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Un instante entre dos épocas

Enrique Valiente Noailles
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11 de diciembre de 2015  

La asunción presidencial de Mauricio Macri fue vivida bajo el formato de un reloj que iba indicando de manera decreciente cuánto faltaba. Esto sucede cuando hay un punto en el tiempo que abre un abismo entre dos momentos, cuando llega un instante que dividirá dos formas radicalmente diferentes de la historia. Tal vez de allí haya provenido la obsesión por detectar el momento exacto en que se produciría ese instante, cosa que requirió un pronunciamiento judicial.

En cierto sentido, el conteo regresivo recuerda al modo como se esperó el año 2000, punto que dividiría dos milenios entre sí. Pero sucede, sobre todo, cuando importa tanto lo que se viene como lo que se deja atrás. Porque Cristina Kirchner, elegida en su momento sin que a nadie se le ocurriera poner objeciones formales, se fue convirtiendo crecientemente, con una notable aceleración sobre el final, en una mutación genética de la democracia.

Esta mutación llevó a nuestra vida en común a estar atravesada por el miedo, por el autoritarismo y, lo que es más grave, por un voluntario plan de sembrar cizaña entre nosotros, como una herramienta deliberada para consolidar un poder hegemónico. Por eso, a partir de ayer, para nuestra democracia sucede como si hubiera ingresado en un nuevo milenio, que deja atrás el oscurantismo medieval, las cruzadas con que se ha combatido a los infieles, la pretensiones monárquicas, la torpeza de concebirse como el punto de llegada de la historia. El día de ayer pareció inaugurar también la división entre dos usos de la palabra: supuso el fin de la retórica vacía en pos de una mayor sinceridad. Supuso el fin de la ideología como corset dentro del cual se obliga a entrar a los hechos, en pos de su pragmático reconocimiento.

Pero supuso también el trazado de otra línea divisoria, al poner el acento en cuestiones a las cuales está desacostumbrada nuestra sociedad, como la verdad y la honestidad. Estos términos, si fueran liderados genuinamente desde la Presidencia, tendrían más poder revolucionario que cualquier relato. Aunque se encuentren con el obstáculo nada menor de una sociedad más familiarizada con las mafias que con la ley. Por eso, nada será sencillo. Los problemas graves persisten y al amparo de ellos puede crecer la extrema impaciencia, que siempre acecha en nuestro país, en particular entre los propios votantes de Macri. Pero por algún lado se empieza y con la Casa Rosada colonizada de golpe con racionalidad y sencillez, la democracia argentina tiene una oportunidad que no se veía desde 1983.

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