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Un legado para Nippur, una lección para todos

Javier Navia
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29 de noviembre de 2015  

En su ley, con una sonrisa y el puño apretado, Marie acaba de morir". Con esas palabras serenas pero definitivas Sebastián Corona anunció el 21 de abril pasado que su mujer, María Vázquez, había dejado de luchar contra un cáncer de útero a los 43 años. Lo anunció en Twitter, en la misma cuenta en la que ella desde hacía semanas, con dolor, pero con igual serenidad y entereza, había relatado el avance de su enfermedad hasta que sus fuerzas se lo permitieron. Nunca pretendió dar lástima ni conseguir empatía. Detestaba que le dijeran "va a estar todo bien" porque sabía que no sería –que no era– así, y simplemente contaba su lucha porque quería contar y no callar. Con ironía llamaba "show" a su relato, que comenzó en septiembre y terminó en otoño. Allí hablaba de su pelo, de los dolores –físicos y del alma–, de las cosas que le escribía la gente, de lo que ya no podía comer, de su madre que había muerto de cáncer el año anterior. Algunos días en que no podía ni sentarse no encontraba fuerzas para escribir, pero luego volvía a hacerse presente con humor y se refería a la quimioterapia como Kimmy Oh, "una estrella del K-Pop decidida a triunfar cueste lo que cueste".

Y a veces María hablaba de Nippur, su hijo de tres años al que no vería crecer. La clásica historieta del antiguo guerrero había inspirado el nombre por el que ella y Sebastián debieron pelear en los tribunales. Pero cuando se ganó esa batalla empezó la otra, la suya, la que no podía ganar, y a Marie le angustiaba que Nippur no conociera la historia de su mamá contada por ella misma.

Un día comentó que entre los regalos que sus seguidores le mandaban había "desde una fuente de vitel toné hasta un cuaderno". En sus páginas Marie comenzó a escribir a mano un libro, su legado para Nippur. En él empezaba diciéndole cuánto lo amaba, y esto lo subrayaba o rellenaba las letras con pinturitas. Le contaba de su origen, de los abuelos, de su escuela en Catalinas Sur, de los juegos de la infancia. Le hablaba de Sebastián, de las cosas que debían hacer juntos cuando ella ya no estuviera. A veces le escribía de sus comidas favoritas, de lo que le gustaría estar haciendo, y en las páginas sin renglones pegaba fotos, sobrecitos y dibujaba corazones. También le hablaba de la tolerancia, de ser auténtico, de lo que a él le espera en la vida, como la adolescencia –"se termina algún día, si uno lo permite"– o los romances –"el amor gobierna, no trates de huir"–. En el último capítulo le habló de Nippur de Lagash, el luchador noble y solitario. "Vos sos Nippur, un Nippur, el Nippur. Y ahora pienso que esta historia va con este nombre".

Cuando murió, Sebastián recogió su cuaderno, El cuaderno de Nippur, y se propuso publicarlo en forma de libro para cumplir así el último deseo de Marie. La editorial Planeta tomó el encargo e hizo un trabajo maravilloso para reproducirlo hasta el último detalle. Salió a la calle este mes y su primera edición se agotó en pocos días. Es la historia de una heroína que no vivió en Lagash sino entre nosotros. No pretendió enseñarnos nada porque tan solo quería vivir, pero nos dejó lo mejor que tenía: la sabiduría para comprender lo esencial de la vida, por lo que vale la pena luchar.

El cuaderno es para Nippur, pero nos sirve a todos.

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