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Las particularidades de Temperley, el equipo más culto del torneo

Crédito: Fernando Massobrio
Un viaje íntimo al corazón de un plantel tapizado en cultura: Grbec es músico; Bojanich, kinesiólogo; Di Lorenzo, gran lector; Bogino, dibujante, y Sosa representa el futuro
Ariel Ruya
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17 de octubre de 2015  • 23:33

"Dibujo mucho mejor de lo que juego al fútbol. Es la realidad. Y mi futuro será la pintura", asume Ignacio Bogino, defensor de 29 años. "No puedo pasar un día sin leer. El fútbol es mi pasión, mi trabajo, pero la literatura me transformó la vida", relata Leonardo Di Lorenzo, volante, de 34. "La kinesiología es la manera en la que voy a seguir ligado al deporte", expresa Gastón Bojanich, zaguero, de 30. "Marcar un gol es lo más maravilloso del mundo, pero la adrenalina que siento cuando lidero una banda de rock no se compara con nada", descubre Javier Grebc, delantero, de 29. "Integrar un plantel así es espectacular. Me da pilas para terminar la escuela secundaria", dice Franco Sosa, de 16 recién cumplidos, el instrumento más pequeño de todos los planteles de Primera. Temperley es un equipo distinto. Juega con la cabeza. No sólo se afirma en la categoría estelar: está tapizado de otra madera. Piensa, debate, estudia, se involucra con el futuro, más allá del balón. Conducido por un sabio, Ricardo Rezza, de 67 años, el entrenador más experimentado de nuestro medio.

Es una reunión a cielo abierto en el estadio Alfredo Beranger. El césped, la platea, los arcos, los rincones: todo huele a pico y pala. El laburo tiene recompensa: Temperley es de Primera. Y mientras suda la gota gorda contra los poderosos, el carruaje es llevado por un grupo de intrépidos con la cabeza llena de preguntas. Y de respuestas. Bojanich es kinesiólogo, Bogino es un artista, Di Lorenzo divulga la literatura y la filosofía, Sosa representa el futuro y Grebc es un músico (casi) ingeniero, disfrazado de goleador. "Desde los seis años empecé a estudiar música en un conservatorio, en Hurlingham. Me recibí de profesor de teoría y solfeo, pero nunca ejercí. Estudié durante ocho años. Y mi especialidad es la guitarra", se presenta el rockero del gol, que recuerda el cosquilleo de la adolescencia.

"Tuve que elegir entre el fútbol, el colegio y la música. Y me quedé con la pelota, porque estaba en las inferiores de Boca, primero y Argentinos, después. En mi adolescencia formé bandas, mi viejo me hacía escuchar Pink Floyd y los Beatles...

"La banda que formé era buenísima. Se llamaba Huéspedes de Shirma (un homenaje a su abuela Irma, dueña del hogar de los ensayos). Era una banda de rock tranqui. Con influencias de los Redondos, Soda Stéreo y la Mississippi. Fuimos a festivales, como el Parque Cervecero en Quilmes o Alcatraz en Caballito. Había como 1500 espectadores cada noche, era un flash", se tira de cabeza en su propia historia. Seguido de cerca por el seleccionado de Eslovenia ("sé inglés y aprendí bastante de esloveno"), también estudió canto, armónica y charango. La banda quedó en pausa. Aún recuerda los dos hits, "Te sueño" y "Así fue".

-¿Qué te da más placer, un gol o un buen acorde?

-Convertir un gol. Pero estar al frente de una banda es una sensación que me eriza la piel, no se puede comparar con otras cosas.

-Temperley es diferente. Un ejemplo, de algún modo.

-A mí me gusta. A veces, se dan charlas y debates profundos. Es esencial tener una actividad secundaria, porque la carrera del futbolista se acaba muy rápido. Cuando colgás los botines, hay que tener otras herramientas. Para ser reconocido, el músico tiene que laburar toda la vida. Tengo tiempo. Como seguir estudiando ingeniería electromecánica, que dejé en el tercer año. Me gustaría terminar la carrera que empecé en la Universidad de Morón. La matrícula sigue vigente.

-¿Un punto en común entre la música, el fútbol y la ingeniería?

-Yo (risas). Son distintas pasiones. También me gustan los fierros, mi viejo tuvo camiones?

