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Apto para todo público

Una recorrida por el Centro Cultural Recoleta, con escala en muestras de variado contenido
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26 de agosto de 2001  

Albino Fernández, por la dimensión heroica de sus obras, sostenida con hidalgo espíritu, nos invita a tomar distancia para apreciarlas debidamente. La distancia no es sólo cuestión de espacio; también lo es de tiempo. Por esto último, artistas como él resultan de difícil reconocimiento para sus contemporáneos. Nacido en La Habana (Cuba) en 1921, pasó parte de su niñez en España en el seno de su propia familia de labriegos, cuyas tareas aprendió a desempeñar.

Se uniría más tarde con sus padres que lo precedieron en su definitiva instalación en la República Argentina, donde cursó estudios escolares hasta dar con un gran maestro catalanísimo, Fernando Pascual Ayllón, que lo convenció de ingresar en la Escuela de Bellas Artes. Ahí tuvo la buena fortuna de tenerlo de maestro de dibujo a Antonio Berni y de pintura a Onofrio Pacenza, con quien salía a pintar al aire libre.

Destacado por su espíritu emprendedor, su gran maestro Lino Spilimbergo lo invitó a que lo acompañase cuando debió dictar cátedra en la Universidad de Tucumán. El viaje planeado a Europa quedó así postergado junto al de ese otro grande del grabado, su amigo De Vincenzo, que también aceptaría una ayudantía de cátedra en la misma universidad.

De retorno ya en Buenos Aires, luego de un par de años fructíferos y exigentes de largas jornadas de enseñanza, se casó y tuvo hijos cuando se produjo el trágico desenlace de la muerte de su joven esposa. Años después se casaría con la hermana de ésta, pero ya Albino había quedado marcado por la tragicidad de su destino. De este modo desfilarían una tras otra sus series de grabados y de pinturas, la mayor parte con el empleo del óleo empastado con tanto amor como reciedumbre.

Su pintura y sus grabados alcanzan dimensión de denuncia, una denuncia que fustiga los aspectos monstruosos de la inhumanidad.

(En el Centro Cultural Recoleta, Junín 1930. Hasta el 2 de septiembre.)

Mirada periodística

Eduardo Iglesias Brickles nació en Curuzú Cuatiá (Corrientes) en 1944. Cursó estudios en nuestras escuelas de Bellas Artes hasta el más alto nivel que completó con su paso por el taller de la notable grabadora y dibujante Aída Carballo.

Esta afinada formación, unida a la voluntad de trabajo y al talento, daría sus frutos cada vez más óptimos con cada muestra. El prólogo del catálogo está firmado por Julio Schvartzman, quien inicia el texto con esta reflexión: "Caramanos. Cuando mis primeras experiencias periodísticas, uno de los aprendizajes más sorprendentes vino de los fotógrafos, "reporteros gráficos". Todavía recuerdo la indicación de un jefe: "Hacéte un caramanos". Híbrido maravilloso singular plural, partes-todo, el caramanos es uno de esos intentos de forzar la lengua para que diga, en síntesis, una complejidad". Lo he citado "in extenso" porque creo que esta reminiscencia es un hallazgo para hablar del arte de Iglesias Brickles si tomamos en cuenta las obras en que vemos rostros de frente y de perfil, así femeninos como masculinos, acompañados de las respectivas manos, de palma y de dorso. La técnica empleada por Iglesias es la de la xilo-pintura, esto es, que los tacos originales de la madera trabajada con gran poder de síntesis están luego pintados al óleo con colores que acompañan con sus naranjas y sus negros el expresionismo que no reniega de la forma, manteniéndola firmemente sujeta a los dictados de una mente no menos poderosa que el sentimiento desatado por su fértil imaginación.

La trayectoria de Iglesias Brickles es consagratoria. Por la firmeza de sus realizaciones me atrevo a decir que está maduro para las confrontaciones internacionales a partir de un criterio como aquel que en su momento me permitió enviar a la escultora Alicia Penalba a San Pablo y a Berni a Venecia, donde obtuvieron los mayores galardones. Iglesias conminaría la atención de cualquier público.

(En el Centro Cultural Recoleta. Hasta el 2 de septiembre.)

A partir del informalismo

Nelson Blanco nació en Tres Arroyos en 1934 y falleció en Francia en 1999. Se inició como pintor en La Plata siendo uno de los fundadores del legendario Grupo Sí.

En 1965 obtuvo el premio Braque y a partir de 1967 se instaló definitivamente en Francia hasta el fin de sus días, primero en París y más tarde en Revecoeur, en la Picardía.

En sus épocas platenses Nelson fue informalista con el resto del talentoso grupo, pero desde su estada francesa, su estilo fue variando hasta convertirse en una figuración plena de fantasía y de una extraña dulzura que sin duda debe mucho a la influencia francesa; una suerte de ondinas flotantes a menudo acompañadas de pájaros o de flores. Si bien el dibujo es firme, el color acompaña el encanto de las imágenes, las más de las veces femeninas.

En un párrafo de su "Manifiesto de la indignación" nos dice: "El hombre creador lucha contra esta aceptación pasiva de una enorme máquina virtual que condiciona a los seres y les impone una Visión Unica del Mundo, además errónea, donde la verdadera Vocación del Hombre se pierde en una niebla difusa, creada por un sistema inhumano, tentacular y sutil..."

Cuando algún crítico desprevenido lo acusó de hacer pintura para señoras gordas, Nelson le contestó, ante las risas provocadas por esa afirmación en diálogo público: "Está equivocado. Yo lo que hago es un Ôhappening´ de risa". Y no vaciló además en defender a las señoras gordas que a veces suelen ser el sostén del arte nuevo. La cita anecdótica quiere señalar el carácter fuerte de un artista que, lejos de plegarse a las modas, supo mantenerse fiel a su propia inspiración, sin importarle un rábano lo que otros pudieran pensar en términos ajenos al arte pictórico.

La muestra que aquí nos ocupa está formada por obras ejecutadas en su casi totalidad durante la última década que precedió su deceso. Si bien nunca abandonó su condición de argentino, su comunión de espíritu sensible lo acercó a Francia, y no es casual la bella carta que le envió Dubuffet, que marca su adhesión a una obra tan lograda como original.

(En el Centro Cultural Recoleta. Hasta el 2 de septiembre.)

Tensiones internas

María Luz Ras (1954) cursó estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes, perfeccionándose luego con los maestros Castejón en piedra, con Gamarra en la talla en madera y con Alvarez de Toledo en fundición en peltre. Actualmente estudia la técnica del vidrio con Sol Abadi. Es un espíritu inquieto que ha merecido importantes distinciones. Según ella misma, nos dice. "Mi trabajo a través de la talla en piedra y madera y fundición en peltre persigue la creación de imágenes en torno de un centro. Cintas cerradas sobre sí mismas aludiendo a la continuidad, ruedas y formas representando tensiones internas replegadas; son figuras alegóricas."

Más allá del logro de sus aspiraciones quiero señalar que María Luz es escultora de pura cepa, que acepta la masa como dictado último de su sensibilidad clásica. Sus abstracciones en piedra, madera o metal nos dicen de un espíritu firme que conoce bien y se inserta en la tradición de los grandes maestros.

(En el Centro Cultural Recoleta. Hasta el 2 de septiembre.)

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