corbata para ir a ver a un cliente no creo que el resultado fuera bueno -dice-. Hace 20 años lo hice, y siempre estaba incómodo al vestirme de una manera que no coincidía conmigo. Todos los que trabajamos acá nos vestimos como queremos. Nuestro límite es solamente evitar lo que a alguien pueda resultarle de mal gusto u ofensivo. Como en todo, la clave es saber que compartís una serie de principios y otras cosas en que las personas deberían ser libres."

El vestirse como uno es en la vida es uno de los valores que pregonan los que no se resignan a cajonear la remera de lunes a viernes. "Mis límites entre vida laboral y vida personal no existen. Soy una misma persona y eso se traduce en que mi ropa no es muy diferente dependiendo de adónde voy. Ser uno mismo en todo momento es algo que te facilita la vida a todo nivel y en esto está incluida la ropa que me pongo", reflexiona Ricardo Colusso, también consultor en Kleer.

Mariela Mociulsky, directora de la consultora Trendsity, confirma esta tendencia de no renuncia: "Las nuevas generaciones no están dispuestas a resignar confort en cuanto a valores, incluida la estética. Hoy lo espontáneo, lo auténtico, es un valor. La moda es expresiva. Tener la posibilidad de expresar su identidad a partir de lo que se ponen es importante para ellos, pero también una presión y responsabilidad".

Claro que además de presiones, el libre albedrío también genera tensiones. Porque las nuevas generaciones conviven con otras que los preceden y que no comparten la imagen que los primeros buscan proyectar. "En las empresas convergen distintas generaciones que se traducen en distintas estéticas. Y su posición respecto de lo que usan expresa diferentes valoraciones de lo que quieren reflejar: algunos obediencia, otros rebeldía. Los que están acostumbrados a seguir el camino que la empresa impone van a querer reflejar eso con una vestimenta más formal. Los que quieren salirse del molde van a optar por lo contrario", dice Mociulsky.

El problema se acentúa porque estos jóvenes ocupan cargos de responsabilidad a edades cada vez más tempranas. "Las nuevas generaciones son promovidas a puestos de decisión muy rápidamente -confirma Pablo Liotti, gerente de marketing y comunicación de la consultora Adecco Argentina, que realizó un estudio sobre la indumentaria laboral-. Y es una generación que tiene la particularidad de buscar entrar a una empresa que le dé beneficios. Entonces, para evitar que se vayan, una de las herramientas de retención que encontraron las empresas es ser también flexibles con la indumentaria. La exigencia de la buena presencia se va a mantener siempre, el tema es que el concepto fue y sigue mutando."

Quejas en las redes

Varias empresas están empezando a pagar un alto costo por cómo se visten sus empleados. En los Estados Unidos, por ejemplo, muchas firmas de tecnología, entre ellas HP, empezaron a difundir comunicados con recomendaciones sobre cómo vestirse en la oficina. Y las quejas no tardaron en llegar y propagarse por las redes sociales. Para la mayoría de los programadores, especialmente aquellos que están en Silicon Valley y rinden tributo a Steve Jobs, las remeras y zapatillas son su único "uniforme". Y mientras muchos se aferran a la creencia de que a que a nadie le importa cómo visten mientras hagan bien su tarea, los que están por encima suyo se preocupan por lo que puedan pensar los clientes. ¿Conclusión? En varias empresas se prohibieron las remeras sin cuello, los pantalones decolorados o rotos, los shorts, las gorras de béisbol u otro tipo de elementos deportivos. Por su parte, las mujeres deben olvidarse de las polleras por arriba de las rodillas, los pantalones decolorados o degradados, vestidos muy entallados, las sandalias, los zapatos con taco muy alto y reducir los accesorios. Por supuesto, hordas de programadores expresaron en las redes que harán caso omiso a este código. "Absurdo", "estúpido" y "ridículo" fueron los adjetivos más suaves que los jóvenes talentos utilizaron para defender su punto de vista.

