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Una milla imperdible en la Noche de los Museos

Por el Bajo, desde Basavilbaso hacia el norte, el corredor de av. del Libertador concentra la mayor oferta de museos y centros culturales
Alicia de Arteaga
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30 de octubre de 2015  • 19:21

La milla de los museos es uno de los recorridos imperdibles de la ciudad. Allí están las mejores colecciones de Buenos Aires, con piezas destacadísimas y arte para todo público.

Este año la caminata puede comenzar en Basavilbaso 1233, entre Arenales y Juncal, donde se celebra una nueva edición de Casa FOA. La número 30 en el palacete que fue de los Sastre Estrugamou. Imperdible el espacio recuperado del jardín (arriba), las bibliotecas y la posibilidad de descubrir recursos increíbles como la impresora de tinta para vidrios templados (llegados de Córdoba) que da como resultado efectos maravillosos. La barra outdoor es ideal para iniciar la recorrida con un suculento tapeo.

Sigue la caminata por la calle Suipacha con escala obligada, entre Arroyo y Libertador, en el Museo Isaac Fernández Blanco, una joya arquitectónica de cuño español que fue la casa de Martín Noel. Tiene un corazón verde espectacular y la mejor colección de arte hispanoamericano: mates, abanicos, grabados, litografías, platería, imaginería barroca. Mención aparte para la restaurada capilla convertida en auditorio y sala de música de cámara.

Por Libertador, camino del triángulo de las artes formado por el Palais de Glace, el Museo Nacional de Bellas Artes y el Centro Cultural Recoleta, (foto arriba). No perderse,en la intersección con Callao, el MARQ está el Museo de Arquitectura, que funciona en una vieja torre ladrillera de los ferrocarriles, construida por los ingleses. Ese raro formato cumple, curiosamente, con los fines museológicos.

Basta cruzar Pueyrredón para encontrarse con la cumbre de la milla: el Museo Nacional de Bellas Artes. El edificio supo ser una antigua casa de bombas de Obras Sanitarias, convertida en museo gracias al talento y buen gusto del arquitecto Alejandro Bustillo. El museo, fundado en 1896 por Eduardo Schiaffino, crítico de La Nación, alberga las colecciones de arte europeo más importantes de América del Sur. La base de esa pinacoteca extraordinaria fueron las donaciones de Guerrico, Santamarina, González Garaño, Piñero, Hirsch, Bemberg y Di Tella,entre muchas otras, además de las compras hechas por Schiaffino durante la presidencia de Figueroa Alcorta.

La colección tiene maravillas: la pintura española de Anglada Camarasa, los dibujos de Piranesi, la bailarina de Degas, el retrato de Modigliani y Picasso, Rodin, Courbet, Sisley, Leger. La lista sigue, pero hay cinco obras en el corazón de esta pinacoteca que merecen más de una visita: La ninfa sorprendida, uno de los pocos desnudos que pintó Manet; Mujeres indolentes, un colosal Guttero pleno de sensualidad y erotismo (arriba); El despertar de la criada, de Eduardo Sívori, retrato intimista de pura cepa criolla; La vuelta del malón, de Ángel Della Valle, memoria de territorio, patria y raza, y Sin pan y sin trabajo, obra maestra de Ernesto de la Cárcova. Esa escena donde la pobreza deja un resquicio para la luz de esperanza que asoma por la ventana es una carta de identidad nacional. Lo sigue siendo.

Consejo: no retirarse del MNBA sin echar un vistazo a las escenas de la guerra pintadas por Cándido López. Soldado en la Guerra del Paraguay, donde perdió el brazo derecho, el manco López empezó de cero y pintó con la izquierda, por consejo de Mitre, estas telas apaisadas que lo harían inmortal.

El Palais de Glace se perfila con su cúpula inconfundible en la esquina de Schiaffino. Es la sede de las Salas Nacionales de Exposición y hace añares fue una pista de patinaje sobre hielo, muy Belle Époque, lo que explica su nombre. Allí se exhiben los premios nacionales de pintura, grabado escultura y dibujo.

Al salir rumbo al Centro Cultural Recoleta se impone la presencia majestuosa de la estatua ecuestre del Alvear de Bourdelle. La mejor obra, sin duda, de ese discípulo aventajado de Rodin, que esculpió un caballo de gran porte (tan poco criollo) y un general sin sombrero y con la mano en alto para recibir a los visitantes en el umbral de la avenida más elegante de la ciudad .

El Centro Cultural Recoleta fue en su origen el Hogar de Ancianos Viamonte y es hoy el más visitado centro cultural del país. La categoría y la variedad de las muestras exhibidas lo convierten en el favorito de locales y visitantes. Tiene más de sesenta salas y una variedad que ha sido siempre su principal atractivo. Los fines de semana se monta en los jardines vecinos de la Iglesia del Pilar y el Cementerio de la Recoleta una animada feria de artesanos donde hay de todo: desde un tarotista iluminado y cinturones de cuero crudo, hasta collares de caracolas marinas y camisolas de batik.

Próxima escala: el Museo Nacional de Arte Decorativo, previo paso por el Museo José Hernández, consagrado a las cosas nuestras. El Decorativo ocupa el palacio que fue del embajador chileno Matías Errázuriz, proyectado por el francés René Sergent. Los retratos de Sorolla de los Errázuriz son una perla. Lo es también la habitación del joven "Mato", decorada por el maestro catalán Josep María Sert, y el gran Salón Renacimiento. Ahora la visita tiene premio con la restauración del jardín orginal por el bisnieto de Charles Thays, paisajista francés que "plantó" Buenos Aires.

En Figueroa Alcorta y San Martín de Tours está el Malba. Con poco más de una década de existencia, es uno de los más populares museos de la ciudad, punto de encuentro para ver buen cine.

El Museo de Arte Latinoamericano tiene una completa colección de la región, con el acento puesto en arte moderno, y tres obras maestras: Abaporu, de Tarsila de Amaral; Autorretrato con loro, de Frida Kahlo, y el retrato cubista de Ramón Gómez de la Serna, por Diego Rivera. En estos días se puede ver la antológica muestra consagrada a Berni en las series de Juanito y Ramona, sus personajes emblemáticos.

Fin de recorrido: el Museo Sívori, en los bosques de Palermo. La colección está centrada en el arte argentino de la primera mitad del siglo XX, en medio del parque promete la grata alianza de arte y naturaleza, y un rico té de jazmín con tiramisú.

Material extraído de El blog de Alicia de Arteaga

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