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La vida de Saldaño, que espera la pena de muerte

Sol Amaya
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28 de octubre de 2015  • 17:54

Crédito: BBC Mundo

Lidia preparaba el almuerzo mientras su hijo Víctor conversaba con sus hermanas en otra habitación. Él acababa de regresar de la Escuela Mecánica de la Armada. Sus bolsos todavía estaban junto a la puerta. Cuando la comida estuvo lista, Lidia llamó a sus hijos. Víctor no apareció. Su equipaje ya no estaba. Sin decir una palabra, a sus 17 años, acababa de comenzar un viaje que tendría como destino final el corredor de la muerte en Texas, Estados Unidos.

Víctor Hugo Saldaño, oriundo de Córdoba, hoy tiene 43 años y lleva casi 20 condenado a pena de muerte por asesinar a un hombre en 1995. Un primer juicio en su contra fue anulado por una denuncia de racismo. Luego de varios años en el llamado "corredor de la muerte", Saldaño llegó al segundo juicio con su estado de salud mental muy deteriorado. Durante las audiencias se reía, leía revistas y se masturbaba. Fue condenado otra vez a la pena capital. Hoy su caso aguarda la resolución de un habeas corpus federal, en el que se reclama que se anule la sentencia.

"Yo no digo que mi hijo sea inocente. Lo que hizo, matar a otra persona, es terrible. Pero lo que le hicieron a él en todos estos años en el corredor de la muerte es un espanto. Él ya pagó. No tienen que matarlo", dijo a LA NACION Lidia Guerrero, madre de Saldaño.

El largo camino a Texas

Cuando Víctor huyó de su casa en la ciudad de Córdoba, fue hasta Villa María, en donde un tío podría ofrecerle trabajo. Como no lo encontró, pidió a un camionero en una estación de servicio que lo llevara a dónde fuera. Terminó en Salta, trabajando en un taller.

Logró juntar un poco de dinero y continuó su viaje a Brasil. La elección de ese país no fue al azar: fue en busca de su padre, que se había ido de casa cuando Víctor tenía 3 años. "Está conmigo, quedate tranquila", fue lo que Lidia le escuchó decir a su ex marido. Eran las primeras noticias que tenía de Víctor desde su huida.

Pero no hubo tranquilidad para ella. Al poco tiempo Víctor escribió desde el Mato Grosso. "Me hice amigo de unos artesanos y estoy viajando con ellos", decía la carta que le envió a su familia, junto con unas pulseritas para sus hermanas. En el sobre no había dirección de procedencia.

"Me fui a hablar con la Policía Federal para pedir que lo trajeran de vuelta, pero me dijeron que no podían. Volví a casa llorando", relató Lidia.

Allí comenzó el verdadero sufrimiento para la madre de Víctor, con el destino de su hijo rodeado de incertidumbres. Esporádicamente recibía cartas desde Perú, Guayana Francesa, Venezuela. Pero en ninguna había una dirección para responder.

Recibía cartas desde Perú, Guayana Francesa, Venezuela. Pero en ninguna había una dirección para responder

"Después nos escribió desde Colombia. Dijo que se había enamorado y que vivía con la familia de su novia. Pensamos en ir a buscarlo, pero imaginamos que no iba a querer regresar. Además no teníamos plata, teníamos que endeudarnos para poder hacer el viaje", recordó Lidia.

Pero el amor no retuvo a Víctor. No pasó mucho tiempo hasta que comenzó a escribirles desde México. Y luego desde los Estados Unidos. "Nos contó que había ingresado ilegalmente. Al tiempo nos escribió desde Nueva York. Dijo que un señor cubano que lo encontró durmiendo en una plaza lo invitó a vivir con él", detalló la madre de Víctor.

Ese señor les escribió también y les mandó su número de teléfono. Lidia, por fin, pudo escuchar la voz de su hijo. "Fue todo un acontecimiento, porque en esa época casi nadie tenía teléfono. Tuvimos que llamarlo desde lo de unos vecinos", contó.

"Huguito", como le decía su madre, le dijo que no pensaba regresar hasta no juntar algo de plata. "Allá ustedes viven como indios", le recriminó. Hablaron un par de veces más, pero el último llamado no fue de Víctor, sino del cubano que lo alojó. "Huguito se fue", les avisó.

