Pujia: amores y dolores

Dos exposiciones, una en la galería Principium y otra en el Museo Sívori, despliegan una vasta antología de la producción del escultor realizada en los últimos treinta años.
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10 de septiembre de 2000  

En tiempos en los que abunda la deshumanización, Antonio Pujia practica el culto del amor y la belleza, aunque no evite los temas duros. Un sentido poético de la existencia rige los motivos agradables y un irrenunciable poder plástico los demás. Se lo conoce popularmente por sus bailarines, en los que inciden los veintitrés años como escultor escenógrafo del Teatro Colón, sus pequeñas figuritas de plata o bronce y sus joyas. Pero tales piezas representan sólo una parte de su producción.

Los temas son amplios; provienen tanto del arte como de la vida. Comprenden intuiciones del espíritu de diverso carácter y fuerte emotividad, sin perjuicio de la exigencia intelectual que rige especialmente los que pueden modificarse, porque tienen partes móviles. Tal el caso, por ejemplo, de Guerra y paz II, bronce que representa un desnudo sensual con reminiscencias de Modigliani; lo oculta una cubierta envuelta en cuerdas que, si se abre, establece una oposición entre la belleza y la crueldad. Por lo demás, todas las piezas están referidas a lo humano, a los amores y las pasiones, a los cuerpos que se juntan o se separan según los dictados de la naturaleza, aunque a veces expresen las manifestaciones más perversas del hombre, como la guerra o la maldad.

La presentación tiene dos momentos y dos espacios distintos. Veintitrés trabajos de la última década, en tres series, Del amor, De la Belleza y Sin pan y sin trabajo, en el 2000 también integran la muestra que exhibe la galería Principium y un conjunto de setenta, a los que nos referiremos más abajo, la del Museo Sívori. Como se ve, el cuadro general excede lo que el propio Pujia señala en el catálogo como una selección dedicada en parte a revelar la injusticia social.

Las doce de la primera serie -tallas de mármol, madera y metales fundidos- se inspiran en los amores de los hijos y los nietos; las seis de la segunda, en la mujer. Los materiales son semejantes, pero la talla y el modelado se emparejan al integrar los materiales. La parte de metal, por su complejidad algo barroca, tiende a establecer una oposición formal con la madera o el mármol que bordea el kitsch, aunque se compensa por las proporciones de los desbastes. El equilibrio las aleja del mal gusto. La impresión que queda es la de haber logrado superar el temor de enfrentar esa dificultad y la renuncia personal que inhibe la libertad.

La tercera serie está sustentada por investigaciones sobre la cera de abejas trabajada cromáticamente en forma directa. Los colores de ese material, espeso en caliente y duro en frío, dan resultados a medio camino entre la pintura y la escultura. De cera son las piezas de Sin pan y sin trabajo, en el 2000 también. Hay tres versiones parecidas, pero de diferente tamaño, que evocan el cuadro casi homónimo de Ernesto de la Cárcova, reproducido con una leyenda en las mismas obras. El resto del título, "en el 2000 también", no requiere grandes explicaciones; actualiza las expresiones del gran maestro de la pintura y del escéptico Discépolo en tiempos de desocupación.

Ahora bien, hasta aquí, la muestra de la galería. El Museo Sívori presentará la década de los setenta y los primeros años de los ochenta con obras dolorosas, algunas de porte mayor: veintidós sobre No solamente Biafra; veintiséis de Martín Fierro despojado y otras veintidós de una tercera serie realizada entre 1976 y 1982. Todas transmiten emoción más allá de su aspecto formal, cambiante en ciertos casos, como en los "mutables" de las Estaciones de la existencia.

La serie de Biafra (primera cronológicamente) tiene su triste momento de inspiración en el hambre y la muerte que asuelan esa zona de Africa, aunque es obvia desde el título mismo la reprobación a esos flagelos en cualquier parte.

En la serie del Martín Fierro prevalece la condición humana intolerante y, en la tercera, la crueldad y la abyección de la tortura. En suma, abundan las calamidades, pero interpretadas con altura y con maestría tanto en la reciedumbre estructural como en la expresividad de los temas.

Las "estaciones" provienen de los años setenta, pero son de la década siguiente. Representan los pensamientos más profundos de Pujia, porque plasman los cambios interiores y externos de lo humano con supremo rigor imaginativo. Son reflexivas e inductoras. Las variaciones de forma y contenido a las que el espectador puede someterlas las modifican sin alterar su excelencia. Su complejidad conceptual excede las posibilidades del modelador en las que Pujia suele centrar su acción más directa. Abre la serie El espejo del alma, un bronce de tres piezas que pueden verse juntas o desmembrándolas para recomponerlas de otro modo. En los espejos y las sombras, que se representan como un plano, se perfilan los temas que asombraron a Pujia desde la niñez.

( Hasta el 23. En Principium, Esmeralda 1357. En el Museo Eduardo Sívori, Paseo de la Infanta 555, desde el 30, hasta el 22 de octubre. )

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