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Nicolás García Uriburu: "A los franceses les gustó mi forma de pintar, con mucho color. En ese momento, durante el Mayo Francés, París era todo gris"

Celina Chatruc
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12 de octubre de 2015  

Crédito: Patrick Ecclesine / FOX

"Es un plagio que he hecho", dice, riendo. Se refiere al color de sus ojos, del mismo verde que usa en la mayoría de sus obras para representar la naturaleza. El mismo verde que eligió para teñir las aguas del Gran Canal de Venecia, en 1968. El mismo verde del humo que, ya en el siglo XXI, llamaba la atención desde las terrazas del Congreso de la Nación, a las que este artista había llegado de incógnito con activistas de Greenpeace para denunciar un envío de desechos tóxicos a la Argentina desde Australia.

Con hablar pausado y amable, semanas antes de cumplir 78 años, Nicolás García Uriburu mantiene ese espíritu indomable. Aunque ya cosechó con abundancia lo sembrado -lo acompañan su hija Azul y sus nietos, en una bellísima casa de La Horqueta-, sostiene un papel en el que anotó dos temas que lo desvelan: un proyecto para construir represas en el río Santa Cruz, que según él podrían afectar el Glaciar Perito Moreno, y el desmonte masivo que se está realizando en las provincias del Norte como consecuencia del avance de los monocultivos. "En este país nadie piensa en las consecuencias", comenta preocupado. En segundo plano quedan su reciente participación en la Bienal de Taipei y las muestras que le dedicará la galería Henrique Faria en los próximos meses.

-¿Tu obra ayudó a crear conciencia ecológica?

-Creo que sí, mucho. La ecología comenzó a volverse una moda desde el año 92, cuando se realizó la cumbre mundial Eco 92, en Río de Janeiro. Fue bastante incómodo porque me decían, por ejemplo: "Vení, hicimos una playa ecológica, con muebles hechos con pedazos de palmera". Pensaban que tocar un tronco prohibido era ecológico, pero era lo contrario. Yo hice mis obras antes de que la ecología se volviera moda y falsa moda. Como las coloraciones que realicé en Venecia en 1968, el año que marcó un antes y un después.

-Contame sobre ese año. El día que inauguraste una muestra en París comenzó el Mayo Francés. ¿Cómo fue esa noche?

Bastante increíble. La inauguración fue enorme, había como mil personas. Yo estaba exponiendo en la galería Iris Clert, una de las más famosas de entonces. A los franceses les gustó mi forma de pintar, con mucho color. En ese momento, durante el Mayo Francés, París no tenía color, era todo gris.

-Ya estabas en tu etapa bien pop.

-Totalmente pop. Reemplacé los colectivos por las María Antonietas, que eran de colores muy fuertes. Y eso llamó la atención. Iris Clert siempre consultaba videntes para ver qué día inauguraba. Le dijeron: "Ese día va a ser único". Y ella dijo: "No puede ser que este mocoso -porque yo no tenía ni treinta años- vaya a parar el mundo". Y era mayo del 68. Al día siguiente cerramos, porque había gases lacrimógenos. Fue muy impresionante.

-O sea que la muestra duró un día.

-Duró un día. Pero no importó. La frase más linda fue "La imaginación al poder", que me encantó.

-Después de tanto tiempo, ¿la imaginación está más cerca del poder?

-Por lo menos nos despertó.

-¿Pero ganó terreno con los años?

-Ahora hay una especie de retroceso. No sé qué astro se ha puesto en contra, o si se le corrió el eje a la Tierra... Todo anda como puede. Fue linda esa frase en su momento y fue una época única. Los años 60, los 70. Pero después, no sé. Ahora hay una perturbación, nadie sabe lo que quiere. Están dando tumbos.

-¿El arte puede ayudar en esa confusión?

-No sé.

-Te definís como comunicador. ¿Por qué te gusta definirte así? ¿Por qué te interesa llegar a un público no especializado?

