Esencialmente, pintor

Rómulo Macció muestra en el Museo Quinquela Martín, de La Boca, obras que exaltan su vitalidad artística
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15 de abril de 2001  

El Museo Municipal Quinquela Martín -remozado por sus actuales autoridades, cuya dirección encabeza la museóloga María Sábato- expone un excelente conjunto de cuadros de Rómulo Macció. No hay razón para negar el entusiasmo que producen esas obras por el impulso de su realización, pero también porque exaltan la actividad de una entidad cultural que vale la pena conocer. A su emplazamiento en la parte más pintoresca del viejo barrio de inmigrantes (junto a la Vuelta de Rocha y al turístico Caminito), se suma como motivo de interés la colección permanente de grandes autores argentinos y mascarones de barcos que conserva y la presencia de Macció (que tiene su taller a pocas cuadras, justamente en la calle Quinquela Martín). Conviene destacar también que, en los últimos años, se está transformando en un polo de atracción artística debido a la actividad de distintas entidades culturales que se instalaron allí.

El porteñismo esencial de Macció no le impide mostrar su vida de hombre de mundo en los temas de su pintura, que lo hace notar entre los notables; pero queda claro que no es un regionalista. En ese sentido (y en otros), es internacional. Los Retratos de aquí y de allá revelan sus viajes por diferentes lugares. Complementa así el ciclo dedicado al paisaje urbano que viene mostrando en sus últimas exposiciones. Su captación se centra en lo cotidiano, pero con una independencia de espíritu que nunca es vulgar.

Que prevalezca en los paisajes no menoscaba su actividad de figurista, de la que suele dar pruebas extraordinarias. De todos modos, también se intercala entre las obras que exhibe en estos días alguna imagen humana, a medio camino entre la reflexión y la ironía de un bohemio con experiencia.

La capacidad de improvisar libera a Macció de atarse puntualmente a los temas; mantiene la figuración, pero de un modo introspectivo que transfigura lo que impresiona a sus ojos y lo devuelve en una imagen tan nueva como convincente. La estructura de sus cuadros es moderna, suelta, de trazo amplio y tan ocurrente como instintivo. Proviene de una interpretación que se ampara más en lo que vivió que en la penetración de la mirada. Y ahí está lo mejor de la exposición, que muestra lo que dice sobre lo que tiene ganas de decir. Eso le permite naturalizar lo que en otros resultaría forzado.

Algunas obras como, por ejemplo, el Puente de Brooklyn o Después de la tormenta en la calle Nassau , las expuso anteriormente. El hecho no les quita interés, por el contrario, permite reforzar o cambiar el impacto que produjeron en la primera impresión; verlas así, en otro contexto y otro lugar, renueva su interés. La estatura del Macció justifica volver sobre ellas.

Entre las piezas recientes: Autopista invierno y autopista verano o Larsen , ambas de 2001, actualizan la imagen de su pensamiento. La primera, que cubre una superficie vertical de seis metros cuadrados, está enfocada desde arriba, como si la escena se viese desde un avión. Una curva que corre desde el ángulo superior derecho hasta la parte inferior izquierda se opone a las rectas que seccionan el resto del trabajo y a sus límites ortogonales. La superficie se divide así básicamente en tres áreas. Dos de ellas inscriptas en el cuarto de círculo, a la izquierda: una, de colores terrosos, que muestra un atascamiento de automóviles durante el estío; la otra, pegada a ella, formada por una franja verde y transparente, que representa el río. La tercera, exterior a la porción de círculo, de un cromatismo neutralizado, muestra otro atascamiento, pero en la estación fría. La aparente oposición (puesto que en definitiva en ambas ocurre lo mismo) marca los factores climáticos, pero con un propósito crítico que recuerda al Cortázar de la "Carretera del Sur".

En cuanto a Larsen , un óleo de más de dos metros de lado, es el nombre del barco que divide el cuadro, como si fuese un eje horizontal. El fondo negro envuelve por los cuatro costados su imagen terrosa, que se ve transparente y cálida en medio de la negrura que la circunda. Esa pieza, tal vez la más fuerte de la exposición por su factura, a lo Pollock, y por su contenido conceptual, pone en duda las limpiezas del Riachuelo, de las que se habló tanto. De todos modos, no es Macció, de los que mezclan la política con el arte; su obra es básicamente artística y poco tiene que ver con las interpretaciones que se hagan conscientemente. Pinta enérgicamente. Es y fue un artista gestual desde su primera muestra (de orientación surrealista), a mediados de los cincuenta, pero lo fue también cuando pasó por la abstracción lírica, la action painting o la neofiguración. Sus cambios nunca se opusieron a su naturaleza. La fuerza de su identidad lo indujo a pintar visceralmente. Fue y es introspectivo y definitivamente humano.

(En el Museo Quinquela Martín, avenida Pedro de Mendoza 1835, La Boca. Hasta el 22 de mayo.)

Planos imaginarios

El nombre Daniel Vidal es nuevo para nosotros. Sin embargo, sabemos que nació en 1964 y que hizo las escuelas nacionales de bellas artes Manuel Belgrano y Prilidiano Pueyrredón. Expone desde 1987 pero individualmente, desde 1991. Su pintura reciente nos dice que tiene tendencia a mantener los lineamientos de la pintura abstracta dentro de una concepción que hoy podemos llamar tradicional. Tiende a la uniformidad de la forma de los soportes y de los colores; armoniza los tonos, que suelen ajustarse a la gama dominante; trabaja con limpieza; cuida los valores de las saturaciones subordinándolos a la temperatura general de la pantalla y perfila los contornos con plantillas que recortan geométricamente las imágenes en estructuras regularmente abarcables y bien resueltas.

La distribución de claros y oscuros establece una oscilación muy sugestiva en lo formal, que se adentra en un mundo imaginario de planos y de ciudades.

(En la sala 8 del Centro Cultural Recoleta, Junín 1930. Hasta el 22 de abril.)

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