Guillermo Cacace, el portador del fuego

Moira Soto
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17 de octubre de 2015  

Nada más entrar en la sala Luisa Vehil del Cervantes, actores y actrices van recibiendo al público con amable cercanía. Casi todos llevan un tapado de piel forrado de rojo sobre ropas estivales, un toque vintage. La obra se llama La crueldad de los animales, la firma Juan Ignacio Fernández y la dirige Guillermo Cacace. El título trae un contrasentido, puesto que la crueldad premeditada y alevosa es propia de los humanos. Quedará a cargo de los espectadores, cuya participación activa es imprescindible, hacer su propia lectura luego de pasar por la fuerte experiencia física y emocional que brinda una escritura escénica que multiplica la potencialidad del texto.

Aunque son varias las puestas memorables de Cacace, este año el talentoso director y docente ha tenido un éxito fulminante que arrancó con Mi hijo sólo camina un poco más lento, de Ivo Martinic. Espectáculo que, gracias a su inusual calidad y a una inteligente difusión, se convirtió en polo de atracción del off, y ya viajó al exterior, sin abandonar sus funciones en la entrañable sala Apacheta, donde permanece pese a las ofertas de otros espacios.

Luego de girar por el interior, La crueldad? se estrenó en Buenos Aires en septiembre y se está representando a sala llena, lo que alienta la esperanza de que sea repuesta en 2016. Si Mi hijo? opera como una suerte de acto de sanación que remonta a los orígenes del teatro, en su nueva creación escénica, Guillermo Cacace, acaso inspirándose en Artaud, produce un hecho artístico radical que despierta y agita, con una condensación extrema de elementos. A la vez, prosigue redefiniendo la frontera entre la platea y los actores, quienes liberan generosamente una energía que el público se lleva puesta.

Por: Moira Soto

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