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Bajo el estrés de una ruptura inevitable

Francisco Olivera
Francisco Olivera LA NACION
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10 de octubre de 2015  

Fuente: LA NACION

Raro que haya pasado justo con Scioli: algunos empresarios salieron el miércoles del hotel Alvear, adonde habían ido a escuchar al candidato con que siempre han tenido la mayor sintonía, más dubitativos que hace un mes y medio, cuando lo vieron en el mismo lugar. Suponían que el gobernador bonaerense iría peronizando su discurso en la medida en que se adentrara en tiempo electoral por una razón elemental: necesita el voto independiente. Pero el Frente para la Victoria es un universo de sorpresas, y los hombres de negocios lo ven ahora al revés, sobreactuando kirchnerismo. La historia de Scioli es para ellos, hasta el momento, una emancipación trunca.

De todos modos, si es por el fervor con que lo recibieron en el Alvear, habría que entender que la mayor parte de los empresarios confía todavía en ese despegue. Así lo creen, por ejemplo, los pocos que lo vieron llegar tarde, para el café, a un almuerzo que se hizo hace una semana en el restaurante El Bistró, del hotel Faena. "Denme una oportunidad", pidió en inglés ante unos 40 ejecutivos, la mayoría de ellos extranjeros. Había sido un viernes de cruda sinceridad y escasa estética kirchnerista. Mario Blejer, uno de sus asesores, acababa de decir en el panel anterior, que compartió con el macrista Federico Sturzenegger, la misma frase con que exasperó esta semana en Lima a Axel Kicillof: "Llegamos tarde a la fiesta de tasas bajas".

Contra lo que ocurre últimamente aquí, en el seminario, organizado por Greenmantle, una consultora con sede en Cambridge que administra un fondo con inversiones por 500 millones de dólares en economía real argentina, nadie reprimió temas ortodoxos. ¿Quién habrá sido el provocador que ideó para acceder al Wi-Fi la contraseña "libertad"? ¿Cómo habría juzgado el ministro de Economía la presencia de oradores como Dominique Strauss-Kahn, ex director gerente del FMI, que precedió a Scioli? Hasta Mauricio Macri, que expuso el sábado por la mañana antes de que los inscriptos fueran a almorzar al restaurant El Obrero, en La Boca, los hizo reír al ver que dos extranjeros del público, uno de ellos chileno, exhibían en sus acreditaciones una coincidencia sugestiva en sus nombres: "Kirchner" y "Axel". "Me los trajeron ustedes", bromeó.

El tema de conversación volvieron a ser las elecciones. Una ansiedad que Pierpaolo Barbieri, director ejecutivo de Greenmantle, académico graduado en Harvard con posgrado en Filosofía en Cambridge, intentó apaciguar con encuestas de Management & Fit. La agenda incluyó el viernes una exposición de Sergio Massa durante un asado en El Mirasol de Puerto Madero y la presencia estelar de asistentes como Marcelo Mindlin y los funcionarios sciolistas Silvina Batakis y Jorge Telerman. Terminó el sábado por la noche con una comida en el Teatro Colón y Horacio Rodríguez Larreta de orador.

El kirchnerismo detesta esos vínculos y ahonda el estrés que el candidato del Frente para la Victoria arrastra desde las primarias. Un estado que, dicen sus colaboradores, intentó paliar con aquel frustrado viaje a Italia en plena inundación. Se explica así su esfuerzo por mostrarse kirchnerista, exceso que en su entorno llaman táctica electoral: antes que obtener el voto independiente, la prioridad es conservar los propios. Es el argumento que daba Alberto Pérez, jefe de Gabinete bonaerense, para su enojo después de aquella foto que Gustavo Marangoni, presidente del Banco Provincia, se sacó en un asado en Las Lomas de San Isidro, en la casa del textil José Ignacio de Mendiguren, con referentes del macrismo como Laura Alonso y Patricia Bullrich.

Tanta ambivalencia no tensiona sólo a Scioli, sino también al kirchnerismo que sueña con volver. Ellos nunca confiaron en él. Los adoctrinó hace tiempo el fundador, Néstor Kirchner, con una broma que profería, sin aclarar si era elogio o insulto, y que recuerdan al menos dos de los ministros de entonces: "Si hay cinco hijos de puta en el mundo, uno de ellos es Scioli".

Esa militancia ha advertido también por dónde viene la jugada bonaerense: mientras el candidato obedece, los encargados de calmar al establishment serán los gobernadores. En una semana, Juan Manuel Urtubey, el salteño que habló en Estados Unidos de la necesidad de un acuerdo con los holdouts, soportó críticas de Aníbal Fernández y Hebe de Bonafini. Urtubey es ejemplo elocuente de que los tironeos se adelantaron a octubre. ¿Qué otra razón que no fuera la desconfianza explicaría que Kicillof se niegue desde hace meses a recibirlo en su despacho?

El gobernador no sólo tuvo que admitirlo ante productores agropecuarios durante los últimos cortes de ruta sino que, hace un mes, soportó el sarcasmo de Juan Carlos Romero, antiguo rival, que le envió a Kicillof una carta pidiéndole que recibiera al jefe administrativo de la provincia. "Tengo el agrado de dirigirme usted con el objeto de solicitar la audiencia peticionada por el gobernador de la provincia de Salta, Dr. Juan Manuel Urtubey, para tratar con Ud. las medidas a tomar con el fin de frenar la crisis que afecta al sector agropecuario", dice Romero en un texto fechado el 8 del mes pasado, donde agrega: "La situación crítica en que se encuentra el campo en toda la región NOA y NEA, y en especial en mi provincia, requiere de la participación de todos aquellos que nos encontramos comprometidos con el bienestar de las economías regionales. Descontando su intervención en el tema que nos ocupa, quedo a su disposición y saludo al señor ministro con distinguida consideración".

La excepción a la incertidumbre del mundo de los negocios parece estar una vez más en los holdouts, desde donde, según interpretan operadores de fondos de inversión norteamericanos, se entusiasman con las encuestas: un triunfo de Scioli en octubre, razonan, garantizaría una negociación favorable. Si, como promete, y a diferencia de Macri, se inclina más por el gradualismo que por el shock, es probable que requiera antes un acuerdo para suplir los desequilibrios con nuevo endeudamiento, agregan. Que el elegido por Cristina Kirchner para la sucesión sea en realidad el candidato de los fondos buitre es otra paradoja que deberá digerir Kicillof.

Scioli pretende saldar el dilema a lo Scioli: acotar daños en el mediano plazo. Esa búsqueda de un divorcio racional tendrá sin duda un primer escollo, Cristina Kirchner, una dirigente que suele vapulear a sus víctimas sin medir consecuencias. Los viejos plantones a Jorge Bergoglio dan cuenta de ese instinto ayuno de todo cálculo; después la realidad obligó a correr detrás del Pontífice por el mundo.

Es lógico que desde ambos lados del Frente para la Victoria imaginen una ruptura inevitable. Y que el primer afectado será una forma de gobernar que -siempre desde el atril, rara vez en los hechos- se esmera en despreciar a las corporaciones.

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