Reconciliar la política con la ley

Santiago Kovadloff
Santiago Kovadloff LA NACION
Con un voto de confianza que es a la vez una exigencia, la ciudadanía eligió confiar en una propuesta que prometió devolverle a la política su fundamento moral, frenar a la corrupción y darle transparencia a la gestión pública
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24 de noviembre de 2015  

El pasado ya no tiene la última palabra. Se ha abierto un porvenir. El proyecto de reconstruir la República pudo más, en las urnas, que el populismo. La mayoría del pueblo argentino les ha dicho no a los promotores del miedo. Y les ha dicho sí a los voceros de la posibilidad y la necesidad de empezar a recorrer un camino nuevo. Sí a la innovación, no a lo irremediable. Sí a la ley y no a la impunidad. Sí al deber de recuperar las instituciones. No al liderazgo mesiánico. Sí al nosotros indispensable y no al yo indiscutible.

Es necesario, ahora, convertir el pasado en lo que debe ser: el referente de la memoria incesante. En lo inolvidable, entonces, como materia aleccionadora de desaciertos que no deben repetirse.

¿Sabrá perdurar en el tiempo esa fe en el cambio? ¿Sabrá cumplirse con ella? ¿Será posible? Hoy sabemos que es imprescindible. El futuro exige esa constancia. Sólo así llegará a convertirse en presente alguna vez.

Al "más de lo mismo" la mayoría del pueblo argentino supo responder con un rotundo "nunca más". Y "nunca más" implica recuperar los valores democráticos. Ese apego a la Constitución nacional que el Frente para la Victoria se empeñó en terminar de liquidar. Porque hay que decirlo: la subestimación de ese apego no empezó con Néstor Kirchner. El kirchnerismo ya lo encontró agónico cuando alcanzó el poder. Lo que sí hizo fue tratar de terminar la faena y capitalizar ese descrédito en favor propio. Así, concentró el poder en manos autoritarias. Aceleró la corrupción y multiplicó su ejercicio. Homologó la disidencia al delito. Sembró el odio en nombre del amor. Redujo los derechos humanos a sus intereses demagógicos. Fortaleció la dependencia provincial del centralismo del Estado. Redujo el Estado a los imperativos del poder político. Avasalló la Justicia. Paralizó las causas que ponían al desnudo la catadura de sus peores funcionarios. No vaciló en pactar con los terroristas que volaron la AMIA. Fue cómplice y promotor del silencio atroz que cayó sobre la denuncia impulsada por Alberto Nisman, el fiscal asesinado. Sembró inflación. Multiplicó la pobreza. La explotó en su beneficio. Vació las arcas del Banco Central. Ahogó las economías regionales. Alteró estadísticas. Emitió dinero para encubrir la inconsistencia de nuestra moneda.

El voto popular mayoritario fue un voto de confianza, pero también una exigencia. Exige a los vencedores del torneo electoral que emprendan una sustancial reforma política. Y con no menor urgencia, una reforma moral que restablezca el sentido de la condición cívica y las necesarias probidad e idoneidad que deben caracterizar a quienes se desempeñen en la función pública. Ese voto no pide que se terminen de realizar esas dos tareas en cuatro años. Sabe que eso no será posible. Pide, en cambio y sin transigencia, que se empiece a llevarlas a cabo. Y que se sepa generar la descendencia que le dé continuidad. El inicio de esas tareas no debe demorarse un solo minuto a partir del 11 de diciembre. La esperanza de que así sea es una de las razones fundamentales por las que se votó como se lo hizo.

Repitámoslo tantas veces como haga falta: es imprescindible reconciliar la política con la ley. Eso quiere decir, la política con la transparencia de la gestión. La política con el derecho a la dignidad personal y social. Se votó como se votó para liquidar el uso prostibulario de la pobreza. Para ponerle un freno a la rentabilidad de la corrupción. Se votó como se votó porque se sabe que si la política no busca la verdad y no la representa, termina envenenada por la mentira. Ésa es la convicción de quienes dieron el triunfo a los vencedores del domingo. Ninguno de estos últimos ignora cómo proceder para darle fundamento moral a la política. Que lo hagan. Todos saben que es imprescindible restablecer la independencia judicial. Recuperar la seguridad. Combatir y derrotar el narcotráfico. Terminar con la sumisión a un líder y a un partido. La vigencia de la ley es el primer espejo en el que los argentinos queremos ver reflejado el rostro del nuevo gobierno.

Si la indignación pudo más que el miedo es porque la esperanza fue más fuerte que el desengaño. Y el estímulo brindado a esa esperanza para promover su resurgimiento ha sido mérito de Cambiemos. Pero que el nuevo gobierno no lo olvide: se trata de una esperanza vigilante, lúcida, insomne. Esperanza nacida de la necesidad de ir más allá del dolor y el fracaso reiterados.

Una mayoría inesperada para el cálculo y el pronóstico hizo posible lo que parecía imposible. No la integran únicamente ni ante todo los más acomodados. Sí, los más humildes. O se los escucha de una buena vez o la Argentina no recuperará su fortaleza como nación. Ellos han votado como lo han hecho porque están hartos de durar. Votaron para recuperar la dignidad de vivir.

El pueblo le ha abierto una oportunidad al diálogo. Al pacto de gobernabilidad. A la derrota del sectarismo. A la recuperación de la economía. A la reinscripción del país en el mundo. Hacerlo ha sido la promesa de campaña de quienes en pocas semanas ejercerán el poder desde la Casa Rosada. Ésa es la esperanza y ésa la exigencia de quienes hasta allí les han permitido llegar.

Hay, por último, una expectativa mayor en ese voto que le ha dado la victoria a Cambiemos. Ese voto es, también y a la vez, una esperanza. La de que Cambiemos no defraude. La de que no les vuelva la espalda a los que confiaron. La de que sepa probar que la pobreza material y moral no tiene futuro en la Argentina.

Que Cambiemos lo haga y sepa que no estamos aquí para aplaudir. Que estamos aquí para controlar y solidarizarnos con quienes cumplan con su deber.

Sabemos que la tarea por venir es gigantesca. Hemos confiado porque creemos que es preciso contribuir a darle vida al ciudadano. Al hombre solidario y no al que ha sido alimentado por el desprecio. Al que pueda creer en su prójimo y contar con él. Al que lo busque como un igual.

Le cabe ahora a Cambiemos darle realidad a lo que sus representantes saben y nosotros sabemos: que sin el encuentro con su prójimo, nadie es nada por más poder que acumule.

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