El desorden de un sistema que estalló en 2001

Alejandro Katz
Alejandro Katz PARA LA NACION
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26 de octubre de 2015  

Quizás una de las razones por las que serán recordadas estas elecciones sea la fuerte impronta del adversativo en el razonamiento de los electores: "No me gusta el candidato A, pero lo voté para que no ganara el candidato B"; "me gusta el candidato C, pero no lo voté porque quería que no ganara el candidato D"; "no me gusta el candidato E, pero lo voté porque era el candidato de la continuidad o del cambio".

Hubo votantes convencidos de su decisión, pero lo llamativo es la cantidad de gente que hizo saber su disconformidad o su apoyo resignado. Desde la apelación al "voto útil" con que Cambiemos quiso -y consiguió- capturar el favor de quienes no estaban a priori dispuestos a acompañarlos hasta la "desgarradura" con la que Horacio González, primera pluma del oficialismo, aceptó que le provocaba su aceptación de Scioli, las últimas semanas estuvieron marcadas por el esfuerzo para seducir a los ajenos o para justificar la elección de los propios.

No es ésta una constatación inocua: expresa la desorganización política de una sociedad que desde 2001 ha visto estallado su sistema de partidos y las lógicas de la representación. En el proceso, los ideólogos del fin de las ideologías han proclamado que la izquierda y la derecha ya no existen. La política, al parecer, sólo se trataría o del poder o de "mejorarle la vida a la gente".

Como recordaba Gianfranco Pasquino: "En todas las democracias que funcionan bien hay partidos políticos que funcionan bien". No es una de las causas menores de las dificultades de nuestro país que quienes aspiran a la representación popular a través del voto sean mayormente esquivos o incapaces para organizar el campo de lo político, en los términos en que tanto el pensamiento como las prácticas concretas de las tradiciones democráticas indican como más consistentes para producir los mejores resultados para la sociedad.

Nuestra clase política debería aceptar que las categorías políticas, y las formas de organización con que ellas expresan la diversidad de los intereses y de los valores de la sociedad no pueden ser sustituidas por los significantes vacíos con que el marketing aconseja a los candidatos. El riesgo, para ellos, es tener que mendigar votos entre quienes no los reconocen como sus mejores representantes. Ese riesgo es, para nosotros, aun mayor: que la política continúe siendo principalmente útil para quienes gracias a ellas colonizan el Estado y distribuyen la riqueza en beneficio de los propios.

El autor es ensayista y editor

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