El reencuentro con la verdad

Daniel Gustavo Montamat
Daniel Gustavo Montamat PARA LA NACION
Tras muchos años en los que el relato oficial veló la realidad a través de la manipulación y la mentira, el país necesita asumir las dificultades del presente a fin de reconciliarse con el futuro en un proyecto consensuado para el siglo XXI
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7 de diciembre de 2015  

Fueron muchos años en los que el relato del kirchnerismo se erigió como expresión de la realidad en el país. Un relato que combinó la negación de una realidad objetiva con la articulación retórica de "verdades líquidas" para construir poder sobre los viejos cimientos de la manipulación y la mentira.

Muchos argentinos cedieron a la farsa seductora de exculpar los males en otros y vivir el presente ignorando la verdad. Son los más expuestos al sacudón del desengaño. Están los que resistieron el relato pero creen que una nueva desilusión colectiva retroalimentará el escepticismo resignado. Pero también están los que han propiciado un reencuentro con la verdad para que el conjunto de los argentinos recupere la esperanza en un proyecto alternativo de república y desarrollo inclusivo. De ese proyecto pende nuestro futuro como nación.

Cuando Popper publicó su famosa obra La lógica de la investigación científica (1934) todavía no conocía la teoría de la verdad desarrollada por Alfred Tarski. Éste en definitiva rehabilita la vieja teoría de la verdad como correspondencia entre los enunciados y los hechos (una teoría es verdadera si y sólo si corresponde a los hechos). Popper no niega esto, pero sostiene que nunca es posible saber con certeza si algo es verdadero. Por eso, prefiere hablar de "aproximación a la verdad". Hay una realidad objetiva y la verdad se establece como "verosimilitud" entre el enunciado y el hecho. Un enunciado es verdadero hasta que un nuevo dato empírico de la realidad lo desacredite como falso.

En el fondo, lo que propone la verosimilitud de la razón crítica es una correspondencia atenuada entre el enunciado y el hecho de la realidad, para evitar los desvíos dogmáticos del racionalismo y sus "verdades" indiscutibles de las que se han nutrido tantos fundamentalismos políticos y económicos. Otro problema serio surge cuando se niega una realidad objetiva contra la cual contrastar el enunciado de verdad, porque entonces desaparece todo criterio de correspondencia o verosimilitud. La "verdad" se vuelve subjetiva y se impone por criterio de relevancia temporal sobre otras "verdades" subjetivas. El relato de estos años combinó fundamentalismo y "verdades subjetivas", en desmedro de la verdad que reflejaba la realidad.

El deber con la verdad de la nueva administración es mucho más que restablecer un sistema estadístico confiable que vuelva a mostrarnos la evidencia de lo que nos pasa. Hay que cambiar la actitud colectiva frente a ese reencuentro con la realidad. El análisis clínico puede mostrar hiperglucemia, colesterol elevado y uremia alterada; el electrocardiograma, fibrilación auricular, y el chequeo clínico, hipertensión arterial, pero todos esos signos son alertas que se vuelven irrelevantes en un paciente que los ignora, que se enoja con el médico o que considera que todo el mundo convive con ellos sin pasar a mayores. Resultado: no hay diagnóstico ni remedio posible.

Venimos de años en los que el relato eludió los signos del cuerpo social y le dijo a la sociedad que era "estigmatizante" medir la pobreza, que era discriminatorio comparar en público el rendimiento de los establecimientos educativos, que los delincuentes eran víctimas de la sociedad y que la inflación y el estancamiento eran "sensaciones". La sociedad fue anestesiada, a fuerza de relato, de los signos de anomia, corrupción, exclusión social, transgresión institucional y marginalidad.

El reencuentro con la verdad requiere dejar de exculparnos frente a lo que señala la evidencia y tomar medidas correctivas. Para eso es terapéutico comparar nuestra verdad con la de otras sociedades. ¿En que quedó la experiencia chavista que el modelo "nac & pop" promovió como referencia de las aspiraciones latinoamericanas? ¿Qué datos nos provee la realidad de aquel país hermano donde los principales líderes opositores están presos? ¿Por qué en Brasil un juez pudo introducir el bisturí hasta los tejidos más profundos de la corrupción sistémica y aquí no se puede? ¿Por qué en Chile a nadie se le ocurre malversar el uso de los fondos del sistema de pensión y aquí es moneda corriente? ¿Por qué en la región las monedas han ajustado su competitividad al dólar con mínimo traslado a los precios y nosotros seguimos apreciando el peso con inflación de dos dígitos? La inflación tampoco es un problema en ninguno de los países de la región, salvo Venezuela. La comparación de los datos de nuestra realidad con los datos de otras realidades no sólo es necesaria para terminar con la actitud social negadora o exculpatoria, sino también para someter la verosimilitud de nuestra verdad con la verosimilitud de otras verdades en la experiencia comparada y tomar lo que funciona. ¿Qué es lo que ha permitido el desarrollo económico y social en otros países? ¿Cuáles son las instituciones que actúan como catalizadoras del proceso de desarrollo?

La razón crítica debe apelar a la comparación para evitar los fundamentalismos del pensamiento único y de las verdades axiomáticas. Ya hemos probado el fundamentalismo del mercado y el fundamentalismo estatista y no hemos podido zafar de los ciclos de "ilusión y desencanto". Ya pasamos de las "relaciones carnales" al recelo antiyanqui, sin entender que en las relaciones internacionales priman los intereses a las conveniencias ideológicas de ocasión. Ya deambulamos del barquinazo proteccionista al de la apertura extrema con fracasos productivos, y de la "inflación cero" a la hiperinflación, para volver a la inflación crónica. Desde hace décadas, perdemos posiciones relativas en el conjunto de las naciones; desde hace décadas, vivimos aferrados a nuestro potencial y nostálgicos de riquezas pasadas que ya fueron.

El reencuentro con la verdad implica también la capacidad de reconciliarnos con el futuro. La mentira tergiversa el pasado y aferra al presente. La verdad asume el presente y tiende puentes al futuro. Con fundamento en la verdad y en la razón crítica, la Argentina se debe un proyecto para el siglo XXI. Un proyecto que traduzca consensos básicos y que canalice la energía social en la superación de aquellos males que hemos querido negar o ignorar durante demasiado tiempo. Un proyecto que rescate los valores del esfuerzo, la decencia, el mérito y la solidaridad social. Un proyecto que restablezca la confianza entre nosotros, para que volvamos a ser confiables en la región y el mundo. Un nuevo proyecto "para nosotros, para nuestros hijos y para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino".

Doctor en economía y doctor en derecho

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