-Siempre me sentí un comunicador. Decir cosas que no tienen que ver con la pintura, pero a la vez tienen que ver. Lo del Norte, lo del Sur, los ríos. Es comunicar. Me parece más interesante ir a los lugares porque llegás a mucha más gente. No soy el artista típico, encerrado en su taller, en su problemática. Es una cosa más universal, más fuerte.

-¿Tenés pensado volver a impulsar alguna medida de protesta o ya no te dan ganas?

-Creo que en Occidente ya hice bastante. Más de treinta coloraciones. En la Bienal de Taipei me invitaron a colorear las aguas de los ríos, pero los chinos lo prohibieron, y yo con los chinos no me meto.

-Otra cosa que te interesa son las culturas indígenas, a las que se dedica tu fundación. Es interesante, porque en la cosmovisión mapuche, por ejemplo, el hombre está integrado con la tierra: todo es uno. Es un poco lo que aparece en tu obra, también.

-Nos hemos dedicado a editar libros sobre eso, pero no podemos hacer más. Yo abría la puerta todo el tiempo para la gente que quería venir a ver la colección de arte argentino. Viene gente de todo el mundo. Pero fui víctima de mi propio invento, porque llegó un momento en que no trabajaba más. Me consume mucho tiempo.

-Me estabas contando sobre tu experiencia en París. ¿Cómo fue tu relación con Joseph Beuys, con Pierre Restany, con Andy Warhol?

-Tenés la suerte de conocer a toda esa gente si viajás. Siempre le aconsejé a la gente joven que conociera el mundo. Es como salir del patio de tu casa. Es muy distinto salir a la calle, ver que hay una ciudad. Conocer gente de otras culturas vale la pena. Restany escribió ese libro tan lindo sobre mí, Utopía del Sur. Él venía todo el tiempo a la Argentina porque fue jurado del premio Di Tella. Ahí lo conocí por primera vez. Después la relación continuó cuando me fui a París con Blanca [Isabel Álvarez de Toledo]. Fui por una beca de un año y me quedé quince. Me fue tan bien que no me quería mover.

-Habías ganado el premio Braque, que cubría un año de estadía.

-Vivía muy ajustado. La plata me alcanzaba hasta el veinte de cada mes. Fuimos en barco, en tercera clase, porque salía mucho más barato. Llevamos un Citroën 2CV con los cuadros atados, con un plástico en el techo, con el que cruzamos España hasta París. Cada tanto tenía que chupar la nafta con un tubito, porque se trababa. Cuando sos joven todo te divierte.

-¿Dónde vivían?

-Iba a ir a un hotel que se llama San Miguel, en la parte izquierda de la ciudad. Me instalo ahí y me dicen: "Tenés derecho a la Ciudad de las Artes". Se estrenaba con nosotros. Era bárbara, porque queda frente a la Île Saint-Louis, y desde la ventana veía el Sena. Ahí vivían Serge Gainsbourg, Jane Birkin.

-Al modo del Chelsea Hotel en Nueva York.

-Sí, pero moderno. Veíamos gente de toda índole y muy entretenida. Y artistas increíbles que me gustaban.

-¿Se instalaron en París esos quince años o viajaron por Europa?

-Nos quedamos ahí. Lo único que hacíamos era ir a los lugares donde veraneaban los artistas, cuando empezamos a ganar dinero. Ya vivía de mi obra, y Blanca era la modelo preferida de Pierre Cardin. Ella también reunía en el Espacio Pierre Cardin a celebridades de América del Sur. Llevó a Miguel Ángel Asturias, que era premio Nobel, a Pablo Neruda, que era embajador de Chile. Después hicimos una escapada de seis meses a Nueva York. Era el peor momento, muy inseguro. Y la droga.

-¿Ahí conociste a Warhol?

