Una sociedad que pide el derroche

Ricardo Esteves
Ricardo Esteves PARA LA NACION
No es sólo responsabilidad de los gobernantes el péndulo de populismo consumista y ajuste en que se debate el país; se hace difícil gobernar si todos los sectores sociales tiran fuerte del mantel en reclamo de su tajada
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4 de diciembre de 2015  

Los ajustes suelen originarse en causas estructurales: el agotamiento de una cuenca minera, la inviabilidad de una actividad industrial o una crisis por contracciones de los precios o las demandas. En la Argentina, en cambio, los ajustes se ven forzados por el despilfarro de las respectivas administraciones.

Comparemos los desempeños de la Argentina y Chile desde el advenimiento de las democracias. Más allá de los crímenes aberrantes que hayan cometido los dos regímenes, el de Chile entregó a la democracia de su país una economía ordenada y en crecimiento. Y desde el primer gobierno de la Concertación de Patricio Aylwin a hoy –y van ya por el sexto mandato presidencial– Chile no conoció derrochadores ni ajustadores. A pesar de haber tenido administraciones de distinta orientación ideológica, con amplia mayoría de gobiernos de cuño socialista, todas ellas manejaron con responsabilidad las cuentas públicas. Y los resultados están a la vista: aun con recursos y potencial limitados, Chile tuvo la mejor performance de América latina. Arrancó con un PBI per cápita que era apenas superior a la mitad del argentino y hoy tiene uno más alto que el nuestro y el más elevado de toda la región. Y se encuentra a las puertas del desarrollo.

Al tiempo que la Argentina apretaba el acelerador del consumo a fondo cuando los precios de la soja llegaban a las nubes, Chile, que vivió algo similar con los valores del cobre, creaba un fondo nacional de reserva anticíclico, previendo los posibles años de vacas flacas.

La historia en la Argentina, aunque igual de dolorosa, fue más triste. La dictadura le legó a la democracia la derrota de Malvinas: una economía esquilmada por la propia guerra y un país aislado del mundo. Desde entonces, la Argentina vivió enfrascada en una sucesión de ciclos de ordenamiento macroeconómico –o sea, ajustes– e inmediatamente otros de despilfarro que desembocaban necesariamente en un nuevo ajuste.

La sucesión de ciclos llegó a darse en un mismo mandato. Alfonsín, con la enorme legitimidad que le dio el retorno de la democracia y el haber derrotado al peronismo, a pesar de tener en contra a ese partido y a los sindicatos, pudo ordenar la economía con el Plan Austral. Pero sucumbió a la tentación populista. En la última fase de su gobierno exacerbó el consumo y el gasto público buscando apoyos para sus ensoñaciones hegemónicas (Tercer Movimiento Histórico y cambio de la capital a Viedma incluidos). Y acabó como era de esperar: con hiperinflación y abandono del poder antes del fin de su mandato. Esto demuestra que el vicio del populismo no es patrimonio exclusivo del peronismo. Incluso si nos remontamos más atrás en la historia y nos adentramos en el último régimen militar, encontraremos en su seno los mismos procesos con similares resultados.

Luego de Alfonsín vino Menem. Y pudo reordenar el descalabro heredado a través de la convertibilidad monetaria. La extraordinaria ventaja que significaron la estabilidad de precios y la apertura al mundo pudieron compensar el efecto traumático que implica todo reordenamiento macroeconómico. En esta experiencia tal vez puedan las futuras autoridades basar una dosis de optimismo de cara a la dificilísima coyuntura con que se encontrarán.

Pero Menem tampoco pudo resistirse, y su gobierno desembocó en otra fiesta consumista financiada –¡vaya aberración!– con crédito externo y en moneda dura.

En el kirchnerismo se juntaron fortuna (por los muchos factores favorables con que contó la gestión), astucia política y carencia de escrúpulos para enhebrar el ciclo consumista más extenso de la historia moderna del país. Lo excepcional, por su duración, han sido estos 12 años consecutivos de consumismo, sin inversión y con obsolescencia del patrimonio comunitario, para volver a desembocar en lo mismo de siempre. Han sido muchos años perdidos, con las mejores condiciones externas de toda la historia del país.

