Anticipación del horror

Hernán Ferreiros
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4 de noviembre de 2015  

Fuente: LA NACION

Black mirror / Creada por Charlie Brooker / Intérpretes: Rory Kinnear, Hayley Atwell, Jon Hamm, Ruper Everett, Tom Goodman-Hill y Oona Chaplin / Disponible en Netflix

Nuestra opinión: muy buena

Hace aproximadamente un mes se publicó, en el Daily Mail del Reino Unido, un capítulo de una biografía de David Cameron en el que se afirmaba que, a modo de rito iniciático en su época de estudiante, el futuro primer ministro conservador había tenido que introducir sus partes privadas en la boca de un cerdo muerto. El "pig-gate", como fue llamado, provocó una explosión mediática por la que desfilaron desde quienes lamentaron la vejación (del cerdo) hasta los que denunciaron al autor, Michael Ashcroft, un ex político "tory" rival, como un fabulador.

Siempre es sorprendente cuando la realidad supera a la ficción, pero más aún cuando la anticipa. Unos cuatro años antes de aquella revelación se había estrenado el primer episodio de Black Mirror, serie que desde este mes está disponible en Netflix (que ya encargó una tercera temporada), en el que terroristas secuestran a un miembro de la familia real, la apócrifa princesa Susana, y exigen que el primer ministro tenga relaciones sexuales con un cerdo por televisión para devolverla con vida. No fue ésa la única vez que Black Mirror pareció anticipar el futuro. El episodio inicial de la segunda temporada, "Be right back", muestra la creación del primer humano virtual: todos los registros online de un muerto permiten recomponer su personalidad y otorgarle una nueva existencia, gracias a la que los deudos pueden evitar el sufrimiento de la pérdida. Hoy, empresas reales como Eterni.me ofrecen exactamente el mismo servicio. Es irrelevante si se trata de predicción o de plagio ya que, en todo caso, ambos son testimonios de la pregnancia de las ideas de la serie y de cómo logró tomar el pulso de nuestra época.

El episodio del "pig-gate", llamado "The National Anthem", es una sátira cuyo blanco es el gobierno, sí, pero también todos nosotros: la única razón por la que aquel acto termina siendo emitido por televisión es porque hay espectadores dispuestos a verlo. "Es una declaración política", afirma una asistente cuando comprende que la verdadera intención de los "terroristas" no es tanto dañar al ministro como exponer la complicidad del público. La serie misma es una declaración política similar, una suerte de continuación del terrorismo de esos perpetradores por otra vía, ya que cada una de sus entregas (su formato es el de una antología: se cuentan historias distintas, con distintos actores y hasta en un mundo distinto en cada capítulo) nos endosa una tesis sobre cómo la proliferación y dependencia de los medios masivos (entre los que, desde luego, se destacan las redes sociales) desintegra la solidez de nuestra vida y nos lleva a una existencia vicaria y manipulable.

El segundo episodio, que satiriza los realities al estilo X-factor, es el más endeble, porque resulta demasiado literal y predeciblemente cínico en su división de víctimas y victimarios. Como contrapartida, el más reciente, un especial de Navidad protagonizado por Jon Hamm acerca de la realidad virtual como prisión, es uno de los más logrados. Cabe señalar que, aunque el tema siempre es el impacto de las nuevas tecnologías sobre nuestra vida, no hay un planteo retrógrado de horror ante el progreso, sino más bien ante la propia naturaleza humana. El "espejo negro" al que nos enfrenta la serie no es la superficie lustrosa de un smartphone, sino nosotros mismos diez minutos en el futuro.

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