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Unas duras y frías vacaciones en las alturas

Hacia el Nevado de Cachi
Hacia el Nevado de Cachi
Ya sabemos que nuestra entrenadora no es amiga del ocio. Para tomarse un descanso de su actividad, decidió subir el Nevado de Cachi. Frío, charlas en altura y la confirmación de que el esfuerzo vale la pena.
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6 de octubre de 2015  • 22:03

Por Carolina Rossi *

Dos veces al año me tomo vacaciones de corredora. Elijo momentos que estén lejos de mis competencias importantes, o bien después de una de ellas, como merecido descanso físico y mental. Pero las vacaciones del deportista no deberían ser sinónimo de ocio totalmente pasivo. Recomiendan, los que saben, hacer actividades diferentes a las habituales pero seguir en movimiento. Por ejemplo: si uno es corredor, podría andar en bici, nadar, hacer trekking o practicar algún deporte en equipo, con sumo cuidado. Escudada en esta máxima de elegir una actividad distinta para mi recreo de no correr, elegí la montaña. Mi otro amor. Mi primer amor, a decir verdad: crecí en la montaña de chica y sigo creciendo en ella de grande.

Suena contradictorio que para descansar haya elegido subir una montaña y confieso que en varios momentos tuve el fuerte deseo de que esas pequeñas vacaciones terminaran para volver a casa y correr. Si comparaba el esfuerzo de esos días, mi rutina porteña parecía puro relax.

Hacía rato que quería ir al Nevado de Cachi, el techo del norte argentino. Allí está mi lugar en el mundo: Cachi, el pueblito a 2.400 metros sobre el nivel del mar al que llaman "El paraíso atleta". Cada vez que puedo me escapo unos días a esa granja de rehabilitación en las alturas. Los atletas más "pro" van para sumar glóbulos rojos y aumentar su rendimiento deportivo, yo voy porque me hace bien.

El cordón montañoso del Nevado de Cachi está situado en los Valles Calchaquíes y cuenta con nueve cumbres, todas por encima de los 5.000 metros. La principal y mayor, el "Cachi", también llamada "Libertador", se eleva 6.380 metros sobre el nivel del mar. La invitación de un amigo y gran guía y escalador, Lito Sánchez, fue más que tentadora. "¿Vamos a subir el Nevado?", me preguntó un día por Facebook, y yo no lo dudé un segundo y acepté. Gran sorpresa fue saber que también vendría otro amigo: Heber Orona, con quien habíamos estado en el Aconcagua y también en el Kilimanjaro, en 2010. Estos dos personajes son algo así como parte del Dream Team del montañismo argentino. Heber fue el primero en subir el Everest sin oxígeno y en hacer las siete cumbres más altas de cada continente, y Lito, el primero en plantar bandera en el monte Dhaulagiri del Himalaya, en 1990, después de que muchísimas expediciones de nuestro país fracasaran en sus intentos durante cuarenta años. Además, ostenta el récord de ascensos a nuestro gigante de América: subió el Aconcagua más de sesenta veces. Recorrió y conquistó cumbres en casi todo el mundo, pero cuando le preguntás acerca de un sueño por cumplir, te dice: "Quisiera subir todos los cerros del norte argentino".

Pese a haber estado en montañas de mayor altura, este ascenso me causó sumo respeto desde el vamos. Jamás había hecho "un invernal" (así se conoce en la jerga del montañista hacer estas locuras), y la idea de estar a 6.000 metros en julio intimida a cualquiera. Si me animé fue porque sabía que con ellos dos todo estaría bien. O que al menos las propabilidades de que algo malo pasara serían bajísimas. Me equipé como se debe: bolsa de dormir de pluma para menos treinta grados, ropa impermeable y respirable, antiparras de nieve, crampones, cuatro pares de guantes de distintos tipos, botas plásticas. Y la lista podría seguir muchas líneas más. No me faltaba nada. De todas maneras, pasamos mucho frío. Creo que por momentos la temperatura llegó a menos veinte. Yo la pasé realmente mal por las noches. Todo se congelaba, y por eso, desde el segundo día de campamento entendí que lo que quisiésemos preservar de noche debía meterse con nosotros en la bolsa de dormir: el agua, las pilas, la cámara. Fueron cinco noches que parecían no terminar nunca. De no poder dormir del frío. Yo no soy miedosa, pero una madrugada me acobardé: habíamos estado hablando de la tragedia de los Andes y yo recordaba la escena de la avalancha. Nosotros estábamos a casi 5.000 metros de altura durmiendo en una carpa en plena montaña. Afuera nevaba y el viento soplaba fuerte. Por momentos, las ráfagas me hacían pensar lo peor. Un poco no dormía porque no podía, pero otro poco porque no quería, porque tenía miedo de no despertarme más. Después llegaba el día y volvía a nacer. Con nosotros también estaba Magalí Rico, alumna de Lito de la escuela de guías de montaña de Mendoza, mi compañera de carpa y algo así como la tercera guía de esa expedición. Una chica dura de verdad. Yo era la más improvisada y citadina de todos, la que más tenía para aprender. Magalí es porteña, pero un día se enamoró de Mendoza y decidió irse a vivir allá. No dudó en alejarse de toda su familia y amigos con tal de estar cerca de la montaña y poder llevar esa vida que siempre quiso tener. Me enseñó muchas cosas en los días que compartimos, y no dejaba de sorprenderme lo radiante que estaba en el medio de la nada, después de tantos días sin bañarse, con la misma ropa, sin un peine ni un espejo. Cada mañana nos despertábamos y pasábamos a la carpa de Lito y Heber, que se encargaban de calentar el agua y esperarnos para desayunar todos juntos.

