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Tabúnomics: ¡de eso no se habla!

Bajo su mote de "ciencia sombría", la economía se permite investigaciones sobre temas como la relacióndel nivel de actividad con una cacería de brujas o con la sexualidad; cómo es el lado escabroso de los estudios
Walter Sosa Escudero
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6 de diciembre de 2015  

El libro de texto de Theodore Bergstrom dice en su prefacio que asistir a las clases de un buen docente es como aceptar la invitación a cenar a la casa de un caníbal: uno no sabe si va a cenar o si se lo van a cenar a uno, intentando ejemplificar que en la docencia verdadera es tanto el alumno el que aprende del docente como lo contrario. Lo desopilante del comentario es la alusión al canibalismo, porque... de eso no de habla. Salvo en una disciplina como la economía, que haciéndose cargo de su mote de "ciencia sombría" parece dar cabida a todo aquello que haría ruborizar a las señoras del barrio: prostitución, pedofilia, cadáveres, órganos sexuales, caza de brujas y tantos temas que más que a una ciencia parecen pertenecer al imaginario de un grupo berreta de heavy metal. He aquí un recorrido por este costado escabroso de la economía, disciplina que parece no hacerle asco a nada.

Este periplo arranca allá por el Medievo, período oscuro si lo hubo. Puede que las brujas no existan, pero que en el siglo XVI las había, seguro, hasta el punto que 400 pobres mujeres fueron masacradas en un solo día en la infame cacería de brujas de entonces. En base a un meticuloso estudio estadístico, Emily Oster, economista de la Universidad de Brown, conjetura que este brutal aumento en estas prácticas ocurrió como una suerte de chivo expiatorio, en un período de muy bajas temperaturas (conocido como "miniera de hielo") que conllevó un deterioro marcado en la economía de entonces. Oster, que el año pasado escribió un libro sobre una mirada económica al hecho de ser madre, se nutrió de nuevos descubrimientos "paleoclimáticos", una disciplina relativamente reciente que permite determinar con exactitud las temperaturas en siglos pasados.

Gary Becker obtuvo su premio Nobel en 1992 por sus estudios de problemas típicamente sociológicos (como el crimen, el uso de drogas o la discriminación racial) utilizando las herramientas del análisis económico. Una vez abierta la compuerta de la frontera disciplinar, el aluvión temático de una disciplina a la otra fue incontenible. Lena Edlund y Evelyn Korn, de la prestigiosa Universidad de Columbia, comienzan observando que la prostitución es un evento mucho más común que lo que la gente supone, hasta el punto que 20 de cada 1000 mujeres americanas han ofrecido su cuerpo a cambio de dinero, según cifras oficiales. El trabajo prosigue con un modelo matemático que da cuenta del "oficio más antiguo del mundo", sus causas y consecuencias. Bruno Fey, de la Universidad de Zurich, encontró una vuelta de tuerca en un artículo llamado Publicar como una actividad prostibularia, en el que estudia la tensión que enfrentan los economistas académicos entre investigar sobre sus propias ideas y aquellas en las que no creen, pero que le garantizan avanzar en la profesión.

El propio Gary Becker contribuyó a este costado macabro de la profesión. En un artículo escrito con el economista argentino Julio Elías, estudió la efectividad de un sistema de incentivos para la donación de órganos cadavéricos, en donde revisan propuesta de usar compensaciones monetarias para aumentar la oferta de donaciones para trasplantes, práctica aceptada en pocos países, como Irán o la India. El trabajo de Becker, que falleció en 2014, causó un revuelo mediático tremendo.

Una burda forma de llamar la atención es soltar la frase "el tamaño importa" en el título de un trabajo académico, para luego desilusionar haciendo referencia a la dimensión del Estado o a la capacidad instalada de una fábrica. Tatu Westling, de la Universidad de Helsinki, no anduvo con vueltas ni eufemismos, y estudió la relación existente entre el crecimiento de la economía y el tamaño del pene. En el marco de una disciplina proclive a explicar lo inexplicable, aventura que la relación tiene que ver con que el tamaño del órgano sexual masculino se relaciona con la testosterona, que a su vez impacta sobre las actitudes frente al riesgo, lo cual mejora la performance económica (y la otra). Westling utilizó un ranking mundial de una asociación de sexólogos que tiene relevados los tamaños promedio de cada país (la Argentina está en mitad de tabla, los países africanos al tope y los asiáticos al fondo). El lector podrá imaginar las consecuencias de política económica que se derivan de este hallazgo.

Los economistas argentinos Ricardo Perez Truglia y Nicolás Bottan encararon la ingrata tarea de estudiar los más de 3000 repudiables casos de pedofilia o abusos sexuales perpetrados por sacerdotes en los Estados Unidos, para cuantificar su impacto en la religiosidad. Entre otros efectos encuentran que estos escándalos le costaron a la Iglesia Católica norteamericana más de 2300 millones de dólares anuales, en términos de las caídas en donaciones originadas por estas escandalosas actividades. Un "experimento natural", como se dice en la profesión, que también tuvo repercusión en la prensa.

"Me sacan de contexto" es el latiguillo preferido de los mediáticos cuando justifican sus improperios. Algo similar debió ocurrirles a los organizadores de la Conferencia sobre Pureza y Defecación al Aire Libre, auspiciada por un organismo internacional. El contexto es serio y urgente. Varios estudios científicos (en los que ha participado la argentina María Laura Alzua, del Cedlas de La Plata) muestran que algunas políticas muy simples sobre prácticas sanitarias que eliminan la defecación al aire libre tienen un impacto considerable en la salud de los niños, en regiones de pobreza extrema. Las vidas a salvar con cambios de conducta son millones.

La economía da para todo. Y luego de escuchar estas incursiones en la brujería y los cadáveres, no faltará quien le diga a sus críos: "Niños, a tomar la sopa inmediatamente. Que si no viene el economista".

El autor es profesor de la Universidad de San Andrés e investigador del Conicet

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