-A Warhol lo conocí en París, porque él expuso en un museo. Pero más importante fue conocer a Beuys. Yo iba a colorear las aguas del Rin en Alemania. Me recibió una amiga con Beuys, que quería participar en mi proyecto. Increíble. Beuys era un rey allá. Es como si Picasso te dijese: "Pintemos un cuadro juntos". Le dije: "Por supuesto que sí". Lo conocí muchísimo, volví varias veces. También hicimos lo de los árboles, la plantación de siete mil robles.

-Te invitó a plantar el primero, ¿no?

-Sí. Me pidió que lo contactara con Borges, porque quería invitarlo. Cuando murió estuve presente en la plantación de uno o dos árboles en la plaza Alemania, algo simbólico organizado por la embajada.

-Hablando de símbolos, ¿por qué elegiste representar el ombú en tus pinturas?

-Porque la pampa tiene el ombú. Siempre me encantó. Está en la Argentina, un poco en Uruguay, y he visto algunos en San Pablo. Fue muy impresionante cómo prendió en la gente. Es una cosa rara porque he hecho miles de otras cosas.

-Tus pinturas de mapas fueron muy exitosas también.

-Sí, por suerte hay otros best sellers.

-¿Cómo te imaginás que sería el mundo si predominara el Sur sobre el Norte, como en las mapas que pintás?

-Para mí el Norte es el trabajo... Time is Money. Y el Sur es Fun. Uno es hacer plata, un mundo más duro, y el otro es pasarla bien, divertirse. Eso lo sentía hace un tiempo; hoy no sé qué está pasando.

-Hoy no la pasamos tan bien en el Sur...

-Todo va rapidísimo, y de repente lo que yo pensaba durante mucho tiempo, ya no es así. El Sur hoy es una calamidad. Están pasando cosas muy graves y muy malas. La inseguridad, los narcos.

-Si tuvieras que hacer hoy un mapa ideal, ¿cómo lo harías?

-No metería nada del Norte, el Norte me aburre. No tengo ganas de estar ahí, a pesar de los beneficios que podría llegar a tener. Hay un mapa que es parte del acervo del Museo Nacional de Bellas Artes, donde se ve el Sur enorme y el Norte chiquito, al lado, como si fuera la isla de Cuba. Se acerca bastante a eso.

-Pudiste vivir en cualquier lugar del mundo y, sin embargo, viniste acá.

-Elegí el Sur porque trabajaba desde París con el Sur. Y digo: "Para qué vivir en el Norte si estoy trabajando con el Sur. Me voy al Sur". Mi hija Azul pudo haber nacido en Nueva York, pero me dio miedo que naciera en el Norte. Entonces vinimos a la Argentina, en el 70. Ya estaba separado. En ese momento me gustaba mucho buscar objetos precolombinos. Ahora está prohibidísimo. Cada diez minutos cambia todo, y el Sur se ha vuelto medio pesadito también.

-O sea que tampoco hay que idealizar el Sur.

-Ya no soy ejemplo de nada, porque no soy positivo sobre esto. Tengo muchas dudas sobre lo que está pasando y lo que va a pasar.

-¿Qué es lo que más te preocupa hoy?

-El narcotráfico, porque ahora somos un país narco. Es grave. Se está moviendo todo demasiado rápido.

-Y eso nos tiene desorientados.

-Totalmente. No sabemos adónde vamos a parar. Da vértigo. El tema elegido por Nicolas Bourriaud para la Bienal de Taipei fue, justamente, "La gran aceleración". O sea, cómo estamos acelerando todo.

Bio

Profesión: artista plástico

Edad: 77 años

Pionero del Land Art, en 1968, en la Bienal de Venecia, tiñó de verde las aguas del Gran Canal para denunciar la degradación ecológica producida por el hombre. Hizo intervenciones similares en otros países, y colaboraciones con Joseph Beuys. Realizó pinturas sobre animales en extinción y mapas de América en los que invirtió la relación Norte-Sur. Tuvo una hija, Azul, de su unión con Blanca Isabel Álvarez de Toledo

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