Ante el dolor de los demás

Maximiliano Tomas
Maximiliano Tomas PARA LA NACION
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10 de diciembre de 2015  • 01:50

La vida y la obra de la escritora Svetlana Alexiévich permanecía fuera de los radares de la crítica literaria principalmente por el carácter de su trabajo: largos reportajes periodísticos en los que las voces de la gente común son las principales protagonistas. Sin embargo, Alexiévich cumplía con varios de los requisitos implícitos que se supone hay que tener para lograr, como finalmente lo hizo en 2015, el Premio Nobel de Literatura: una nacionalidad periférica (bielorrusa), la edad suficiente (67 años), varias distinciones importantes anteriores (sobre todo en Europa) y una obra que contribuye a poner de relieve algunos de los grandes males del mundo occidental. A la Academia Sueca encargada de conceder el galardón se le suele reprochar su conservadurismo, e incluso algún que otro rasgo xenófobo, como el menosprecio de la cultura norteamericana actual. Pero esta vez sus miembros sorprendieron a muchos, porque la elección se dio en sintonía con una idea bien divulgada en los estudios literarios contemporáneos: aquella que reflexiona sobre la difuminación y el borramiento de la frontera entre los géneros.

Alexiévich es una periodista de guerra (de sus retazos, sus vestigios y esquirlas) de investigaciones pacientes, que cree en la necesidad de realizar cientos de entrevistas (trabajos en los que puede demorarse décadas) para conformar el coro presente en cada uno de sus libros; una periodista que organiza sus materiales (recortes, publicaciones, grabaciones, conversaciones) para sacarles el mayor provecho, y que está convencida de que no hace falta dotarlos de escenas o personajes de ficción para volverlos indelebles. Esta reportera, que no escribió una sola linea inventada en su vida, fue quien obtuvo este año el Nobel de Literatura, para sorpresa de muchos y escándalo de unos cuantos. Así las cosas: ¿quién es el conservador ahora?

La escritora Svetlana Alexiévich, premio Nobel de Literatura en 2015, tiene una obra que contribuye a poner de relieve algunos de los grandes males del mundo occidental.

Un mes y medio después de conocida la noticia han aparecido en castellano dos de los cinco libros de Alexiévich: La guerra no tiene rostro de mujer (libro publicado originalmente en 2013) y Voces de Chernóbil (2005). Como toda la obra de Alexiévich, ambos forman parte de su interés por retratar la vida durante y después del auge de esa cultura y esa potencia llamada Unión Soviética. En el discurso de aceptación del premio, el lunes pasado, la escritora se refirió a su método de trabajo: "Dostoievski pensaba que la humanidad sabe mucho más sobre sí misma que lo que la literatura ha registrado. ¿Entonces qué es lo que yo hago? Recojo la vida cotidiana a través de sentimientos, pensamientos, palabras. La vida de mi tiempo. Estoy interesada en la historia del alma. La historia cotidiana del alma, esa que no sale generalmente en la foto, o que es desdeñada. Trabajo con la historia perdida. Se me suele decir, incluso ahora, que lo que yo escribo no es literatura, que se trata de un documento, de un registro. ¿Pero qué es hoy la literatura? ¿Quién puede contestar esta pregunta?".

Esa fascinación por el habla cotidiana, por la vida de los de abajo (no necesariamente los marginados sino los invisibilizados) la acompaña, según confesó, desde que era pequeña: "No estoy sola en este podio… Hay voces a mi alrededor, cientos de voces. Estuvieron conmigo siempre, desde mi infancia. Crecí en el campo. Como todos los chicos, nos encantaba jugar fuera de casa y cuando caía la tarde las voces de las mujeres cansadas que se sentaban en los bancos nos atraían como imanes. Ninguna tenía marido, padre o hermano. No recuerdo hombres en nuestro pueblo después de la Segunda Guerra: durante la guerra uno de cada cuatro bielorrusos había muerto. Después de eso, todos los chicos vivíamos en un mundo de mujeres. Y lo que más recuerdo es que estas mujeres hablaban de amor, no de la muerte. Contaban historias de cómo habían despedido a sus hombres el día antes de partir al frente, hablaban de esperarlos, y de cómo todavía lo hacían. Habían pasado años, pero ellas seguían esperando".

El reconocimiento al periodismo narrativo como género capaz de ser ungido con el máximo galardón literario llega en sintonía con la crisis de lo que en Latinoamérica se conoce como crónica periodística. Luego de una década de auge, antologías, revistas, congresos y colecciones de libros, los periodistas narrativos se han envanecido y se ha establecido una suerte de starsystem de consecuencias llamativas: en general ya no se cuenta la historia de otro sino que es el cronista quien utiliza estos espacios de visibilidad para hablar de sí mismo. El interés ha sido desplazado: antes se pesquisaba una historia o un personaje que sirviera de metáfora para dar cuenta de algo que no funcionaba del todo bien en el mundo. Ahora ese personaje suele ser la misma persona que escribe. La dictadura de la primera persona.

No siempre fue así: la mejor tradición del periodismo literario atravesó el siglo XX de la mano de cronistas testigos que sabían escuchar y poner en circulación, a través del talento literario, la voz de los demás. John Hersey lo hizo en el célebre relato Hiroshima. Rodolfo Walsh en Operación masacre. Francisco Urondo con La patria fusilada. Ryszard Kapuscinski en El imperio. Ahora que podemos leerla en castellano, Svetlana Alexiévich y su humilde trabajo de registro y montaje honra con su método ese conjunto de nombres que ya forma parte del canon literario. "Flaubert se llamaba a sí mismo un hombre lápiz; yo diría que soy un oído humano. Cuando camino por la calle y pesco palabras, frases y exclamaciones, siempre pienso en cuántas novelas desaparecen sin haber sido nunca escritas. No hemos sido capaces de capturar el costado conversacional de la vida humana para la literatura. No lo apreciamos ni disfrutamos lo suficiente. Pero a mí me fascina, y me ha capturado para siempre. Amo la manera en que los hombres hablan… amo la voz humana. Esa es mi mayor pasión." Tal vez esta humildad sirva para que las nuevas generaciones de cronistas recuerden que fuera de sí y en contacto con los otros es como se hace verdadero periodismo.

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