Quería liberar un libro...

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4 de diciembre de 2015  • 10:37

Quería liberar un libro. Me lo venía proponiendo hace tiempo.

Hace unos tres años me había encontrado con Arráncame la vida en un banco de la Giordano Bruno; desde entonces me sentía en deuda, sentía que así como alguien había soltado un libro para que yo recibiera (del cielo), yo debía soltar uno mío, de mi biblioteca, para otro vivir similar sorpresa.

Pero no podía liberar cualquier libro.

La situación de tener que elegir un libro de muchos me obligaba a una elección con sentido. Debía elegir un libro que por algún motivo yo considerara especial, uno de esos libros que dejan huella.

Ahora bien, todo lo desapegada que soy con la ropa, con los objetos en general, no lo soy con este objeto (en particular).

He llegado a dejar un lavarropas en casa de un ex novio, he dejado un escritorio, seguramente habré dejado ropa que no tenía ni en mente... pero libros, no. No a consciencia.

Si soy apegada con los libros en general, imagínense con un libro que yo siento me marcó de algún modo.

¿Cómo iba a desprenderme tan fácil de un objeto así... sin tener, por otro lado, la certeza de que quien lo encontrara fuera a apreciarlo?

Esta semana me puse un deadline: "voy a escribir acerca de esta consigna el día viernes".

No tenía salida, entre lunes y martes me senté cara a cara con la biblioteca, dispuesta a tomar la decisión, queriendo desafiar mis límites. Y el primer o segundo libro con el que mis ojos se toparon fue Mi planta de naranja lima... por dos. Ah, sí, caí en la cuenta de algo que ya sabría pero no tenía presente:

Tenía dos ejemplares.

Dos ejemplares del primer libro que leí en mi vida.

Era una buena razón para elegirlo.

Que fuera el primero, que fuera un libro que en su momento me conmovió (me puso en contacto con la muerte, con el shock de la pérdida de un ser querido)...

Tenía que ser éste.

Antes del viernes, voy a llevarlo al parque.

¿Y si lo libero en el predio del colegio?

Es un libro para niños.

El caso es que cuando creía que había superado mis resistencias y el camino estaba liberado -valga la redundancia- para liberar aquel objeto, volví a frenarme.

Ya era jueves, horas antes de este presente, lo tenía en mis manos, los tenía a ambos, tenía que elegir cuál de esos dos ejemplares liberaría.

¿El mío?

Porque debí reconocer que uno de esos libros me pertenecía y el otro no (¿a quién le pertenecería? ¿Al padre de mis hijas?).

Pero si efectivamente fuera de él, ¿no debería preguntarle antes de darlo? Probablemente él quisiera tenerlo consigo.

Y el mío, mi ejemplar, ¿podía liberarlo?

Bastó que mirara en detalle la ilustración de la tapa para volver a sentirme echada en la cama de mi abuela en Almirante Brown y la costa, departamento, piso 11, de Mar del Plata.

Me teletransporté a ese espacio, a ese tiempo pasado.

Y ella, mi abuela, ¿habrá sido de ella? ¿ella me lo habrá regalado?

¿Puedo en este momento, en este aquí y ahora en el que discuto con mi agenda para que me dé huecos de encuentro con mi abuela, puedo dejar un libro que con solo mirarlo, con solo tocarlo, ni hablar de olerlo, me trae, como la magdalena de Proust, una catararta de sentimientos primarios?

No puedo libertarte, libro.

No, no voy a poder hacerlo. Si lo hiciera, me sentiría tan estúpida, me arrepentiría durante mucho tiempo. ¿Quién me obliga a jugar ciegamente el juego?

No estuvo mal proponérmelo. De hecho, descubrí un objeto con gran valor afectivo, yo que creía no tener tales.

¿Pero aquí me quedo?

Voy a liberar este libro del único modo que me nace hacerlo.

Ah, sí, algunas de ustedes ya estaban preguntándose qué diablos tenía que ver esta anécdota con el tema de este blog, esperen.

Te elegí. Voy a regalarte.

Hay dos ejemplares. El que no es mío imagino debe ser del padre de mis hijas (y si no fuera de él, no sabría de quién).

Termino la redacción del texto y lo llamo. Y le consulto mi idea de paso.

Voilà!

La única manera que está madre pudo resolver –por ahora- la consigna.

Regalándole una planta de naranja lima a cada una de sus hijas.

(Qué bien me siento).

...

En un par de semanas me propongo hacer la consigna de nuevo.

¿Qué libro de su infancia les gustaría que sus hijos lean? Si tuvieran que liberar un libro, ¿cuál elegirían?

PD: ¡Muy buen fin de semana largo! Como siempre, si quieren escribirme por privado, me encuentran en FB.

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