Fragmentos de un discurso amoroso

Maximiliano Tomas
Maximiliano Tomas PARA LA NACION
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17 de diciembre de 2015  • 00:48

Ya no se trata de si un libro es bueno, malo, inteligente, sofisticado, trivial, profundo, conmovedor o novedoso. En la actualidad, una de las primeras cosas que debe preguntarse un crítico literario frente al objeto que tiene entre manos es (como sucede muchas veces con el arte contemporáneo) algo solo en apariencia más simple: ¿qué es esto? La taxonomía conocida hasta ahora seguirá utilizándose como argumento publicitario o como convención (cuento, novela, poesía, ensayo, terror, suspense, thriller, aventuras, policial), pero resulta cada vez menos útil a la hora de pensar la literatura contemporánea. Y tenderá, más temprano que tarde, a caer en desuso. Se están creando y se inventarán otras, por supuesto, ¿pero mientras tanto? Mientras tanto se puede ensayar un acercamiento más desprejuiciado hacia los libros, o una forma más abierta de leer, sin la necesidad de responder a las demandas profesionales del pasado.

¿Qué es, por ejemplo, Salvapantallas, el último libro del poeta costarricense Luis Chaves (San José, 1969)? Para empezar, pero solo en parte, es el rito de un pasaje: el que lleva de la escritura en verso (obra por la que obtuvo importantes premios en España y el Nacional de Poesía en su país) a la prosa. Chaves ya había mostrado algo de eso en sus crónicas deportivas, y en libros como 300 páginas. Solo que aquí intenta que el pulso narrativo tenga una suerte de hilo conductor, su propia biografía: el desafío es entonces cómo unir los retazos de una vida en ficciones, cómo hacer un balance que no sea memoria sino recorrido vital y promesa de futuro. "Esto podría empezar con cualquier otra cosa", escribe Chaves en la primera página de Salvapantallas: "De la vez que no le vino la regla a una jovencita a quien vi sólo dos veces antes de esa noticia; o de la novia habanera, en Cuba, que trabajaba en el barco para turistas donde vivimos tres semanas; o de una casa en Zapote por la que van pasando ya cuatro generaciones; o del día que Julia escribió por primera vez un nombre". Algunos de los hitos de esta vida, la biografía del narrador, serán desplegados a continuación. Otros se atisbarán. O serán apenas intuidos.

Ya no se trata de si un libro es bueno o malo; una de las primeras cosas que debe preguntarse un crítico es ¿qué es esto?

Para Chaves (que elige un epígrafe de apertura que dice: "El libro ya no es un organismo unitario, sino que ha explotado en el aire, y lo que nos queda son las astillas, las esquirlas de esa explosión") Salvapantallas es algo así como "una gota de mercurio que estalló y, sola, se juntó de nuevo". ¿Y para el lector? ¿Una nouvelle, una novella, una novelita? Lo que hay, más allá de los géneros, es una vida entrevista a través de momentos significativos; los primeros deslumbramientos de la infancia; el despertar de la sexualidad; el viaje iniciático de la juventud; la necesidad del exilio interior; el inevitable deterioro de la salud de los padres; la bomba neutrónica de la propia paternidad; el pozo al que arrastra la crisis de la mediana edad. Fragmentos de un discurso sensible. Y amoroso. A qué linaje pertenece, en todo caso, es lo de menos.

En Salvapantallas hay capítulos narrativos que se asemejan a cuentos y relatos. Hay poemas en prosa, situaciones recortadas, páginas con anotaciones en cuadernos, anécdotas que parecen posts de un blog. Hay, sobre todo, entonación certera, ojo afilado, palabras justas, imágenes imperecederas. Un chico que ve pasar la caravana de un circo: "Tres vehículos desvencijados con el logo pobre del circo en los flancos, un altoparlante que anuncia sus funciones del fin de semana en aquel pueblito insignificante y, en el último camión, dos elefantes viejos y flacos como pasas exageradas". La incomodidad frente a una situación de tensión sexual: "Sentí una mezcla de conciencia de clase y desventaja física. Nada dramático, más bien algo contundente, sin fisuras. Un postulado euclidiano, el teorema de Pitágoras". La descripción de la sala de espera de un hospital público: "Enfermeras semiobesas y teñidas salían de puertas verticales y continuaban la conversación que parecían haber iniciado en otra vida. En la pared del fondo colgaba, en pleno abril, la guirnalda navideña. Y las ambulancias, como limusinas blancas del averno, llegaban una tras otra para dejar a sus pasajeros en la alfombra roja de la salud pública". Hay brevedad y concisión poética en la descripción del desprecio: "La señora me miró por encima de unos anteojos que no tenía". O de una casa: "La casa temblaba cada vez que pasaba el tren. Pero de una forma rara: por sectores autónomos, como se secan los perros".

Chaves reside ahora en Berlín con su mujer y sus dos hijas, pero a principios de la década del 2000 vivió algunos años en Buenos Aires, escapando de la adicción a ciertas drogas duras, y conoció a escritores y poetas de los que se hizo amigo. Fabián Casas y Pedro Mairal son algunos de ellos. No es difícil imaginar por qué: su escritura tiene más de un punto en común con la del autor de Los lemmings y Ocio. ¿Por qué leer Salvapantallas? Porque en sus páginas uno vuelve a sentir que los conflictos humanos son siempre universales. Y que en la pena existencial, si es compartida con sensibilidad y talento, aguarda su reverso: la posibilidad de la belleza.

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