¿Por qué es el momento de entender a China?

Mientras el país revoluciona la concepción misma de su poder para crecer a un ritmo hipergaláctico, en la Argentina falta una política integral de Estado para comprender las luces y contradicciones de nuestro segundo socio comercial
Néstor Restivo
Gustavo NG
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15 de diciembre de 2015  • 13:45

Es posible que haya nacido ya el revisionista que argumente que Deng Xiaoping revolucionó a China más que Mao Zedong. Su política de reforma y apertura, que implementó desde 1978, habilitó un crecimiento económico hipergaláctico, nada menos que en el país más poblado del mundo. Observado en mayor profundidad, este dato cuantitativo aparece como factor de un salto cualitativo, el de un giro tremendo en la concepción del socialismo. El socialismo que China tenía hasta entonces fue revolucionado, con proa hacia un "socialismo de características chinas" o "socialismo de mercado". No es una revolución menor, pero está lejos de alcanzar lo más hondo del cambio que empezó hace casi 40 años. La China desde Deng Xiaoping está dando vueltas una concepción milenaria, la de China como Centro del Mundo (tal el nombre oficial del país, Zhongguo), en una representación en la que el centro es lo superior y los márgenes, lo inferior. Dinámicamente, la representación es centrípeta: lo que está fuera dirige todo hacia el centro, obediencia, bienes, admiración, sacrificio, fe. Todos adoran y se someten a un Centro al que no acceden. El espacio del Emperador y su Corte es la Ciudad Prohibida. Es exactamente esta estructura la que el gobierno de Deng Xiaoping viene a revolucionar.

La economía se abrió al mundo, entraron capitales, el comercio se reformateó bajo el signo del comercio exterior. China empezó a jugar en un mundo "globalizado" con todo su peso, camino a convertirse en uno de los mayores países, buscando ubicarse en la posición preeminente que había perdido en los últimos dos siglos, pero que había tenido antes durante milenos.

Sobre la base económica, desbordó hacia el soft power, entendiendo que el orden simbólico es decisivo para los negocios. De cara a Occidente, la tarea es gigantesca. China no tiene aparatos ideológicos que puedan competir con Hollywood y las agencias de noticias, y los aparatos de los contrincantes no favorecen su imagen. Luego de permitir que todo el mundo entre a verla, China se ha largado a mostrarse. Ha salido a enseñar su idioma de forma frenética, sembrando casi 400 institutos Confucio en todo el mundo. Dos de ellos están en Argentina. Como otros países, el nuestro permanece bastante indiferente ante esta situación. Tenemos la oportunidad perfecta de conocer, dialogar con el país que cada día decide más hacia dónde va el mundo, y no la estamos aprovechando en todo su potencial -al contrario de lo que hacen Estados Unidos, Inglaterra, Alemania y Francia, por ejemplo.

La editorial Paidós acaba de publicar nuestro libro Todo lo que necesitás saber sobre China y hay un puñado de académicos, dirigentes y funcionarios que se dedican a China de modo encomiable, pero estos esfuerzos no configuran todavía una política de Estado. La enseñanza del chino en las escuelas públicas ni siquiera se ha planteado excepto en una sola de la Ciudad de Buenos Aires. Aunque una porción enorme de nuestra producción agrícola es comprada por China y la relación ya avanza en el plano de la inversión en infraestructura, falta una política integral e institucional desde el Estado para entender algo de su segundo mayor socio comercial, en un momento en que éste da un giro histórico para hacer contacto.

Los autores acaban de publicar el libro Todo lo que necesitás saber sobre China (Paidós)

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