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Cuando los padres se transforman en monstruos

Silvina Ajmat
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14 de octubre de 2015  

Mariano Chiesa y Natalia Cociuffo, en dos trabajos que los consagran
Mariano Chiesa y Natalia Cociuffo, en dos trabajos que los consagran Crédito: Prensa

Los monstruos / Libro: Emiliano Dionisi / Letras y música: Martín Rodríguez / Elenco: Natalia Cociuffo y Mariano Chiesa / Vestuario: Marisol Castañeda / Escenografía: Compañía Criolla / Iluminación: Claudio del Blanco / Producción ejecutiva: Sebastián Escurra / Dirección musical: Martín Rodríguez / Dirección general: Emiliano Dionisi / Sala: El Picadero, Enrique Santos Discépolo 1857 / Funciones: miércoles, a las 20.30 / Duración: 100 minutos / Nuestra opinión: buena

Que haya un actor creando ficción y un público mirando para que sea teatro. Que cuando en esa ficción el texto y la acción física no alcancen para expresar un sentido, llegue la música. En la convención consciente (para el intérprete tanto como para el público) que es el teatro todo parece posible. Y en la búsqueda de su identidad, el teatro musical argentino no deja de sorprender con apuestas originales y provocadoras. Algo de lo que Los Monstruos, de Emiliano Dionisi y Martín Rodríguez, da sobrada muestra en la puesta que sube a escena en El Picadero todos los miércoles.

En su ópera prima dentro de lo que es el teatro musical, nacida a partir del Programa intensivo de creación dramatúrgica y composición impulsado por la Bienal de Arte Joven, Dionisi creó una pieza alejada de todos los códigos -no hay obertura ni coreografías ni cuadros a la manera tradicional, pero que no deja de encuadrarse en este género. Es la historia de dos padres que en un principio no se conocen entre sí, y sus respectivos hijos con problemas de adaptación en el colegio.

Son varias las convenciones que el espectador tendrá que aceptar para entrar en el juego que propone Los Monstruos. En primer lugar, son dos personajes que interactúan con un otro o unos otros que no vemos (como en un trabajo anterior de Dionisi como actor, Iván y los perros, en el que él era el único personaje en escena). Largos monólogos que, por momentos, pierden poesía en manos de la explicación y la literalidad, pero que logran instalar al espectador en una escena claramente definida, con una miríada de imágenes que van de lo cotidiano -una tarde en un pelotero a lo más dramático -una situación de abuso sexual. Sus relatos generan momentos de tensión dramática de enorme intensidad, apelando a la palabra y su potencia creadora.

La segunda convención que se instala es que los mismos actores que encarnan a los padres se transforman en algunas escenas en sus hijos. Lo que parece un truco fácil de pensar y difícil de realizar sin caer en la representación absoluta se resuelve con sutileza gracias a la ductilidad de dos intérpretes de la talla de Mariano Chiesa y Natalia Cociuffo. Apenas un cambio de postura y colocación vocal para convertirse en dos niños cuya dolorosa infancia impacta directo en los corazones.

La tercera convención tiene que ver con una decisión a priori arbitraria de la dirección de mantener a los dos actores constantemente en escena, en un cuadrilátero cuyos límites no se pueden traspasar, decisión que por lo menos genera preguntas sobre la necesidad de ese condicionamiento a la acción y si algo de la dinámica, a veces fuera de ritmo, no tiene que ver justamente con estas condiciones.

El material propuesto por la dupla Dionisi-Rodríguez -un texto poderoso y unas canciones preciosas, con melodías muy modernas y provocadoras, además de pegadizas llega a manos de dos actores como Chiesa y Cociuffo para hacerlos explorar en lo más profundo de su sensibilidad. Sus composiciones son contenidas cuando es necesario, sutiles y alteradas cuando lo exige la historia, estalladas, viscerales y lacerantes para dejar muchos corazones latiendo fuerte y algunas lágrimas en el público. Porque hace mucho que el mundo adulto descubrió que lo humano y lo monstruoso no son cualidades antagónicas. Pero mirar las zonas oscuras que nos habitan no siempre es fácil. Hasta que el teatro aparece ahí, para revelarlo.

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