Un repentino cambio de aire

Ser testigo de un huracán en el Caribe mexicano y escapar de él en avión para mirarlo desde arriba.
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22 de diciembre de 2015  • 11:43

Por Nicolás Artusi

El calendario cambia de mes y también cambia el aire: el creyente en un orden universal respira aliviado. Llega el 1º de diciembre y se termina de manera oficial la temporada de huracanes, que empezó el 1º de junio y se extendió hasta el 30 de noviembre, una espada damocliana de la que nosotros, los despreocupados habitantes meridionales de este continente, no sabemos nada. Pero los americanos de más al norte planifican su vida alrededor de una posibilidad (la de la catástrofe), y ahí donde no se organizará una boda playera o una excursión escolar al Atlántico en los meses de alerta, la ironía cósmica les repetirá una y otra vez que el hombre propone, pero ella dispone: este año, la tormenta tropical Ana se formó un mes antes del inicio de la temporada y, a su pila de destrozos, sumó el más inquietante, acaso por lo intangible: la incerteza.

Aun en épocas escrupulosamente satelizadas, el huracán puede llegar en cualquier momento y barrer con la falible previsión del hombre. Pero es indiscutible que termina la temporada alta y con ella se aleja el recuerdo de Wilma, la tormenta marina que golpeó las costas del Caribe mexicano justo cuando yo estaba ahí. Sobre el horizonte manso del mar de Cancún empieza a dibujarse una franja negra de bordes borrosos, y solo aquel muy atento comprueba que le gana cada vez más espacio al blanco del cielo. Si es un lugar común hablar de la calma que antecede al huracán, de repente no puedo respirar: el aire está cargado de una estática que encendería un fósforo apenas con sacarlo de la cajita. No hay nada que se pueda hacer.

La tormenta primero se anuncia como una presencia ominosa, silenciosa pero lejana, y aunque la parafernalia mediática advierta lo que viene con placas rojas de ¡alerta! ¡urgente!, siempre se declara de manera sorpresiva: te despertás y está a los pies de la cama. El huracán llega en un segundo, y a mí, que nunca tuve aspiraciones actorales, me pone como extra de una película catástrofe. A las seis de la mañana, el coquetísimo hotel de playa se transforma en un pandemonio all inclusive. En lugar de los despertadores, suenan las sirenas. Llegó Wilma. Entonces, el caos: vuelan las carpas, las sombrillas se convierten en misiles, los vidrios se rajan, los postes de luz se parten como grisines, el rugido del mar amenaza con un godzilla caribeño: la ola gigante. Las rutas están tapizadas de autos inmóviles y desparramados. Los turistas frenéticos se agolpan en los mostradores de un aeropuerto del que ya no saldrá ningún avión. Salvo el que me lleva a mí: el último en diez días.

El carné de periodista me pone en la lista de los elegidos que somos evacuados a Miami, y desde el aire, en un Airbus epiléptico que más que avión es una coctelera, tengo un privilegio de primera clase, una excepción en este desorden universal, que no es un asiento más cómodo o un desayuno continental: colado en un espectáculo no apto para mortales, veo la tormenta desde arriba.

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