Las matemáticas del horror

Mariano Grondona
Mariano Grondona LA NACION
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19 de noviembre de 2015  

Como lo acaban de mostrar los atentados en París, el horror tiene sus propias reglas y sigue su propio curso, no asimilable a los episodios de violencia convencionales. Cuando estalla como ocurrió en París, por ejemplo, la violencia exige a los analistas empezar de nuevo, y considerarla como si recién naciera. Es, en cierta forma, un regreso al caos originario, un retorno a nuestras raíces prerracionales que nos obliga a reconocer que no estamos tan lejos de los tiempos primitivos como suponíamos y que el caos originario será aún por un buen tiempo nuestro obstinado compañero de ruta a través de los siglos.

¿Podríamos asignarle a este regreso ciertas reglas, que fueran algo así como un aprendizaje? ¿Hemos aprendido o fue solamente una ilusión?

Raymond Aron tituló alguna vez uno de sus libros Las desilusiones del progreso. ¿Todo progreso atrae fatalmente una desilusión ulterior? Pero, si esto fuera así, ¿cómo avanzaríamos? ¿Hay acaso alguna lógica en esta recurrente seguidilla?

Cada vez que creíamos haber progresado, nos acompañó una desilusión. Pero entonces ¿no habíamos progresado? Suponer que no hemos progresado sería caer en una suerte de nihilismo. Algo, otra vez, inaceptable. Deberíamos partir de una premisa: que, con diferentes ritmos, hemos progresado. No tendremos quizás las ilusiones de antaño. Pero algo, después de todo, hemos avanzado. ¿Tiene entonces la idea del progreso cierta consistencia, cierta coherencia? ¿Estamos llamados a una suerte de culminación?

En el fondo de nuestra conciencia, late la idea del progreso. ¿Estamos llamados a progresar? Progresar ¿es nuestra vocación? De una u otra manera, esperamos progresar. Sin embargo, esta esperanza podría ser sólo una ilusión. O podríamos suponer que no sólo hemos progresado sino también que está bien fundada la esperanza de progresar. ¿Hasta dónde? ¿Hasta el infinito? ¿Podríamos, acaso, competir con Dios? ¿O, al menos, con nuestra más reciente idea de Dios?

Si fuéramos sólo optimistas, nuestra visión de la vida sería parcial. Lo mismo, en sentido contrario, si fuéramos sólo pesimistas. La vida es contradictoria. Y en esta contradicción reside nuestra libertad. Pero ¿podemos acaso elegir entre dos vidas? ¿Qué lugar le dejaríamos en tal caso al destino? ¿Y qué lugar le quedaría a la libertad?

La libertad, por otra parte, ¿es libertad para hacer algo o es un amplio espacio abierto a la casualidad? ¿Hasta dónde podría llegar la libertad? ¿Somos verdaderamente libres? Hay momentos en la historia en que los hombres están obligados a escoger un camino o el otro. Pero hay otros momentos en que la historia los deja en paz. Sin embargo, la pregunta por la verdadera libertad permanece. ¿Es la libertad de hacer algo? ¿La libertad de ser alguien? ¿La libertad de prometer, de insistir, de rebelarse?

Queda un párrafo para los argentinos. Tal vez estar lejos nos haya beneficiado. A veces parecería que hemos quedado fuera de la historia. Quizá nuestro destino ha sido, simplemente, balconear la historia. De un lado, no participar en ella nos ha ahorrado disgustos sin cuento, y tanto ha sido esto así que a veces hemos parecido una nación marginal, "a-histórica", indiferente, ajena al mundo.

Sería incorrecto, además, suponernos como una nación adulta. No lo somos. Nuestra historia está por venir. Somos como si fuéramos un joven de apenas 30 años. Con casi todo el futuro por delante, pero con varios años vividos, aún así, por detrás. Estamos cerca de la mitad ascendente de la vida. Nos falta poco para llegar a esa mitad. En este punto habría que refinar, quizás, el sentido de nuestras vidas como país, como generación. Pero el sentido de la Argentina como país es por lo pronto su destino como conjunto, como una "co-nación" al lado de otras, un destino, en suma, latinoamericano.

¿Cómo debería ser, en este contexto, nuestra relación con Brasil? ¿Cómo debiéramos imaginarla? Como una relación complementaria. América latina tiene en realidad dos dimensiones complementarias. De un lado es "latina", es decir, subtropical. Del otro lado es bioceánica, es decir, abierta a dos océanos. ¿Podemos imaginar acaso esta inmensa bifrontalidad si nos decidiéramos a desarrollarla?

¿Qué nos ha impedido, por otra parte, explorar a fondo nuestra bifrontalidad? Los celos de campanario. El día en que los latinoamericanos decidamos ser nosotros mismos, recién entonces nos esperará la grandeza.

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