Sobre los pantalones cortos, Gastón Bojanich lleva el traje de la kinesiología. "En mi familia no hay médicos, sí un futbolista: mi viejo jugó en Atlanta, pero no llegó a Primera. Elegí la kinesiología para seguir ligado al fútbol en el día de mañana. Es una especialidad que está relacionada con el deporte. Ahora estoy trabajando por una pasantía en un consultorio en Devoto, Salud Física, dos o tres días a la semana. Lo hago paga ganar experiencia", rubrica su historial.

-¿Y el fútbol en dónde queda?

-Es un placer. Jugar, entrenar, estar al aire libre, estar con los compañeros, es lo más lindo que hay, sobre todo porque además, me pagan? Lo peor es la exposición y el exitismo: cuando se pierde algún partido, todos te putean. La kinesiología es muy noble. El primer desafío es mantener a Temperley en Primera. Hay que elegir algo que guste y, después, tener la fuerza de voluntad y la decisión de llevarlo a cabo.

Franco Sosa escucha. Tiene 16 años y se siente un privilegiado. "Es un plantel de Primera. Es difícil subir, pero mucho más difícil es mantenerse. Es una emoción saber que jugadores que debutaron a mi edad hoy están en Europa, como Agüero, pero también es un desafío, porque hay que tratar de no desviarse", cuenta el chiquilín, que se presenta en sociedad ("soy delantero, me gusta jugar por afuera, no soy el típico 9 de área; el año pasado marqué 15 goles") y se sorprende por el tapiz del plantel celeste. "Estoy en la secundaria, voy al colegio de la AFA, me motivan mis compañeros, que hacen otras cosas, porque el fútbol es muy traicionero. ¿Y si no servís para esto? No sabés si te podés salvar con el fútbol. A mí me gusta la construcción, todos en mi familia son albañiles, yo quiero ser maestro mayor de obras", suscribe el pibe de Claypole.

Leonardo Di Lorenzo es un caso aparte. "Soy un bicho raro: la lectura me rompió la cabeza", se sorprende. En primera persona, empieza por el prólogo: "Me gusta leer, leo mucho. Cuando era chico, el fútbol ocupaba todo el tiempo en mi vida. Cuando fui a Canadá, en donde estuve seis años, me abrió la cabeza, porque el fútbol no es lo más importante en ese país. Tenía un compañero que era evangelista, que me enfermaba la cabeza. Roberto Brown, un panameño que ya no juega más. Entonces, para debatir, empecé a leer. Empecé con la "evolución", la religión?". Más tarde, se introduce en el nudo: "Leo de todo, menos literatura de fútbol. Nada de Sacheri, nada de Fontanarrosa. De Galeano sólo leí Las venas abiertas de América Latina, pero nada de lo que escribió de fútbol, por ejemplo. Me metí con la filosofía, con Nietzsche, con Spinoza, con Voltaire?., agarraba lo que podía. No me da el cuero...".

El desenlace, para Di Lorenzo, es apenas un nuevo comienzo: "Leer te cambia la vida, te abre la cabeza, te hace pensar. No paso un solo día sin leer. Cuando me voy de vacaciones, puedo pasar dos semanas sin patear una pelota, pero no puedo dejar de leer. Es como una droga. Mi señora me pregunta: ?¿Dónde vamos a poner todos estos libros?'".

-¿Y ahora, con qué estás?

-El vicepresidente del club, Alberto Lecchi (director y guionista de cine y TV), me regaló dos libros. Una novela de Cherteston, El hombre que fue jueves, y otro de Foucault, que es complicadísimo de leer, que se llama Vigilar y castigar.

Ignacio Bogino lee como aficionado y dibuja como profesional. "Empecé con la latinoamericana, con Galeano, Cortázar, Soriano, Benedetti, Sábato, Bolaño. Ahora, terminé uno muy bueno de Ferreira. Rebelión de los oficios inútiles es excelente.

-¿Leer sirve para jugar al fútbol, por ejemplo?

-Sí. Uno no se da cuenta, porque todo lo que va incorporando, de algún modo u otro, sirve para todas las cosas de la vida.

-¿Cómo nació tu pasión?

-El dibujo y la pintura van de la mano. Dibujo de chico, es una herramienta para desarrollar la creatividad. Si se suma que tenía talento y no me frustraron en el intento, todo estuvo buenísimo desde chico.

"Hago caricaturas, pero para hacer regalos a mis compañeros. Prefiero más la interpretación, la ilustración, los medios gráficos de los diarios, el diseño y la ilustración de notas? Ese es mi futuro. Cuando deje de jugar al fútbol, mi sueño es dibujar", asume.

Temperley dibuja, a su modo, acuarelas en el aire.

Por: Ariel Ruya

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