Orly Benzacar: "Se puede inventar un artista. Pero la historia no perdona"

Orly Benzacar y una lupa que era de su madre
Orly Benzacar y una lupa que era de su madre Fuente: LA NACION - Crédito: Marcelo Gómez
La heredera. Hija de Ruth Benzacar, fundadora de la galería que lleva su nombre y que este año cumplió cinco décadas, habla sobre los desafíos que impone el mercado de arte en la Argentina
Fernando García
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27 de diciembre de 2015  

Gagosian, Saatchi, Sperone & Westwater. Las galerías de arte contemporáneo del mundo se parecen cada vez más a corporaciones blindadas. En Buenos Aires, en el límite que corrió la gentrificación de Palermo Viejo a Villa Crespo, todavía existe una galería de arte atendida por su dueña. Menuda y enérgica, Orly Benzacar ocupa el mismo escritorio marmolado de su madre, la legendaria Ruth, en un galpón reciclado, blanco aspirina, donde ahora se exhiben obras de Pablo Siquier. Identificada por años con el vértice donde Florida se convertía en subsuelo, había algo de la Alicia de Lewis Carroll en ese descenso. La galería Benzacar cumple cincuenta años siguiendo las transformaciones psicogeográficas de la ciudad, midiendo el pulso del arte argentino. La heredera de la "zarina del arte" afronta en este warehouse el desafío de reinventar su oficio y de llevar adelante una asociación de galerías contemporáneas que accione ante "el poder de turno" para que el arte argentino tenga un acceso más fluído al mercado internacional. Orly no cree tener otro mérito para dirigir esta incipiente asociación que ser la (galería) más antigua de todas.

En estos cincuenta años la galería fue mutando en su espacio. Del característico subsuelo de Florida a este galpón reciclado, lejos del centro. Pero antes funcionó en un departamento, ¿no?

Empezaron en un PH de Caballito, en los dos departamentos del fondo. En una casita modesta pero canchera. Mis viejos eran muy jóvenes, tenían poco más de treinta años. Y un espíritu que creo que tenía que ver con sus raíces de judíos inmigrantes, muy de pioneros. La familia de mi papá era de gauchos judíos que llegaron a una colonia en Santa Fe y la historia de mi mamá es más burguesa, de menos hambruna, pero era igual de luchadora y romántica.

¿Qué los llevó al negocio del arte?

Si bien mamá no había terminado la escuela secundaria -aunque papá la obligó a que la terminara después-, su familia tenía acceso a un nivel sociocultural bastante refinado. Papá empezó a ser un profesional exitoso en los tempranos años sesenta, y así se vincularon con toda la bohemia del momento.

¿No hubo influencia del Partido Comunista?

Sí. Una hermana de mi papá estaba casada con un funcionario del PC, y estoy convencida de que el PC fue el germen del mercado del arte en la Argentina. Ese vínculo los habilitó a comprar y a conocer a los artistas, y ahí se establecieron relaciones personales. A esa altura mi viejo tiene un crack financiero y se funde de la noche a la mañana. Tuvieron que salir a vender cosas. Ellos ya habían acumulado un poco de arte en ese momento. Por otro lado, mi vieja tenía un don, era una personalidad muy carismática y seductora. Los artistas amigos la estimularon para que convocara gente en su casa para vender. Se fue dando naturalmente. Todo empezó en ese 1965 legendario, como unas tertulias los viernes a la noche en casa. Se juntaban intelectuales, personajes, pasaban cosas raras. Un día llegaron como en performance los revoltosos del bar Moderno. Yo me acuerdo todo, tenía diez años. Berni hablando, De la Vega. Después nos mudamos a otra casa en la calle Talcahuano, que también funcionó como galería pero más profesionalizada, hasta que nos fuimos a Florida, donde tomó su forma definitiva.

¿No extraña ese lugar?

Cero. El centro se puso muy feo desde los años 90. Estaba buenísimo en los 80. Con el Bárbaro, el Florida Garden, la galería de Julia Lublin, Arte Nuevo, el Centro Cultural de España que dirigía Laura Buccellato. Ese circuito se perdió y se fue apagando todo. Hacía rato que quería irme, sobre todo por una limitación arquitectónica seria, que era el techo. En los años 80 tener un techo bajo se bancaba: jamás hubiese puesto una galería en ese lugar después de 1995.

El arte contemporáneo a veces demanda otra espacialidad.

Totalmente. A los artistas ya no se les ocurría qué más hacer en Florida. Lo habían exprimido.

¿No fue para bajar el costo del alquiler?

