Cuando escribir es una forma de entender

Maximiliano Tomas
Maximiliano Tomas PARA LA NACION
Leila Guerriero publicó Zona de obras, algo así como el manual del buen cronista
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26 de noviembre de 2015  • 01:02

Tengo cierta simpatía por los escritores bocones, esos que no pueden callarse ni en público ni en privado, porque las buenas costumbres están, en general, reñidas con el arte y la literatura. Pero tengo, al mismo tiempo, un gran respeto por aquellos que escriben, como quería Osvaldo Lamborghini, con la boca cerrada. Escribir con la boca cerrada implica la voluntad de pasar inadvertido, el exilio autoimpuesto de las camarillas, quitarle el cuerpo a las ferias de vanidades, una distancia monacal de las redes sociales y la construcción de una obra desde los márgenes y el silencio. Hay escritores así. No son muchos, pero los hay. Casi no hay periodistas por el estilo. En ese océano de egocentrismo en el que se ha convertido el ambiente de la crónica periodística y el periodismo literario, en el que todos dicen yo y el uso de la primera persona y la subjetividad de quien escribe siempre está por encima de la historia que se cuenta, Leila Guerriero (Buenos Aires, 1967) bracea en soledad. Mal no le va.

Guerriero es editora para América latina de la revista Gatopardo, dirige una colección de ensayos para la Universidad Diego Portales de Chile y publicó, además de decenas de perfiles y reportajes para medios de buena parte del mundo hispano, los libros Los suicidas del fin del mundo, Frutos extraños, Plano americano y Una historia sencilla. En 2010 uno de aquellos textos, "El rastro en los huesos", sobre el trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense, recibió el premio CEMEX+FNPI que entrega la Fundación García Márquez. Entre otras alabanzas ciertas, Mario Vargas Llosa dijo que su periodismo "es el de los mejores redactores del New Yorker, establece un nivel de excelencia comparable: implica trabajo riguroso, investigación exhaustiva y un estilo de precisión matemática".

Guerriero escribe textos en silencio, en largas sesiones de trabajo retirado del ruido del mundo, siguiendo el método contrario al de la mayoría de los cronistas: el de la invisibilidad absoluta

Desde hace dos décadas, Guerriero escribe textos en silencio, en largas sesiones de trabajo retirado del ruido del mundo, siguiendo el método contrario al de la mayoría de los cronistas: el de la invisibilidad absoluta. Para dar vida a sus personajes reales, y a sus historias, se convierte en una periodista transparente, la que desaparece, la que se hace humo: "Encuentro cierta belleza en que las cosas sucedan –absurdas, contradictorias, a veces irreales– y me gusta entrar en la realidad como a un bazar repleto de cristales: tocando apenas y sin intervenir. Para poder ver no sólo hay que estar: sobre todo, hay que volverse invisible. Aplicar discreción hasta que duela, porque sólo cuando empezamos a ser superficies bruñidas en las que los otros ya no nos ven a nosotros, sino a su propia imagen reflejada, algunas cosas empiezan a pasar".

Desde hace al menos una década también acepta, cada tanto, convites a foros, talleres y congresos sobre crónica en los que pocas veces dice yo, y muchas otras asegura que es autodidacta, que jamás pisó una cátedra de periodismo, que solo lee literatura, que no tiene, en verdad, ningún consejo que ofrecer. De a poco, a través del tiempo, fue publicando esas honestas intervenciones en revistas y periódicos, y ahora entrega una selección de aquellas piezas que valen por todos los cursos, talleres y clases que cualquier escuela pueda ofrecer. El volumen se llama Zona de obras, y conforma algo así como el manual del buen cronista.

¿Qué recomienda Guerriero, por ejemplo, a la hora de escribir? "Les diría: corran. Les diría: sientan los huesos mientras corren como sentirán después las catástrofes ajenas: sin acusar el golpe. Aguanten, les diría. Pasen por las historias sin hacerles daño (sin hacerse daño). Sean suaves como un ala, igual de peligrosos. Y respeten: recuerden que trabajan con vidas humanas. Respeten". Su trabajo, como sabían los grandes maestros del periodismo narrativo (John Hersey, Truman Capote, Gay Talese, David Foster Wallace, Curzio Malaparte, Ryszard Kapuscinski, Rodolfo Walsh, Tomás Eloy Martínez, Juan Villoro, Martín Caparrós), muchas veces comienza exactamente cuando se le pone el punto final a un texto: "Cuando termino, después de muchos días y varias correcciones, releo y me hago estas preguntas: ¿tiene toda la información necesaria, las fechas son correctas, las fuentes están citadas, la cronología tiene saltos inentendibles, hay escenas estáticas intercaladas con otras de acción, fluye, entretiene, es eficaz, no tiene mesetas insufribles, hay descripciones, climas, silencios, tiene todos los datos duros que tiene que tener, hay equilibrio de voces y opiniones, hay palabras innecesarias, tics, autoplagios, comas mal puestas, faltas de ortografía, me esforcé por darle, a cada frase, la forma más interesante que pude encontrar?".

Hay sabiduría condensada en los artículos reunidos en Zona de obras, una sabiduría, digamos, profunda y a la vez discreta: la que dicta la práctica paciente del oficio. Se pregunta Guerriero, porque la duda es el motor de sus reflexiones: "Para qué contamos lo que contamos, para qué miramos lo que miramos, para qué decimos lo que decimos. ¿Para denunciar, para señalar, para ser chistosos, para que nos antologicen, para ganarnos el pan de cada día, para viajar, para demostrar que pudimos, para decir miren, soy valiente, soy intrépido, soy cronista, soy actual, soy latinoamericano?". Ricardo Piglia aseguró en una entrevista que él escribe para saber qué es la literatura. La conclusión a la que llega Guerriero es similar: "Se escribe tratando de entender".

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