Las horas de carpa fueron muchas. De hecho, un día casi no salimos porque el mal clima no nos dejaba avanzar. Horas de mate y de charlas infinitas, pero charlas de verdad, cara a cara, sin teclado, sin desviar nunca la atención a cualquier artefacto tecnológico. Necesitaba mucho todo eso y creo que fue lo que más disfruté de la experiencia. La desconexión absoluta. Mejor dicho, conexión. Conexión con los demás, con uno mismo, y con el entorno. Mi cuerpo no descansó nada, es más, volví rota. Pero descansé como nunca la cabeza, descansé de todos los aparatitos electrónicos de la vida moderna que me dominan.

En total estuvimos seis días y cinco noches, y caminamos entre tres y ocho horas diarias con mochilas de más de veinte kilos en la espalda. Y la altura se hacía sentir. Partimos cerca de un pueblito llamado Las Pailas a 3.300 metros sobre el nivel del mar y de ahí empezamos a caminar y a subir. No hay caminos bien marcados, o al menos no los hay por la ruta que nosotros hicimos: se camina por donde se puede. Gran parte del trayecto era todo piedra, sin sendero, y yo no me podía relajar nunca, tenía que estar atenta a no tropezarme a cada paso que daba. No hubo un solo día que no me doliera la cabeza y la espalda se me partía por el peso de la mochila. Porque si bien entreno mucho, no estoy acostumbrada a caminar tan cargada. El cuarto día nos tocaba el asalto a la cumbre. Desde nuestro último campamento a 5.100 metros, partimos a eso de las tres de la mañana en plena noche, con la luz de nuestras linternas y la luna. Magalí tenía las piernas muy cansadas y decidió quedarse para no perjudicar al resto. Luego entendí que yo debí haber hecho lo mismo. Si bien mis piernas habían respondido mejor de lo que esperaba, el cansancio general acumulado y el dolor de espalda y de cabeza estaban siempre ahí. Me la pasé a calmantes, tomaba tres o cuatro antiinflamatorios por día. A las cuatro horas de subir, decidimos volver. El viento estaba imposible y yo no podía continuar a un ritmo razonable. Solo habíamos ascendido algo de trescientos metros; no tenía sentido seguir. Tengo la sensación de que el Nevado de Cachi en invierno a mí me quedó muy grande. La montaña me dijo hasta acá llegaste, y dimos la vuelta los tres. Regresamos sin cumbre pero con la experiencia de seis días en la montaña curtiéndonos y disfrutando también. De esto último mis compañeros más que yo, debo confesar. Seis días con la misma ropa, sin celular ni internet, sin bañarse pero con paisajes hermosos y amigos de charlas interminables. Seis días escuchando historias de personas que admiro como a pocas. Si eso es fracasar, si de eso no puedo decir que fue una expedición exitosa, ¿qué digo? Probablemente, lo vuelva a intentar en otro momento, no sé cuándo, pero creo que me voy a tomar un descanso largo. Por ahora voy a seguir corriendo sin recreos. Que me cansa menos que las vacaciones.

* Carolina Rossi es deportista desde siempre. Corredora y entrenadora, capitana del Running Team FILA de Palermo, lleva una vida inquieta: corre, nada, sube montañas y viaja sin parar. Hizo cumbre en el Aconcagua y el Kilimanjaro, cruzó los Andes corriendo y participó en carreras de diversos tipos, incluidas maratones, ultramaratones y triatlones. Ahora, sueña con un IronMan. www.carolinarossi.com.ar

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