Del laboratorio al escenario: la ciencia también hace stand up

Dentro de un plan oficial, científicos e investigadores toman clases de stand up para divulgar conocimiento mediante monólogos de humor.
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23 de noviembre de 2015  • 19:25

Por José Montero

En ciertas zonas de Palermo y en las inmediaciones de la avenida Corrientes, levantás una baldosa y salen tres tipos y dos minas que te montan un show de stand up. Quizá, dentro de poco, pase algo similar en los laboratorios. Detrás de una probeta, un biólogo ensayará su rutina sobre la soledad de las amebas y una paleontóloga aprovechará la hora del almuerzo para testear sus chistes acerca de cuánto calzaban los dinosaurios. Es que, por un plan del Gobierno, un grupo de científicos divulgan su trabajo mediante monólogos humorísticos en Tecnópolis, y pronto saldrán de gira por colegios y universidades.

Fieles a su perfil de gente seria, los científicos estudiaron para emular a Jerry Seinfeld y Louis C.K. desde las ciencias duras. Tomaron un curso de cuatro meses, tres horas por semana, con Diego Wainstein, actor y humorista que enseña la especialidad hace quince años.

El ciclo lectivo comenzó en marzo y terminó en julio. Arrancaron con treinta participantes y terminaron con veinticinco, una deserción menor de la habitual en el mundillo artístico. "Miedo escénico en este grupo no había", cuenta Wainstein. "Muchos son docentes y tienen experiencia en hablar frente a un auditorio. Además, nadie vino obligado, sino porque quería. Y en el taller se sorprendieron al ver que podían hacer reír hablando de temas científicos. Yo, por mi parte, aprendí mucho porque era bastante burro en las materias duras de la secundaria".

El reclutamiento de estudiantes, licenciados y doctores con inclinación por las tablas lo llevó a cabo el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva a través del Programa Nacional para la Popularización de la Ciencia. Vera Brudny, coordinadora, dice que la tarea de divulgación es un deber hacia la sociedad que paga las investigaciones con sus impuestos y se entusiasma al pensar que algunos de los chicos que vieron o verán los shows se engancharán para estudiar, por ejemplo, Exactas.

Pero ¿de qué van las funciones que en el parque temático de Villa Martelli ya vieron miles de grandes y chicos? Para entenderlo, nada mejor que citar el comienzo del monólogo de Alejandro Saint Esteven. Cuando la música de La guerra de las galaxias se acalla, él se presenta así: " Soy biólogo; por lo tanto, soy científico; por lo tanto, soy un ser malvado y resentido. No por nada la mayoría de los supervillanos son científicos. El científico nunca se despojó de la maldad que tenemos cuando somos niños. No hay ser más cruel y perverso que un niñito que les arranca las alas a las moscas, que escupe desde la terraza, que pone los chizitos en la gaseosa solo para ver qué pasa. Un científico es eso, con más recursos y un título que lo respalda".

Cuando baja del escenario, Saint Esteven sostiene que la faceta de comediante le permitió unir dos amores, porque antes de entrar en la Universidad, ya había estudiado teatro y actuado en forma amateur durante su adolescencia. Estar frente al público, afirma, le genera liberación y goce espiritual, mientras que la biología le da el goce del conocimiento.

Ahora es el turno de Fernando Schapachnik, doctor en Ciencias de la Computación, profesor de la UBA y funcionario público. Impulsa la Iniciativa Program.AR desde la Fundación Sadosky del Ministerio de Ciencia. Su objetivo es que la programación de compus sea una materia obligatoria en la primaria y en la secundaria.

Schapachnik tenía cero experiencia actoral. Se atrevió por caradurismo, entendiéndolo también como un acto de militancia. Dice que, para él, el stand up es una herramienta de comunicación de conocimiento: "Porque da poder; ese poder alguien lo tiene; si no lo tenés vos, lo tiene otro". En su número propone una confabulación de los programadores para eliminar o alterar una cantidad de cosas que la gente consume: el porno de internet, el Photoshop ("si sos feo, sos feo, cagaste"), el crédito en el celular ("te lo vamos a punguear"), el zapping de la televisión ("clavada en los predicadores de la medianoche te la vamos a dejar, vamos a ver si paran de sufrir, você tem problema"), la computadora de a bordo de los autos ("cada vez que aceleres, ruido a pedo va a salir"). En el remate, la moraleja es: "Aprendan ustedes a programar, o ustedes van a ser programados por un hijo de puta como yo, que les va a cagar la vida".

En el monólogo de cierre se luce Nadia Chiaramoni, doctora en Biotecnología e investigadora del Conicet, ya canchera en esto de agarrar el micrófono. En su doble vida, hace cuatro años que integra el staff del espectáculo de stand up Un toque de maldad. En Tecnópolis bromea acerca de su trabajo con liposomas, cápsulas microscópicas que sirven para el envío de drogas a través del organismo ("son como pequeños narcotraficantes") y, en cuanto a los experimentos con ratones, sostiene: "Yo sé que tengo ganado un lugar en el infierno. Está ahí Walt Disney esperándome para decirme ¿qué le hiciste a mi hijo?".

LABORATORIO DE FAMA

La fuente de inspiración del stand up científico nacional y popular es el FameLab, concurso de monólogos de divulgación que comenzó en 2005 en Gran Bretaña y hoy es un fenómeno global, con competiciones en veinticinco países. En España, este espacio fue donde se conocieron los integrantes de The Big Van Theory, grupo cuyo nombre parodia el de la serie estadounidense sobre nerds. Los docto-comediantes ibéricos son verdaderas estrellas. Trabajan a tope con agenda completa. Recientemente, se presentaron en Buenos Aires.

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