El escenario tecnológico que le espera al próximo presidente

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
Robots, drones y coches autónomos, sí, pero sobre todo las conexiones con Internet como recurso estratégico y una inteligencia artificial cada vez más omnipresente
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8 de noviembre de 2015  

En diciembre se iniciará otro período presidencial de 4 años. Suena como si fuera poco tiempo. Cuatro años. No es nada, ¿cierto?

Cierto en la mayoría de los rubros, pero no en tecnología digital, donde las cosas van tan rápido que originan un trastorno insólito en la historia de la civilización. Mientras los gobiernos serios intentan instalar políticas de Estado, lejos del cortoplacismo y el slogan de campaña, los desarrollos técnicos alteran el escenario de forma perceptible cada 2 o 3 años, y pueden cambiarlo por completo en menos de una década. Un estadista tiene hoy el doble desafío de pensar a largo plazo en un ecosistema microplacista, si me permiten el neologismo.

Por ejemplo, en 2017 se cumplirán 10 años del lanzamiento del iPhone, que alteró la geografía cotidiana de manera definitiva. Pasamos, merced a ese dispositivo, de tener un simple celular a llevar una computadora conectada con Internet. En el bolsillo.

Esto conduce a un hecho todavía más inédito: cuanto más alto se encuentra un funcionario de gobierno, más debería saber sobre la actualidad tecnológica. Puede dejarles los detalles a los técnicos y los asesores, pero la longevidad de sus políticas de Estado dependerá menos de su conexión con el presente que con el futuro. Y el futuro es cada vez más líquido. El reto es enorme, porque si al ciudadano de a pie se le hace difícil encontrar el tiempo para mantenerse al día con la información tecnológica, imagínese un jefe de Estado.

Otro mundo

Es fácil ver la enormidad de tiempo que constituye un período presidencial en términos tecnológicos. Hace 4 años, la revolución móvil estaba recién iniciándose. Los que se subieron a tiempo (esto es, en 2005 o en 2006, como Google y Apple), hoy son los magnates. Los que no –y esta lista incluye a los magnates de 2005 o 2006– han desaparecido. Es el caso de Nokia.

En 2011 la gran novedad en electrónica de consumo eran los televisores 3D, que al final fracasaron y fueron reemplazados por los televisores inteligentes. Cuatro años después los grandes fabricantes anuncian que sólo fabricarán smart TV en sus líneas de gama media y alta. Supongo que, si fuera presidente de una nación que aspira a convertirse en desarrollada y poderosa, una de las cuestiones que me gustaría tener clara es cómo evoluciona el medio de difusión más influyente del planeta. O si, como parece ser el caso, Internet y la TV van camino de fusionarse. Lo que equivale a fusionar dos titanes.

Las cámaras digitales domésticas son todavía significativas en 2011; 4 años después, los smartphones las han desplazado casi por completo. Sumado esto a que en nuestro país el 70% de de los celulares son smartphones, su peso político es formidable. Fotos y videos de prácticamente cualquier acontecimiento social circulan rápidamente en Internet y se viralizan con la facilidad del proverbial reguero. En un punto, la transparencia deja de ser una bonita consigna para convertirse en algo que la sociedad impone con sus propias herramientas. La desmentida verosímil de ayer choca contra un inexpugnable muro de testimonios. A los funcionarios se les hace cada vez más difícil esconder la verdad.

En mayo de 2011, se venden en Amazon, por primera vez, más ebooks que libros impresos, lo que lleva a la conclusión (ahora sabemos que apresurada) de que el volumen de papel está en vías de extinción. Si fuera a recibir la banda presidencial, seguramente me gustaría saber qué rumbo tomará el mayor vector de cultura y educación de los últimos 500 años. Varios estudios muestran que los estudiantes universitarios prefieren el libro al ebook; es lo último que se esperaba. Y no es un dato menor.

Pese a que los últimos 4 años no han visto desarrollos demasiado disruptivos, 2011 parece hoy el Precámbrico. Por ejemplo, la palabra hacktivismo empieza a sonar fuerte, 2 años antes de que las revelaciones de Edward Snowden conviertan el concepto, por entonces exótico y algo candoroso, en un factor de poder como el mundo no ha visto desde el nacimiento del periodismo independiente, 400 años atrás. Es la clase de fenómeno que un jefe de Estado debe poder observar sin prejuicios.