Empezó a ponerse caro, pero la decisión no pasó por ahí. El móvil fue refundarnos, salir del sótano, ver la luz. También cambió mucho la dinámica y la conducta de la gente, que dejó de ir a las galerías.

¿Porqué las galerías de arte están siempre vacías?

El punto es Internet. Vos tenés coleccionistas serios que tienen obra de Pablo Siquier y no han venido a ver la muestra. Te dicen "mandame las imágenes" o las miran en la página web. Y si les interesa vienen, o vos los traccionás. ¡Tampoco hay reseñas de arte! Y nosotros no necesitamos prensa para vender sino para que venga gente, que es lo que quieren los artistas. ¿Para qué se expone si no?

Pensaba preguntarle eso. ¿Cuál es la respuesta?

¡Para que se vea! La experiencia de ver esta muestra de Siquier en vivo no tiene nada que ver con mirar una foto. Todos estos cambios hicieron que dejar el centro no fuera un problema. Ese público espontáneo que salía a caminar y a ver galerías ya no está.

Si no viene nadie y usted puede vender las obras conociendo a los coleccionistas. ¿Para qué mantiene este espacio abierto?

Porque somos un poco locos. Definitivamente. A mí este espacio me hace muy feliz. ¿Por qué dejarlo? No es sólo mi deseo, sino también el deseo del artista. El artista produce para mostrar; hay un montón de cosas que en el taller no se ven. Siquier no vio estas obras hasta que no estuvieron montadas acá. Y eso es tan importante como vender. Construye el vínculo entre ellos y nosotros. Yo sigo creyendo en el encuentro con las obras.

Lily Berni decía que su mamá vivía siempre en rojo. ¿Era tan así?

Sí, era así. En estos últimos años me di cuenta de lo locos que estaban mis viejos. Eran muy arriesgados. No diría que mi familia era disfuncional, pero era muy desorganizada. Vivíamos al límite. Nunca sabíamos si íbamos a tener vacaciones o no. Mucho riesgo. Yo no supe vivir de otra manera.

¿Se podría decir que Ruth como mamá fue una buena galerista?

Yo creo que Ruth fue una buena galerista y una buena mamá. Muy particular. No era una mamá común. Yo nunca viví en la media poblacional. Pero fui feliz.

A sus padres vender arte les cambió la vida. ¿Sigue siendo un buen negocio?

Vender arte en la Argentina con el formato de galería de arte contemporáneo nunca fue un buen negocio. El mercado del arte contemporáneo es un mercado de posguerra, muy nuevo. Hasta los años 90, en todo el mundo, las galerías de arte contemporáneo vivían de vender obra de mercado secundario. Trastienda, obras de maestros, clásicos. Nosotros, desde el año 2004, 2005, no tenemos mercado secundario. La demanda de arte contemporáneo cambió en el mundo. Mi vieja vivió del mercado secundario casi toda su vida. Tenía la muestra del joven, pero el negocio era vender un Aizenberg, un Figari. A mí me tocó vivir ese cambio con la polución de ferias y museos de arte contemporáneo y los coleccionistas estrella. En la Argentina, hasta Amalita primero y Costantini después, nadie exteriorizaba si compraba o no. Todo ese cambio ocurrió en los años 2000, durante mi reinado.

¿Es muy difícil para una galería argentina funcionar en esas ferias internacionales?

Lo difícil para cualquier galería argentina en la escena internacional es el precio de las obras de arte argentino. Son bajos respecto a igual calidad en el hemisferio norte. Si un Macchi, con su carrera y su consagración, se hubiera instalado en el hemisferio norte, tendría uno o dos ceros más. Cuando Macchi decide quedarse en la Argentina no puede subir sus precios, porque deja de vender acá. Ese problema se ha acrecentado mucho en los últimos tiempos.

¿La solución es que los artistas emigren?

No, para nada. Necesitaríamos un mercado más solvente que levante y defienda los precios. Es un problema nuestro. Los últimos años de la gestión Kirchner fueron muy nocivos para el mercado. Mucha persecución fiscal sin criterio. No digo que no haya que tributar.

El mercado suele manejarse en los márgenes.

Es un mercado informal, históricamente. Pero para formalizarlo tenés que estimularlo, no castigarlo. Fomentar el arte contemporáneo da un montón de laburo. Nadie pensó en eso: un artista que está en un taller trabajando no tiene un stock. Es absurda la ley. Necesitamos un aparato que nos estimule.

¿En algún momento sucedió eso?