Según Clara Doblas, el casual day se instaló en los Estados Unidos a principios de los 90. "Estaba la crisis financiera y a Wall Street le venía bien flexibilizar un poco el look para captar esta gente joven y talentosa que ya había adoptado un estilo más informal para ir a trabajar. En el nuevo milenio se instaló el business casual, que es la extensión del casual day a toda la semana. Pero no es lo mismo que vestirse para ir al club: es un look más cuidado. En 2010 apareció una palabra nueva: el smart casual, que es un upgrade del anterior, y se usa para cuando tenés una reunión con un cliente importante o para puestos más altos. Pero la realidad es que en ciertos sectores lo que impera es el poor casual", sostiene Doblas, y especifica: "Los hombres suelen estar desprolijos y las mujeres tienen necesidad de mostrar de más, de seducir. Pero la máxima empresarial que se aplica tanto a hombres como a mujeres es que cuanta más piel se muestra, menos poder se tiene. El no tener un código claro hizo que todo se desmadre". Doblas piensa también que además de la desprolijidad, vestirse demasiado casual termina siendo incluso más caro: "Demanda una combinación de más prendas que son muy costosas -dice-. Muchos creen que el hecho de haberlas pagado carísimas los habilita para ir a trabajar con ellas, cuando no es necesariamente así."

A tono con la moda... de pedalear

Un ejemplo claro de los códigos en la vestimenta, producto de los cambios socioculturales, es el creciente uso de la bicicleta para ir a trabajar, que implica diseñar un outfit para ese ciclista urbano que tiene que llegar a la oficina y atender clientes o celebrar reuniones sin resignar su comodidad. Así, cuando empezó a usar la bicicleta como medio de transporte principal en su vida diaria, el diseñador Luciano Livszyc se dio cuenta de que no contaba ni con la ropa ni con los accesorios adecuados para ir a trabajar en dos ruedas. Fue ahí que surgió Dínamo, su marca de bolsos, morrales y ropa urbana para ese ciclista que necesita estar presentable.

Con impronta retro, lo primero que diseñó fueron bolsos y morrales que se enganchan en la bici a través de correas o ganchos que se ocultan. Y hace un año lanzó su línea de indumentaria, con pantalones de gabardina elastizada, reforzados en la parte de apoyo y cintura más alta para evitar quedar al descubierto. También tiene un bolsillo para el celular y tiras refractarias para hacerse visible de noche que pueden guardarse de día. "Son prendas que acompañan el movimiento. Si vas a trabajar en bici necesitás ropa especializada, pero no deportiva", detalla Luciano.

Cuando Bruno Rodríguez Maraude empezó a usar la bicicleta para ir a trabajar a su estudio de arquitecto, tuvo que modificar su forma de vestir. Cambió el maletín por una mochila, algo que no le convencía "porque no quedaba del todo bien", optó por abrigos que no fueran muy largos y pantalones más estrechos en los tobillos. "Tengo la posibilidad de vestirme como quiero, pero siempre cuidé mi estética y no quería que la bici interfiriera con mi imagen." Bruno investigó si había algo cómodo que a su vez pudiera usar para el trabajo y dio con unos bolsos especialmente diseñados para eso. "Me hice fanático, no sólo porque me permiten mantener una imagen cuidada, sino por su funcionalidad." Además de los distintos tamaños y colores que intercala según su agenda (reunión con clientes en el estudio o visita a obras) incorporó los pantalones elastizados. "Hoy me siento prolijo y cómodo", asegura uno de los socios del Estudio Maraude.

El código casual también hace que no haya mucha distinción entre lo que se usa para el trabajo y para el fin de semana. Agustina Branz trabaja en la industria de la moda y asegura que sus looks para ir a la oficina no difieren mucho respecto de los del sábado. "Me gusta usar ropa cómoda, pero que tenga toques de moda, que se vea joven y canchera, sin exagerar. Quizás el fin de semana me permito una pollera más corta o un top que cubra menos, pero en general es el mismo estilo para todos los días." Ahora que puede, ella valora vestirse como quiere: "Trabajé varios años en lugares donde tenía que ir muy formal y cuando me tocó ir ?como quiera' fue un cambio valioso. Vestirme con lo que cada día tengo ganas es un plus. Si no sería como usar un disfraz".

Tal vez el último reducto donde el traje y la corbata perviven sea el judicial. Allí, más que en ningún otro ámbito, no basta con ser serio, también hay que parecerlo. Aun así hay quienes afirman que también en este terreno se respiran aires de cambio. Lo confirma el abogado Uriel Zsarfsztejn, que trabaja en un reconocido estudio jurídico. "En los más modernos, como éste, ya se implementó el uso del casual friday y de vestimenta elegante sport durante el verano, cosa impensada hasta hace algunos años", cuenta. Pero reconoce que igualmente se siente a gusto con el traje y la corbata, "la principal ventaja es que me toma poco tiempo pensar qué voy a usar". ¿Si fantasea alguna vez con ir vestido en jeans y zapatillas? "No estaría mal..., aunque ése podría ser mi último día de trabajo."

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