Cuadros que laten con fuerza

Puro corazón. Tolomei comparte con Kandinsky la obsesión por los colores.
Puro corazón. Tolomei comparte con Kandinsky la obsesión por los colores.
En Latidos, Gabriela Tolomei exhibe cuadros y objetos intervenidos, con el color, la pasión y el corazón, en la búsqueda de una espiritualidad luminosa.
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9 de diciembre de 2015  • 10:43

Por Leni González

"En mi casa, donde me crié, latía el arte, se respiraba desde que era chica", dice Gabriela Tolomei, buscando algún mandato lejano. Pero hay cosas que no se olvidan. Que recorren caminos y regresan no se sabe bien por dónde. El umbral de la pintura se fue abriendo para revelarse del todo más tarde. Primero, en el taller de Ana Fuchs, y luego, con el estudio de la kabbalah y la lectura de El camino del artista (Julia Cameron, 1992), momentos que la ubicaron en el lugar exacto donde se cruzan el presente y la certeza: "Ahí sentí la convicción profunda de que era artista, y desde entonces, dejé todo y nunca más paré".

Latidos, el nombre de la muestra que presenta en Espacio Escarlata, es corazón, pasión, pálpitos. Latidos es color, es decir, "un medio para ejercer una influencia directa sobre el alma", como dijo su admirado Wassily Kandinsky. Para Tolomei, color es vibración interior. No hay otra forma de acercarse a sus acrílicos sobre tela, que inundan la vista de luz y de sol, de flores y alas, de ganas de vivir. No hay vacío ni angustia en ese jardín salvado del deterioro. "Lo que se gesta en primera instancia es el color, la maceración del color, la búsqueda de la luz a través de los colores. Busco, en esa luz, una mística, un mensaje, una espiritualidad", dice.

Desde 2009, cuando debutó en una muestra en una galería porteña, expuso en el Hotel Hilton, la Embajada de Alemania, la Casa de la Cultura de San Isidro y Buenos Aires Design, y también en Nueva York, Londres, Los Ángeles, San Diego, Miami, Barcelona, México DF y Punta del Este.

"Cada obra tiene su protagonismo, su tiempo y su relato. Pero tengo algunas preferidas", dice. Y menciona tres: "Una es Alegría, mi primera obra, de 2009, porque me despertó mucho deseo y productividad. También recuerdo especialmente la primera obra que vendí: Me enamoré de vuelta. Y La contemplación, basada en un lugar adonde voy a meditar en Brasil desde hace muchos años".

Tolomei reconoce su obra en la abstracción lírica con base en el fauvismo. Entre sus influencias menciona a Vincent Van Gogh, Paul Cézanne, Pablo Picasso, Marc Chagall, Willem De Kooning, Henri Matisse y Jackson Pollock. "Experimento como si fuera una alquimista. La naturaleza me inspira, las sensaciones me guían", afirma. "Mi obra bucea en el conocimiento del alma, no del intelecto, en la espiritualidad y el misticismo".

Además de los cuadros, Tolomei interviene objetos y muebles porque le permite practicar otra dinámica creativa, la del trabajo tridimensional, que transforma sillas, butacas y mesas en piezas únicas. Pero ahora amplía su interés por la decoración con un nuevo lanzamiento, su proyecto de brand, es decir, la aplicación de las obras de arte en materiales como metal, cerámica, vidrio o acrílico. En la muestra, puede verse un ejemplo de cómo la tecnología hace posible este tipo de reproducción con gran calidad.

Para latir, hay que estar vivo. Nada más. En el paseo por los sonoros Latidos de Tolomei, la vida está presente tal como la soñamos, apasionada y tenue. Cada tela parece guardar el secreto de la alegría que la artista nos acerca con la espontaneidad de quien abre la puerta de su casa.

De martes a sábado, de 15 a 20. En Escarlata Espacio de Arte, Serrano 1408.

Pintura que suena

Parte de lo que recauda en sus ventas, Gabriela Tolomei lo dona a la orquesta infantil de cuerdas Divino Niño Jesús, de Yerba Buena, Tucumán, que dirige Marcelo Ruiz, violinista de la orquesta estable de esa provincia. En 2007, este inquieto profesor se presentó en el comedor de Cáritas, del barrio 2 de Septiembre, con ganas de enseñar música clásica. Empezó con siete chicos y siete violines prestados. Y, de a poco, crecieron y hasta tocaron en el Teatro Colón, en 2010. Hoy son más de cien los nenes y las nenas que sueñan con ser músicos, una experiencia multiplicadora que se repite en otros barrios.

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