En 2011 los drones son un arma de guerra en manos de unas pocas naciones, principalmente Estados Unidos. Hoy se los vende en las tiendas minoristas y se los ve en las coberturas periodísticas, los casamientos y unos cuantos jardines. Pasó de ser una amenaza y un recurso bélico –sigue siendo ambas cosas– a una nueva invasión a nuestra privacidad, un riesgo para los vuelos aerocomerciales y la seguridad de las personas, y, al mismo tiempo, un recurso de enorme valor para cientos de actividades económicas. Sumando todo, los drones constituyen hoy un desafío para los legisladores.

Opuestamente, en 2011 la palabra dron ni siquiera figura en el léxico cotidiano. Tampoco se habla, ese año, de realidad virtual; es tan sólo un recuerdo brumoso de los ’80 y los ‘90. Oculus VR, el proyecto que volverá a impulsar estas tecnologías, se fundará al año siguiente. Junto con la telepresencia, son tecnologías que podrían reducir mucho los gastos de un gobierno en materia de traslado en una nación inmensa como la Argentina. Hoy llevamos realidad virtual hasta en algunos teléfonos.

En 2011, por primera vez, Android ya está en la mitad de los smartphones que se venden en el mundo. Instagram, que de momento está disponible sólo para el iPhone, llegará a los androides al año siguiente; Facebook, ni lento ni perezoso, adquirirá el servicio de las fotos setentosas en abril de 2012. Instagram, por entonces una rara flor de invernadero, hoy tiene 500 millones de usuarios y ha superado (en eso, al menos) al influyente Twitter. Todo eso en menos de 4 años.

Dicho sea de paso, puesto que los smartphones (dependiendo del modelo) pueden tener dos cámaras, micrófono, GPS, sensores de temperatura, magnetismo, movimiento, presión atmosférica y humedad, y puesto que, además, pueden estar conectados a la Red las 24 horas del día, no estaría mal asegurarse de que los equipos usados por los funcionarios del gobierno no le dieran a ninguna nación extranjera alguna ventajita competitiva. Recordarán la polvareda que levantó Barack Obama cuando, al asumir, insistió con seguir usando su BlackBerry; al final, se salió con la suya, con la condición de que su teléfono pasara antes por la aprobación del servicio secreto.

En todo caso, es poco probable que vean a un jefe de Estado usando un teléfono fabricado en un país que no es aliado. Y ni siquiera así han podido, en ciertos casos, evitar el espionaje, como experimentó en carne propia Angela Merkel.

En 2011 WhatsApp llega al primer puesto entre las apps para el iPhone. Todavía es una novedad. En julio nace Snapchat (aun se llama Picaboo), que en mayo del año siguiente estará procesando 25 fotos por segundo; 6 meses después ese número habrá trepado a 230. Dos años más tarde, ese valor está en 8100. OK, daría la impresión de que los ciudadanos están hablando por allí ahora. Digo por lo del ágora y todo eso.

Varias piezas del escenario actual no han nacido en 2011. Tinder y Windows 8, por ejemplo. Windows 8 se convertirá en pasado en 2015. En 2011 ni siquiera existía.

El hoy popularísimo mensajero de Facebook acaba de aparecer y al querido MSN Messenger de Microsoft le quedan menos de dos años de vida. Dicho de otra forma, el aspecto de nuestra conversación es hoy por completo diferente.

Cuatro años atrás las luces LED no están, como ahora, por todos lados; su popularización se iniciará en los países desarrollados en 2013. ¿Y por qué podría importarle esto a un presidente? Porque una lamparita LED consume 10 veces menos electricidad que una incandescente y la mitad de una fluorescente, y dura entre 42 y 6 veces más, respectivamente. No contiene elementos químicos contaminantes, dicho sea de paso. Es algo por tomar muy en serio, tanto desde el punto de vista de la política energética como del de la ecología.

La primavera árabe, uno de cuyos motores han sido las redes sociales, explota a mediados de 2011 (había empezado en Túnez en diciembre de 2010). Otra vez, las nuevas tecnologías ponen en jaque al poder establecido. No parece ser algo que un presidente deba dejar librado sólo al criterio de sus asesores, aunque sean excelentes. Es un concepto básico de la política contemporánea. Que muchos políticos menosprecian.

