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El gran festejo de Olavarría

La ciudad continuó con el derroche de alegría por la obtención, por primera vez, de la Liga Nacional, tras la victoria ante Atenas; el sentimiento del equipo y de los hinchas, que siempre vibraron con el deporte.
Miguel Romano
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27 de mayo de 2000  

OLAVARRÍA.- La de ayer fue una madrugada distinta para esta ciudad. La habitual pulcritud de sus calles había quedado escondida por los papeles, los envases vacíos y alguna que otra vincha negra y blanca despedazada en los multitudinarios festejos de la noche anterior. En el restaurante Catalinas, lugar elegido para la cena del nuevo campeón de la Liga Nacional, todavía sonaba la banda contratada y se escuchaba el loco grito de "dale campeón... dale campeón..." En tanto que por la ruta, bajo los primeros destellos del día más esperado, caminaban solitarios, casi como vagabundos, pero felices y satisfechos, dos de los héroes de Estudiantes, el equipo que horas antes había destronado a Atenas con un contundente 80 a 71, en el séptimo y último partido de la atrapante final.

Era hora de cumplir las promesas y allí iban el capitán y flamante dueño de su cuarto título, Gustavo Fernández, junto al mayor recuperador de balones, el que hizo desesperar a Pichi Campana con su marca, Daniel Farabello. Iban rumbo a la Virgen de La Loma, muy arraigada en las creencias de esta ciudad, cuya imagen se encuentra a casi tres kilómetros del centro.

"Además me tengo que teñir el pelo y todavía no sé qué color elegir... Todos tenemos promesas que cumplir, hicimos muchas", contaba Fernández mientras recordaba la cena de la noche anterior: "Lo del Colo me sorprendió, no lo podía creer", decía respecto de su compañero Rubén Wolkowyski, que apareció en el restaurante totalmente rapado y vestido como para ir a la guerra, con ropa de combate camuflada.

Atrás había quedado el partido, durísimo, emocionante, que hizo vibrar a las 7500 personas que poblaron el estadio del Parque Guerrero. Un choque digno de una gran final en el que el local recuperó una desventaja de 5 puntos (64 a 59) en los últimos 4 minutos y logró definirlo pocos segundos antes del epílogo, en una arremetida memorable, a puro coraje. Toda la adrenalina consumida, toda la tensión acumulada, explotaron en lágrimas, gritos y bailes, dentro y fuera del campo de juego.

"Ganarle así a Atenas, en un final cerrado donde ellos mejor juegan, tiene un mérito enorme. Estudiantes demostró hambre y personalidad, y nada menos que frente al mejor equipo de la historia del basquetbol argentino", explicaba con orgullo el técnico Sergio Hernández.

"Este título tiene un sabor especial por habérselo quitado a Atenas y porque pudimos cumplir con esta gente que nos apoyó tanto y que no nos hizo sentir la presión de ganar como sea. Creo que la mayor virtud estuvo en la buena gente que integró el plantel, eso nos permitió pasar momentos de conflictos y de deudas. En lo táctico, la clave fue no haberlo dejado pensar a Atenas. Lo presionamos siempre, nunca le dimos tiempo para armar su juego", agregó el Lobito Fernández.

Sin dudas, este plantel, como muchas veces sucede, se hizo fuerte gracias a las broncas nunca digeridas. "Para mí fue una revancha por lo que pasé en Boca. Cómo debe estar Orlando Salvestrini (director del departamento de basquetbol del club xeneize), se debe querer cortar las venas porque nos echó a varios de los que hoy somos campeones con Estudiantes, dijo el base, en referencia a él, los hermanos Farabello y Wolkowyski.

Por eso el propio Wolkowyski dijo: "Se lo dedico a todos los que me criticaron, que no creían en mí y me decían pecho frío. Este fue el día más largo de mi vida pero te aseguro que esta fiesta es más linda que la que había soñado. Me sentí muy seguro, creo que la llegada de mi hijo me hizo madurar".

"Ojalá los dirigentes sepan mantener este grupo y que no se crean que un título cambia todo... Hay que hacer como Atenas, trabajar con inteligencia y armar un gran equipo de a poco", concluyó el Lobito.

Y ésa es justamente la otra imagen que queda. La del perdedor. La de Atenas. Y alcanza un hecho para pintarla. Anteanoche, cuando cerca de 700 personas cantaban contra los cordobeses en la puerta del hotel donde se había concentrado el plantel visitante, apareció Pichi Campana. Tenía ganas de irse a cenar, pero ningún vehículo podía llegar hasta allí, la calle principal estaba cortada por los festejos. Vio que estaba solo y decidió encarar a la multitud. Se abrió paso entre insultos. Atrás, el único que se animó a imitarlo fue Marcelo Milanesio, que también tomó fuerzas y se atrevió, apenas unos metros detrás de su compañero. El público se enardeció y levantó más alto sus banderas y sus voces. Sin embargo, pocos segundos después, la mayoría empezó a aplaudirlos, incluso algunos decidieron acompañarlos unas cuadras hasta el restaurante. Una escolta mejor que la policial (ausente, claro).

Ese es el respeto bien ganado. Y ésa es la gente de Olavarría, que en el mejor momento de su vida deportiva supo distinguir la grandeza del rival. La valentía y autoridad de dos estrellas. Y mantuvo la corrección, como en el estadio durante cada uno de los cuatro partidos.

Y aunque después siguió la fiesta en cada rincón de la ciudad, con bailes y promesas cumplidas, lo más importante fue que la Liga cerró de la mejor manera su temporada y con un campeón distinto, nuevito, que quiere subir al pesdestal de su vencido, con respeto y también imitándolo. Un broche ideal.

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