Como principal legado nos queda la tan argentina expresión de "quien nos quita lo bailado".

Digámoslo con un término popular, el país vivió siempre "al mango", gastándose en el acto peso que entraba en la billetera, sea peso ganado o peso prestado.

Admitámoslo, no es solo responsabilidad de los gobernantes: la sociedad es cómplice de estos fracasos. Esa complicidad se esconde en el principio que avala un penal mal cobrado si favorece a nuestro equipo. O que acepta el fraude electoral si beneficia a nuestro candidato, o para salvar un "modelo".

Se hace muy difícil gobernar con la presión desesperada de la sociedad –y con los sindicatos haciendo punta de lanza– demandando consumo. Es en algún sentido entendible: todos los sectores han perdido ingreso en términos relativos con relación a otros períodos donde el país estuvo mejor administrado. Es como si todos los sectores sociales al unísono tiraran con fuerza del mantel reclamando su tajada.

Todos queremos recuperar lo que tuvimos y sentimos que nos pertenece. En cambio en Chile el proceso de ascenso social arrancó desde más abajo. Ellos han ido a más y nosotros a menos.

La tendencia recurrente al populismo se da porque es algo arraigado y consentido por la sociedad. Aconteció tanto con el presunto neoliberalismo de Menem como con el supuesto progresismo de los Kirchner.

Se juega con mitos y slogans que son totalmente falsos, como que los ajustadores están al servicio del sector financiero.

El último ajuste, el que le hizo el mercado al gobierno de la Alianza, le costó la friolera de 75.000 millones de dólares al sistema financiero internacional. Por el contrario, son los populismos los que más contribuyen al sector financiero. Este sector pasa a ser un aliado fundamental –casi siempre a la fuerza– de los populismos para mantener la fiesta consumista. Ya sea financiando al Estado en sus desórdenes presupuestarios o para saciar la fiebre consumista de la sociedad.

En esos contextos –la mayoría de las veces inflacionarios– los funcionarios son mucho más condescendientes en aceptar tasas y condiciones desfavorables para el Estado con tal de hacerse de caja para seguir gastando y haciendo política.

Es verdad que la producción se resiente ante el ajuste, pero el sistema financiero tambalea cuando, por su causa, particulares y empresas dejan de pagar sus créditos.

Veamos lo que sucedió con el ajuste de 2002, donde muchos bancos se fueron del país con fuertes quebrantos y otros cambiaron de manos. Se salvaron las entidades, pero en muchos casos sus dueños perdieron todo su capital accionario.

En cambio, durante la expansión consumista del menemismo –al igual que en estos años de populismo– el sector financiero ha florecido como en los mejores tiempos.

El populismo de los años 90, a través de resoluciones del Banco Central, redireccionó los ahorros depositados en los bancos a financiar el desbordado gasto público. Dejó una situación explosiva que forzó al Estado, a comienzos de este siglo, a repudiar sus deudas, poniendo a los bancos como "cabeza de turco" de sus fechorías. Los bancos son meros intermediarios; quien se "fumó" el capital de los argentinos fue el Estado al servicio del populismo.

Los militares pensaban quedarse 30 años; Alfonsín, prolongarse en su movimiento; Menem bregó por la re-reelección, y los Kirchner quisieron, amparados en su modelo y la sucesión recíproca, gobernar para siempre. ¿Se conformarán los ganadores de hoy con hacer un buen trabajo –y enhorabuena que lo consigan– y regresar a sus casas? ¿O imitarán a sus antecesores?

Ante este panorama y lo que se avecina, ¿podemos ser optimistas? Sí, absolutamente. A condición de que cada uno de nosotros aporte su grano de arena para erradicar la nefasta inclinación al populismo.

El autor es empresario y licenciado en Ciencia Política

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