En 2011 Spotify llega a Estados Unidos; ahora es algo cotidiano en la Argentina. En mayo Microsoft adquiere Skype. ¿Sigue siendo tan privado como antes? ¿Lo era antes? En septiembre llega Netflix al país. En octubre nace Siri; eso es inteligencia artificial en la palma de la mano. Lanzan Uber y el 29 de junio de 2011 el estado norteamericano de Nevada es el primero en promulgar una ley que permite operar coches autónomos.

Al año siguiente se dejará de imprimir la Britannica y así, contra los dislates que los reaccionarios han propalado durante más de una década, el conocimiento humano está ahora en Wikipedia; en 2015, la enciclopedia libre alcanzará el hito de 5 millones de artículos en inglés. Es un logro de Internet, la libertad de expresión, el acceso a la información y la colaboración.

Diciembre del futuro

Lo diré más claro: por donde se las mire hay en la tecnología de las computadoras e Internet cuestiones de peso que afectan la política, la economía, la energía, el comercio, el campo, la educación, las libertades y garantías civiles, la transparencia, la eficiencia, la competitividad y el trabajo, aparte de la calidad de la democracia.

La lista, como ya estarán sospechando, es mucho más larga, y el problema es que para cuando los titulares tecno llegan a los oídos de la clase política, ya son viejos. El presente es viejo en el mundo en el que vivimos.

Por eso, ¿qué mundo le espera al presidente que asumirá el 10 de diciembre? Uno en el que los robots, en los países más desarrollados, están camino de ocupar el 50% de los puestos de trabajo; se espera que lo hagan dentro de unos 20 años. Es el momento de pensar en que la naturaleza del empleo humano podría cambiar sustancialmente en menos de medio siglo, y deberíamos estar preparados para eso.

El trabajo no es lo único que se verá afectado. También las empresas que dan empleo. Un informe de IDC de estos días anticipa que durante los próximos 3 años (uno menos que lo que dura el mandato de un presidente en la Argentina) el 20% de las principales compañías de todos los sectores verán deteriorarse su facturación y sus ganancias debido a que no se están moviendo lo bastante rápido. De eso se trata, precisamente.

El de los próximos 4 años será también un mundo en el que la industria del silicio, es decir la fabricación de los circuitos que van dentro de los cerebros electrónicos, será la más estratégica de todas. Es un mundo en el que un espía infalible puede tener el tamaño de un microbio y habitar en la arquitectura secreta de los chips.

Las cosas cotidianas empezarán –ya han empezado– a conectarse entre sí y con Internet. Es un universo nuevo con desafíos colosales en los campos de la seguridad y la privacidad. Pero es también algo inevitable. Las cosas, debería tener claro un presidente, ahora han cobrado cierto grado de inteligencia, y cada semestre sumarán más.

Los drones son un hecho ahora, y sólo puede esperarse que continúen expandiendo sus aplicaciones. Les debo una columna sobre el tema (ya he estado hablando con expertos acerca de esto), pero tengo la impresión de que, junto con los autos que se manejan solos, podrían ser parte del paisaje cotidiano en el mediano plazo. Al menos, en los países más desarrollados.

La inteligencia artificial es otro componente clave del mundo al que vamos. Mediante Internet (que lo une todo) ya tenemos asistentes digitales y traductores bastante decentes en nuestros teléfonos. Desde la medicina hasta la guerra, casi todo va a depender cada vez más de las mentes sintéticas. Para bien o para mal, hay que decirlo. La crisis financiera de 2008 se debió, al menos en parte, a que se le concedió demasiado crédito a los pronósticos del software. Es la economía, máquina estúpida.

La ciberguerra y la seguridad informática del Estado deberían estar al menos a la misma altura de las otras cuestiones de defensa. Como es en los países más poderosos del mundo. Es que en Internet hay un país paralelo que puede invadirse sin que nadie lo perciba. La Argentina, país de fronteras permeables, se enfrenta ahora a otro desafío: el de proteger las fronteras digitales. Que en un punto son las mismas que las físicas.

La conectividad (móvil o no, eso ya no es relevante) es un recurso tan estratégico como la energía, y a su vez depende de la energía; los cortes de luz eran irritantes en 1960. Ahora rayan con la catástrofe natural.

Por último, aunque la lista podría seguir por semanas, las conexiones de mayor velocidad y más cobertura a precios competitivos implican de forma directa más desarrollo y más producción de riqueza. Si Internet va lento, ahora es asunto grave, porque entonces la Nación va lento.

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