Víctor volvió a escribir desde Texas, diciendo que la vida en Nueva York era demasiado cara para él. "Nos dijo que vivía en un barrio muy peligroso, lleno de indocumentados. Que tenía miedo porque todos andaban armados y corría la droga", relató Lidia. "No pudimos contestarle porque no puso su dirección", añadió.

El comienzo de la pesadilla

Crédito: BBC

El Día de Acción de Gracias de 1995, en Dallas, Texas, Víctor y un amigo mexicano bebieron varios cajones de cerveza y se drogaron. En ese estado, secuestraron a Paul King, un comerciante. El cuerpo de King fue hallado horas después por la policía. Un testigo señaló a Saldaño. La policía encontró en su poder el arma y el reloj de la víctima.

"Víctor nos escribió para contarnos que estaba preso. Dijo que él andaba en una banda narco, que estaban escondidos en una casa y la policía los rodeó con helicópteros. Que les dispararon a todos. Nos contó una película de cowboys", recordó Lidia.

Luego recibieron una carta de un abogado que les contó la verdad. "No queríamos que nadie se enterara. Sentíamos tristeza y vergüenza. Comencé a endeudarme pagando envíos de fax y llamadas por teléfono", contó la mujer.

El caso no tardó en llegar a los medios: un ciudadano cordobés enfrentaba la posibilidad de ser condenado a muerte. "Ahí me contactaron de Cancillería, que se ponían a disposición para lo que necesitara", dijo Lidia.

Para el primer juicio, viajó a Texas. "Me metí en créditos que terminé de pagar como a los 6 o 7 años. Pero tenía que estar junto a mi hijo en ese momento", sostuvo.

Víctor Saldaño junto a su familia, cuando era pequeño
Víctor Saldaño junto a su familia, cuando era pequeño Fuente: Archivo

Dos condenas cuestionadas

En 1996, Víctor fue condenado a pena de muerte. Estos juicios tienen dos etapas. En la primera se determina la responsabilidad del acusado: Víctor fue hallado culpable del crimen. En la segunda etapa se determina si hay aspectos que sirvan para mitigar la acusación y que puedan definir si se lo condena o no a la pena capital.

En Texas, además, se debe definir la "peligrosidad futura" del imputado. Sólo se puede imponer la pena de muerte si el jurado determina en forma unánime que el imputado representa un peligro futuro. En el caso de Víctor, hacia el cierre del juicio, un psicólogo llamado Walter Quijano citado por la Fiscalía declaró que el cordobés tenía más probabilidades de volver a cometer un crimen por ser latino, ya que había más latinos presos que en libertad. Esto motivó una denuncia por racismo.

"Realmente fue gracias al Gobierno argentino que Víctor no fue ejecutado esa vez, porque fue el Gobierno que empujo la apelación por el tema del racismo, especialmente Horacio Wamba, el Consul General que asumió durante la última parte de la década de los noventa", indicó a LA NACION Jonathan Miller, profesor de Derecho Constitucional en los Ángeles y uno de los abogados que trabajó el caso de Saldaño.

Tras la apelación, la Corte Suprema nacional envió el caso de vuelta y se logró que el Estado de Texas admitiera el error. "Eso terminó finalmente en 2004 en una orden del juez federal local de realizar un nuevo juicio ", explicó Miller.

Para entonces, Víctor ya había pasado ocho años en el corredor de la muerte y su estado mental se había deteriorado. "Una de las veces que lo fui a visitar, cuando todavía estaba lúcido, fui testigo de cómo los maltrataban en ese lugar", recordó Lidia. "Estábamos hablando con los teléfonos, detrás de un vidrio y se paró. Me dijo que por los parlantes estaban anunciando que iba a ejecutar a un detenido", contó. "Muertos vivos, tienen que pararse porque estamos por matar a uno, le decían", relató Lidia.

Muertos vivos, tienen que pararse porque estamos por matar a uno, le decían
Lidia Guerrero

En las siguientes visitas, Víctor parecía no reconocerla. "Apenas hablaba, estaba como ido", sostuvo su madre.

Juan Carlos Vega, abogado cordobés de Lidia, también fue testigo del deterioro mental que sufrió Víctor antes de que volvieran a juzgarlo. "Mi impresión es que al momento del juicio Saldaño no estaba capacitado para defenderse en la corte", sostuvo el letrado.

Para evitar que Víctor sea expuesto a un nuevo proceso, la defensa intentó introducir como testigo a Orlando Peccora, un psiquiatra que podía corroborar que el corredor de la muerte había causado serios daños en la salud mental del acusado, "resultando en una disminución de su capacidad cognitiva y de su habilidad para reaccionar emocionalmente de manera apropiada".

