Dos siglos de basura: qué descartaban los porteños y cuál era la ruta de los residuos

Cordero, vizcacha y pavo eran las comidas preferidas en la ciudad; en 1860, sólo en el centro, un empleado municipal retiraba casa por casa los desperdicios
Laura Rocha
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3 de octubre de 2015  

Ulises Camino, arqueólogo urbano, analiza objetos descartados en el ex corralón Vélez Sarsfield, en Floresta
Ulises Camino, arqueólogo urbano, analiza objetos descartados en el ex corralón Vélez Sarsfield, en Floresta Crédito: Marcelo Gómez

El cordero, la vizcacha y el pavo eran algunos de los platos más saboreados en el siglo XIX en la ciudad de Buenos Aires. Servidos en loza inglesa y acompañados por aguas carbonatadas y cervezas que llegaban desde Alemania.

La basura cuenta mucho de las sociedades: qué se consumía, cómo se disponían los residuos y cuál era su relación con el ambiente. A pesar de los procesos para hacer desaparecer los desechos, la basura cuenta historias. "El 70% de la arqueología urbana son restos que fueron tirados intencionalmente. Son esos restos los que analizamos para ir reconstruyendo las sociedades del pasado", explica a LA NACION Ulises Camino, del Centro de Arqueología Urbana de la UBA-Conicet.

Huesos de cordero
Huesos de cordero Crédito: Marcelo Gómez

"A fines del siglo XIX, entre los huesos rescatados había un porcentaje mucho más alto de cordero de lo que hay en la actualidad. Es lógico: la provincia de Buenos Aires tenía 60 millones de cabeza de ganado ovino", explica el experto mientras acomoda restos que se hallaron en lo que fue el corralón Vélez Sarsfield, en Gaona y Segurola, en Floresta.

Allí, en estos sitios se guardaban los caballos y carros con los que se recogía la basura en la ciudad. Luego se la llevaba a los incineradores. "En 1911 la basura se depositaba en los incineradores centrales. Uno, en Zavaleta e Iriarte, era el más grande, conocido como "la Quema", en Barracas. En 1920, en el de Flores, y en 1930, en el de Chacarita. En un momento pensó en hacerse usinas eléctricas, pero el problema es que la basura de Buenos Aires siempre tenía mucha humedad", dice Camino mientras muestra la colección más importante de herraduras de caballos y percherones. Conserva 250 de diferentes tamaños.

Herraduras de caballo
Herraduras de caballo Crédito: Marcelo Gómez

Previo a ese momento, la disposición de la basura era algo más individual. "Entre fines del siglo XVII y mediados del siglo XVIII existía un sistema de recolección restringido a la zona céntrica, donde un empleado municipal entraba cada mañana en los zaguanes de las viviendas para retirar desechos depositados en recipientes de hojalata", cuenta María Semmartin, que dirigió la publicación de la Facultad de Agronomía Los Residuos Sólidos Urbanos, "Doscientos años de historia porteña".

La basura se depositaba en los huecos, unos espacios de los tiempos hispánicos habilitados por el Cabildo. "Muchos de esos huecos hoy son plazas, como Lavalle y Vicente López", cuenta la investigadora.

"Las heces de caballos son ahora de perros, los cirujas mutaron en cartoneros, pero el problema es, esencialmente, el mismo", agrega Semmartin.

Si bien la generación de basura se ha multiplicado conforme creció la población, lo que se descartaba per cápita no varió tanto: las primeras evaluaciones dan cuenta de que en 1890 cada persona generaba 1,1 kg de residuos, mientras que en la actualidad ese número oscila entre 1,2 y 1,5 kg por habitante, según datos relevados en el informe.

Trozo de vidrio
Trozo de vidrio Crédito: Marcelo Gómez

"La diferencia ahí está en la composición de la basura. A fines del siglo XIX, unas tres cuartas partes eran restos vegetales y animales, cenizas y polvo de barrido de las casas. El resto lo componían vidrios, telas y cascotes. Hoy, el plástico y los papeles y cartones de los envases son más livianos, pero representan una parte mucho más importante de los residuos", dice la investigadora.

Camino, que recupera los restos de residuos, coincide. "El vidrio, la loza y los desechos orgánicos son más pesados. Es interesante ver que en esa época se consumían más animales producto de la caza, como la vizcacha y la liebre. También gansos y pavos. Era mucho más frecuente que la gente los comprara", explica.

Buena parte de la arqueología urbana en la ciudad debe sus hallazgos a la basura. En una memoria municipal de 1922, Camino halló un dato: "Parte de las cenizas, escorias y restos calcinados producidos eran descargados en el predio; los restantes eran transportados a terrenos bajos de la ciudad y a terrenos particulares donde sus dueños lo solicitaran, a cambio de una paga mínima".

"Es que la ceniza que se generaba en las quemas muchas veces era usada como relleno. En este corralón [por Vélez Sarsfield], por ejemplo, que está elevado 5 metros, se utilizó ese material. Por eso fue que nos llamaron cuando comenzaron con la obra de la escuela para la excavación arqueológica. Siempre quedan restos porque el fuego no destruye todo. Y ahí es donde intervenimos nosotros", agrega Camino. Y explica que el terraplén se levantó allí para evitar que el arroyo Maldonado acabara con las caballerizas.

Este proceso culminó en la década del 70, cuando se terminaron las quemas y también las recolecciones domiciliarias y colectivas. Se eligió el relleno sanitario como método de disposición final de la basura. En 2015 los últimos rellenos que siguen abiertos en la provincia de Buenos Aires están casi al límite. Lo insólito: todavía no se resolvió cuál será el sistema para procesar los desperdicios del distrito en un futuro no tan lejano.

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