Un ritual de violencia

Gabriel Isod
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10 de octubre de 2015  

La crueldad de los animales / Libro: Juan Ignacio Fernández / Intérpretes: Héctor Bordoni, Ana María Castel, Fernando Contigiani Garcia, Gaby Ferrero, Esteban Kukuriczka, Sabrina Marcantonio, Ivan Moschner, Denisse Vander Ploegg, Nacho Vavassori, Sebastian Villacorta / Música: Patricia Casares / Vestuario: Magda Banach / Escenografía e iluminacón: Alberto Albelda / Dirección: Guillermo Cacace / Teatro: Cervantes, Libertad 815 / Funciones: viernes y sábado, a las 19; domingos, a las 18:30 / Duración: 75 minutos.

Nuestra Opinión: Muy Buena

Toda relación entre un texto dramático y su puesta en escena implica una serie compleja de elecciones. Si se enfatiza la palabra escrita, el director intentará hacerse menos visible para dejar que su obra se asemeje lo más posible a lo que las acotaciones y los diálogos determinan. Por el contrario, hay ocasiones en las que el director decide mostrar abiertamente las operaciones que hace. Allí, la enunciación de la puesta pasa al primer plano y, por momentos, tapa la textualidad. Esto último es lo que ocurre en La crueldad de los animales, obra escrita por Juan Ignacio Fernández y dirigida por Guillermo Cacace.

La pieza ganó el concurso Argentores-Teatro Nacional Cervantes. Fernández busca rearmar las contradicciones que estallaron en el 2001 a partir del clima de degradación moral que impera en tres generaciones de una familia pudiente. Se muestra la endogamia (que recuerda a las películas de Lucrecia Martel), la imposibilidad de mostrarse distinto, los arreglos políticos y la crueldad fundante que denuncia el título. Una lectura ingenua de este material podría resultar simplista, un mero armado de una división entre víctimas y victimarios.

En este marco, empieza a tallar el director. Cacace utiliza aquí recursos que ya venía moldeando desde hacía tiempo y que explotaron en Mi hijo sólo camina un poco más lento, el suceso de la escena independiente de 2015. La propuesta del director pasa por explicitar sus procedimientos. Por un lado, genera dos personajes que hacen de apuntadores y que explican a público el contexto de cada situación al tiempo que soportan buena parte de la carga dramática. Las luces se acomodan en escena, se muestra una bella arbitrariedad en el vestuario, hay un césped artificial que marca una línea de escape al realismo que parece pedir el texto, en fin, múltiples fugas que van armando sistema. Quizás en la capacidad de producir códigos en los que el espectador se sumerge sin necesitar explicaciones es en lo que mejor se nota el trabajo del director. Así, esta puesta vacía al texto de lo más obvio de su contenido y utiliza a tres generaciones de actores como un vehículo de una enorme fuerza teatral que se despliega. Incluye la denuncia que la obra envuelve, pero también la potencia y la excede, la vuelve violencia actuante en los cuerpos que la encarnan, la vuelve teatro.

Cacace está dando un salto hacia adelante en cada obra que dirige. Entre sus mayores virtudes esté el haber visto la fuerza del grupo, aprovechar sus diferencias y hacerlas norma por sobre lucimientos individuales. Aquí, si bien hay excelentes interpretaciones (Moschner, Vavassori, Bordoni), es el conjunto el que termina por desbordarlas y por imponerse. Fuera de la intención política del texto de La crueldad de los animales, la forma teatral elegida puede ser una mejor manera para volver a preguntarse por las condiciones que llevaron a 2001.

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