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Balance 2015. La muerte de Nisman, el aleph que habló del país

En una síntesis de la década, el hecho reforzó un estado de indefensión e incertidumbre
Roberto Gargarella
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20 de diciembre de 2015  

Hay hechos que, por su extraordinaria relevancia, sirven como punto de encuentro en el que todos podemos confluir para pensar, recordar y sintetizar un período. Voy a llamar a tales hechos "puntos focales". Voy a considerar que esos puntos focales representan las grandes metáforas que nos permiten resumir una etapa, condensando de ella lo que más se destaca. Según entiendo, la muerte del fiscal Alberto Nisman, en enero de este año, resulta, como pocos otros, el hecho determinante de esta larga década, el hecho que, bien mirado, y como un aleph, nos permite atravesar con nuestra vista todo un período.

¿Por qué podemos considerar que la muerte de Nisman sintetiza toda la década? Ante todo, la muerte de Nisman nos dice que en esta época lo inverosímil pudo volverse cierto (que muriese el fiscal que acusaba a la entonces presidenta de crímenes de Estado gravísimos, a horas de declarar frente al Congreso).

Pero mucho más que eso. La muerte de Nisman nos habla del estado de la justicia en la Argentina, con un fiscal dedicado exclusivamente a investigar un caso, durante 10 años, para presentar su informe final casi sin pruebas. La muerte de Nisman nos habla de un período en que el poder político decidió anudar su suerte no con la política partidaria o el diálogo, sino con los servicios de inteligencia, y aceitar todas sus dificultades con el uso cuantioso, discrecional e inconsulto del dinero compartido.

La muerte de Nisman nos habla del estado de las fuerzas de seguridad en la Argentina, cuando la persona más custodiada del momento pudo morir o ser asesinada sin que nadie se enterase, durante horas, de que algo extraño había ocurrido con ella. La muerte de Nisman nos habla de nuestra confianza en esas mismas fuerzas cuando para todos (en lo cierto o no) resultó obvio desde un comienzo que las fuerzas de la custodia no eran ajenas a la muerte de la misma persona a quien custodiaban.

La muerte de Nisman nos revela la indefensión a la que estamos sometidos, cuando repasamos las imágenes de lo que fue el departamento del fiscal, una vez encontrado su propio cuerpo: decenas de personas enredando todas las pruebas, contaminando la escena final, confundidas entre sí y confundiendo con ellas a todo el resto. La muerte de Nisman nos habla de los aspectos más dolorosos y agraviantes de un período, en el que fue posible matar al fiscal después de muerto, con carteles que lo deshonraban; rastros de humillación desplegados por el oficialismo, contra el recién muerto, a lo largo de la ciudad entera.

La muerte de Nisman nos avergüenza a todos, cuando recordamos a la presidenta de entonces diciendo, frente a la muerte, que no tenía dudas pero tampoco pruebas.

La muerte de Nisman nos habla del nivel de degradación que alcanzó entonces la palabra pública, que permitió a la máxima autoridad del país decir una cosa (se suicidó) y la contraria (fue muerto) en apenas horas. La muerte de Nisman, final y principalmente, vino a certificar para el conjunto una certeza: nadie pagaría nunca por lo acaecido; ninguno sabría jamás la verdad de lo acontecido.

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