Creo que la argentinidad tiene algunas contras a ese nivel. Nuestra fascinación por el afuera tiene estos precios. Creer que afuera todo es mejor, cuando el nivel de nuestros artistas es buenísimo. Yo veía nuestro stand en Art Basel Miami, con toda su opulencia, y era una oferta sólida, con mucho carácter.

En ese marco, ¿una galería como Benzacar es marginal?

Se nos está complicando bastante. Las ferias están muy caras. A nosotros cubrir una feria nos cuesta mucho, ni hablar de ganar plata.

¿Y le rinde estar ahí?

Me sirve. Empatar me sirve. Mantener nuestra posición en la escena internacional es muy importante.

Muchos artistas que están hoy en el circuito internacional pasaron por la galería. ¿Cómo se construyó esa mirada? ¿Qué tenía que tener un artista para ser de la escudería Benzacar?

La mirada de la galería es la mirada de uno. En este caso la de mi madre, después mi madre conmigo, después yo misma y ahora con mi hija Mora. Uno educa su ojo mirando mucho. Nosotros tenemos esa experiencia. Ni mamá ni yo tuvimos formación académica en arte, pero nos tomamos el trabajo de mirar mucho. Hay un momento en el que sabés qué es bueno y qué no. No tengo una receta. Lo que puedo decir es que después de la muerte de mi madre yo me propuse ser más dura. Mamá era mucho más romántica y blandita en un punto, y hacía concesiones estratégicas. Creía que hacer una muestra nada interesante le iba a traer otros beneficios. Ese criterio no lo compartí nunca.

¿Le cuestionaba eso a su madre?

Algo podía decirle, y ella me escuchaba, pero la decisión era suya. Era muy reina. Y tenía razón. Algo había hecho bien en todo ese tiempo. ¿Quién era yo para contradecirla? Otra cosa que decidí cuando quedé a cargo fue elegir a los artistas, pero que los artistas también me elijan. Tenemos que elegirnos mutuamente. Somos socios. Quiero que estén felices y que si no, se vayan.

¿Y con Ruth no era así?

Mi vieja siempre se enredaba en relaciones más tortuosas. Yo no quiero eso. Me he dado el lujo de echar a algunos artistas.

La pregunta, en el estado de las cosas que hablamos antes, es por qué un artista contemporáneo no la echa a usted, por qué sigue necesitando una galería.

Porque la guerra la ganó el mercado y el mercado lo hacemos nosotros. Hoy no hay una carrera exitosa de ningún artista que no esté de la mano de una buena gestión de una galería. Construís una carrera: formas precio, hacés todo lo que requiere una operación de mercado seria.

¿Se puede inventar un artista?

Totalmente. Pero la historia no perdona. Un teórico decía que a la historia del arte la juzga la ley de la gravedad: se quedan o se caen. Vos podés manipular lo que sea, pero no se va a sostener en el tiempo.

¿Cuáles fueron las ventas más resonantes de la galería?

Todos recuerdan la venta de Desocupados de Berni porque fue récord, pero antes hubo otras. En los inicios, por ejemplo. Batlle Planas murió en 1966 y mis viejos adoraban su obra. Uno de los hijos de Batlle Planas había empeñado la obra en el Banco Municipal, y para mis viejos era una tragedia. Se alarmaron muchísimo. Como no tenían plata, convocaron a amigos a hacer una suerte de vaquita para ir levantando los empeños. Era sólo para salvar el buen nombre del artista, no ganaron nada con eso. También ocurrió un par de veces que alguien compró una muestra entera. Con Pablo Renzi, por ejemplo. Con Norberto Gómez. Con la primera muestra que hice yo. Eran los artistas jóvenes que llegaron conmigo en 1993. Se había caído una muestra, y le dije a mamá que hiciéramos una de trastienda con los pibes. Y llamé a papá para que viniera a verla. Estaba con un cáncer galopante, pero vino igual. Miró toda la muestra y me preguntó cuanto valía entera. Eran como veinte obras, y valían 30 mil dólares. Él me propuso pagarla en diez cuotas de tres mil. Reunió a los artistas, les explicó el plan y aceptaron. Después terminó pagando la galería, porque mi viejo se murió en el medio. Nunca me desprendí de esas obras.ß

Orly Benzacar

Hija de Samuel y Ruth Benzacar, nació en 1956 y creció en Caballito. Formada como bióloga, en 1990 se incorporó a la galería Ruth Benzacar, donde trabajó diez años a la par de su madre. Tras la muerte de Ruth, en 2000, quedó al frente de la galería, que hoy dirige con su hija Mora Bacal.

¿POR QUÉ LA ENTREVISTAMOS?

Porque dirige una de las principales galerías de arte de la Argentina y una flamante asociación de galerías de arte

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