Pero, según el juez, incorporar este testimonio podía habilitar al Estado a hacer su propio examen psicológico, y citar a su experto como testigo en el juicio sobre la peligrosidad futura de Saldaño. Finalmente Peccora no declaró.

"Yo pedí declarar como testigo de su mala condición mental, pero tampoco me dejaron", reclamó Lidia.

Durante el juicio, la conducta de Víctor fue errática y provocadora. Se reía, leía revistas, se hamacaba en la silla y hasta se masturbaba, según consta en las actas. Además, varios guardias del corredor de la muerte declararon sobre conductas similares en la cárcel. Como si esto fuera poco, se le permitió declarar al custodio que acompañó a Víctor durante un receso del juicio. El hombre dijo que Saldaño le confesó que había cometido otros asesinatos además del de King. Se trata de supuestos homicidios sobre los cuales no existía evidencia alguna.

Para el jurado no hubo dudas de la "peligrosidad futura" que representaba el cordobés. Nuevamente, Víctor fue condenado a muerte.

La última esperanza

El caso de Víctor ahora depende de la resolución que tome un juez federal sobre un habeas corpus presentado en 2009. El documento, al que accedió LA NACION, sostiene que:

  • La declinación del estado mental [de Saldaño] durante los ocho años en el corredor de la muerte hizo que sea inconstitucional tanto juzgarlo como condenarlo a pena de muerte
  • El Estado no debería beneficiarse de su mala conducta, porque ésta fue causada por los ocho años que pasó en el corredor de la muerte por un error del Estado.
  • La Corte se equivocó al permitir que se incorporen los dichos del acusado mientras estuvo en custodia. Permitió presentar testimonio de una confesión que había hecho el defendido de crímenes previos que no pudieron ser probados

"Algo que logramos entre 2010 y 2011, con mucho apoyo de la Cancillería, fue una carta del Departamento de Estado al juez federal indicando que el caso es diplomáticamente importante para los EE.UU. y que el Gobierno de los EE.UU. había indicado a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que se iba a realizar un proceso de habeas corpus federal muy completo", explicó el abogado Miller.

A su vez, el abogado Vega tuvo el pasado 7 de octubre una reunión con representantes de la CIDH en la que reclamó que se le pida al gobierno norteamericano que saque a Saldaño del corredor de la muerte.

La posibilidad de que Víctor pueda en los próximos 10 años terminar en la población carcelaria general, sin condena a muerte, es bastante buena
Jonathan Miller

Ahora, el juez federal puede decidir anular la pena de muerte en el caso de Víctor. Si esto sucede, el Estado de Texas puede automáticamente aceptar la anulación o pedir un nuevo juicio sobre la sentencia.

"En el caso de que Víctor salga del corredor de la muerte, igual seguiría preso. Recién cuando cumpla 40 años detenido podría pedir la libertad", explicó Miller. "Si consideramos que tenemos argumentos fuertes en el habeas corpus, la posibilidad de que Víctor pueda en los próximos 10 años terminar en la población carcelaria general, sin condena a muerte, es bastante buena", añadió.

"Además, la posibilidad de que la Corte Suprema de los EE.UU. cambie su formación durante los próximos años para incluir más jueces liberales dispuestos a declarar inconstitucional la pena de muerte es comparativamente buena si el próximo presidente es demócrata", detalló Miller.

"Como madre, yo espero un milagro. Ruego que mi hijo pueda volver a la Argentina, aunque lo tengan internado.", dijo Lidia. Y añadió: "Tal vez sea un deseo ambicioso, pero ese es mi sueño. Para ser pobres, hemos llegado bastante lejos".

Apoyo del Papa

Fuente: Archivo

Lidia, la madre de Saldaño, y el abogado cordobés Vega, mantuvieron el año pasado un breve encuentro con el Papa en el Vaticano. "¡Si habré rezado por ese cordobesito!", dijo Francisco en aquella reunión. Semanas después, durante su viaje a los Estados Unidos, el Papa planteó su postura contraria a la pena de muerte ante el Congreso noerteamericano. "La regla de oro también nos recuerda la posibilidad de defender la vida humana en cada etapa de su desarrollo. Esta convicción me ha llevado a apoyar desde el principio de mi papado la abolición de la pena de muerte", sostuvo entonces Francisco.

Por: Sol Amaya

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